viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz 2011


Entre el confeti y la lluvia de champaña te vi. El jolgorio era tremendo, la gente se abrazaba al llegar la medianoche y yo simplemente me quedé absorto. No podía mover ni un puto músculo de mi cuerpo. Estabas hermosa, por ti misma eras el espectáculo pirotécnico más increíble que jamás había visto. Habían pasado doce meses exactos sin verte y de pronto me sentí más viejo, cansado de extrañarte, ronco de llamarte entre mis cuatro paredes y perdido buscándote. Olvidé las cincuenta y dos semanas amargas sin ti para impregnar mi visión con tu sonrisa. Te abrazaste a un tipo que en mi vida había visto pero no sentí celos, eso ya estaba en un nivel pendejo que me juré haber dejado atrás. Caminé hacia ti abriéndome paso entre la gente. Muchas veces uno odia la muchedumbre, y es comprensible: el escándalo, la impaciencia, el estorbo, etcétera; sin embargo, en ciertos contextos, me resulta necesaria. Creo que no hay mejores escenas de novela que las que involucran un: “se abrió camino entre la gente”. En fin, así lo hice y llegué hasta tu encuentro. Me miraste con tus ojos abiertos de par en par. El confeti caía entre nosotros como lluvia de los abriles compartidos. Era tan incongruente estar rodeados de ruido y celebración cuando nuestro silencio lo acallaba todo. Me atreví a hablar.

- A la mierda el terremoto… a la mierda la delincuencia, el cambio climático, los cigarros que me fumé este año, los tragos que se me pasaron de la cuenta, lo sedentario que me he puesto, que hayamos perdido en segunda ronda en el Mundial, que los políticos sigan hablando las mismas huevadas, que los buses Transantiago continúen atochados, que el Metro siga siendo un horno asqueroso… a la mierda que pase encerrado en la oficina diez horas, que llueva cuando salgo con camiseta, que tenga tres alquileres pendientes y que haya despertado en una cama que no recuerdo junto a una mujer que ni miré… a la mierda el 2010, doce meses que sin ti han sido doce años peor que todo lo que mencioné.- tú te quedaste callada ante la avalancha de cosas que arrojé, no me dijiste nada por algunos insoportables segundos, luego me sonreíste y meneaste la cabeza como diciendo: eres un pobre deschavetado.
- Entonces, Feliz 2011… y que este año los meses vuelvan a ser sólo meses.- me abrazaste para luego besarme en los labios. La algarabía alrededor volvió a resonar en mis oídos con nitidez. Los fuegos de artificio estallaban en la noche estrellada.

lunes, 27 de diciembre de 2010

En un vaso de agua


Los amigos crecen, maduran, se casan, se embarazan, cambian, te desconocen, los desconoces, toman otros rumbos, pierden el primero… los años no pasan en vano y la nostalgia es una mierda que te recuerda los buenos momentos como si fueras un anciano, los tiempos donde todo era mucho más sencillo. Cómo extraño las veces que mi vieja me decía que no tenía más preocupaciones que estudiar. Tenía toda la razón. En ese entonces me ahogaba en un vaso de agua y ahora, para esos problemas, veo las soluciones tan claras y casi colgadas en el techo y me río de la ironía. Uno termina siendo espectador del pasado, pidiendo a gritos esa simpleza de vuelta, esas risas banales, esa visión de la vida tan impresionable en que todo es nuevo, todo es excitante y sólo se quiere experimentar, apostar alto para ganar harto y rápido. Se echan de menos las tonterías importantes, se echan de menos esas promesas que salían de la boca sin medir consecuencias. Esas promesas deberían cobrarse y con creces, pero no entendíamos entonces el significado de compromiso. Los diluimos en el mismo vaso de agua junto con los problemas adolescentes, sin saber que esos lazos son indisolubles y terminan dejando siempre a uno escribiendo un texto como éste.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

En mi bicicleta


Siempre que pasaba por su casa en mi bicicleta ella estaba cortando sus rosas, regando el césped, volviendo de compras o ayudando a dar los primeros pasos a su hijo menor de un año. Era tan hermosa que me dolía la vista mirarla. Cuando ella dirigía sus ojos hacia mí por algunos maravillosos segundos, yo agachaba la cabeza y me ahorcaba la vergüenza. ¿Qué pensaría de mí si supiera que tenía sueños húmedos pensando en besarla, en tocarla, en poseerla?

Odiaba a su marido. Lo odiaba profundamente. Cuando llegaba de la oficina cada día a las ocho de la tarde, me hervían las entrañas. Escuchaba su auto por la calle, me asomaba por la ventana y lo veía pasar estacionando frente a su casa. No, realmente no podía soportar a ese engreído panzón. No sabía cómo un tipo así pudo enamorar a aquella diosa de cabello largo y liso como una cortina.

Allí estaba yo, conduciendo mi bicicleta miles de veces a lo largo del vecindario sólo para espiarla en sus quehaceres. Trataba de no hacerlo pero como un reloj, ella salía a regar sus plantas y yo me deshacía al igual que la tierra con el agua. Hoy le hablaré, pensé entonces, le diré lo bella que me parece y lo mucho que la quiero, que la edad no importa, que mis doce años en nada representan mi corazón que la ama como un hombre de verdad. Sólo quiero darle un beso, uno solo y luego desaparezco.

Me subí a mi bicicleta, pedaleé hasta su jardín y descendí con determinación. Mis pasos se detuvieron al verla cortando sus rosas. Parecía un cuadro hecho a mano, un ángel que podaba las plantas del paraíso. Me armé de valor y me acerqué. Ella me miró y me sonrió. Yo creo que morí un poco.

- Señora Eliana, yo… - la saliva había abandonado totalmente mi boca. El pánico me paralizó y ella esperaba la continuación de mi sentencia con una dulzura en su rostro que me enfureció. Me vi reflejado como un niño tonto en sus ojos verdes. Suspiré y me di cuenta de que no era capaz – Yo… me preguntaba si Miguel puede salir un rato. – Miguel era su hijo, mi amigo.
- Claro, está en su cuarto, pasa- me invitó amablemente. Obedecí arrastrando mis pies y con el conocido dolor quemándome el pecho.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Mi carta de navidad


Querido Santa,

Caminando por las calles de mi ciudad, el listado de mis requerimientos para esta navidad se ha ido transformando, evolucionando con el paso del tiempo. Primero pensaba en lo típico, algo útil- o inútil, según quiera verse. Ya sabes, una mochila, algún disco, uno que otro libro o un par de jeans para cambiar los viejos. Ahora, sólo quiero lo que no llevas en tu enorme saco de obsequios… sí, creo que esta carta será para joderte.

Me encantaría un nuevo año sin temblores, que la tierra se detenga al fin bajo nuestros pies para centrarnos y por fin encontrarnos. Nos hemos extraviado tanto en el camino, que nuestras brújulas ya sólo sirven para dar la hora. Me gustaría también sumar el silencio, esa pausa al ruido que nos vuelve histéricos. No hay nada mejor que el silencio para lograr inspiración, silencio para organizar la cabeza, leer un buen libro y dormir bien, sobre todo dormir bien. Incluso, hace falta el silencio para putear como se debe, porque entre tanto griterío y claxon de un mundo avanzado, a veces puteo y nadie me escucha. Esa no es la gracia.

Creo que abusaré de tu paciencia, Santa, y agregaré también algo de bondad, cortesía, un decibel menos de volumen a la voz ofensiva. Ya basta de esos agravios gratuitos que desplazan el Buenos Días y el Gracias tan gentil, basta de esas actitudes mariconas que restan sonrisas y oxidan la confianza. Quiero novedad, nada de ideas plagiadas o pintarrajeadas para pasarlas por originales. Quiero más inteligencia emocional que de negocios... ¿De qué nos sirve entender de procesos si no procesamos una forma de entendernos?

Si no te importa me gustaría añadir un poco de esa esperanza de la que tanto hablan, porque sinceramente, y viendo en cada esquina una carencia significativa, creo que se me agotó la reserva. Una inyección de fe movería mi montaña que se vino abajo con el pasar de los años. Quiero ver más niños corriendo tras un volantín, quiero ver niños jugando en la calle y no frente a una pantalla en un cibermundo de nadie. Este mundo puede ser suyo. Estoy dispuesta a canjear un poco de banda ancha por una banca más ancha para sentarme con mis amigos y conversar. No hay mejor ejercicio para la cabeza y el alma que la plática.

Y por último, quiero amor, pero amor del bueno, que salga de ese puto escondite en donde habita y se extienda sin control alguno. Quiero que predomine por sobre la inmundicia y la violencia, que no se justifique con celos, que acabe con el dolor, apague los incendios y detenga las inundaciones, que el único fuego conocido sea el interno y el agua sea provechosa colmando al sediento. Quiero un regalo de verdad, Santa, quiero mayor capacidad de almacenamiento pero en mi propia memoria, quiero capturar todo momento vigorizante y revivirlo cuantas veces se me venga en gana. Quiero una navidad de verdad, tiempo de calidad. Si pudieras envasar un poco de horas con una pizca de minutos a los cuales pueda echar a mano cuando haga falta, quedaría saldada.

Creo que ya es hora de que deje de joderte.
De antemano, muchas gracias.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Rayando muros


La otra noche hablé de ti y me di cuenta que las palabras salían trabajosas de mi boca. Los recuerdos que antes veía tan claros, tridimensionales y brillantes, desde ese momento se convirtieron en siluetas deformes tras una ventana cubierta de condensación. Comprendí que no fuimos muy prolijos en amarnos, tal vez fuimos arrebatados, testarudos, con esa típica impetuosidad del amor de infancia. No dudo en que nos amábamos pero fue a nuestra manera, ilusa e inocente, creyendo que la vida nos iba a tratar diferente.

¿Dónde estarás ahora? ¿Sabrás que he rayado varios muros de la ciudad preguntando lo mismo? Ni siquiera sé si los leerás o no, nunca fuiste una lectora voraz ni curiosa. Siempre he considerado que líneas como ésas son disparos al aire pero ¡mierda que hace bien escribirlas! Desde hoy estoy seguro de que pesaré dos kilos menos. Han pasado muchos años de silencio, muchos años de contextos perdidos, y ya no deseo verte para abrazarte con la misma urgencia de antes, sino que quisiera tenerte aquí para decirte que liberarte ha sido mi mejor dieta.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Mírame


A pesar de esas putas actitudes que no dicen nada, me consuela saber que todavía hay personas que lo dicen todo con una sola mirada. Cómo no encantarse con pupilas profundas, elocuentes, amigas, que por sí mismas, son un monólogo subversivo y sencillo, como una pancarta revolucionaria que reclama el derecho a mirarse de frente. Mírame, mírame que de esta callada protesta yo también soy militante.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Dos estaciones


A veces miro el cielo y me consuelo con la idea de que estás viendo el mismo atardecer que yo, pensando, soñando, en el mejor de los casos: recordando. Es una idea tonta si consideramos que con lo apurada que va la vida, con suerte tenemos tiempo de ver si lloverá o no, si usamos paraguas o no. Esta nueva primavera que invade el sur del mundo está vuelta loca. Hace días que despliega soles incandescentes para luego corregirse con lluvias frías que asustan a las golondrinas. Muchos reniegan contra el clima, a mí me parece divertida, diferente. Es como si el invierno romántico sólo quisiera conocer las flores abiertas, los árboles brotados y el césped recién nacido. Además, con la lluvia la cordillera se viste de blanco, un espectáculo que en noviembre no se veía desde hace años. Tal vez es una forma de retribución del invierno presentarle escenarios desconocidos a esta primavera tan escurridiza. Es un juego entre ambos, un juego que presenciamos y no apreciamos. Son impulsivos, como tú y como yo. Eres la primavera y yo el invierno, estaciones extraviadas por las calles de la ciudad que si nos encontráramos causaríamos la misma inestabilidad y sorpresa. Quizás es por eso que cuando excepcionalmente nos vemos todo pierde normalidad.

viernes, 15 de octubre de 2010

Dolor con dolor se paga


A punta de bofetadas y quemaduras de hierro caliente sobre la piel, la joven hizo confesar al párroco todos sus pecados cometidos. Cada palabra que le oía balbucear la hacía temblar de un odio ciego, un odio supurante. Aquel hombre, acostumbrado a esconderse tras una larga sotana negra y un rosario entre los dedos, no podía más que gemir y suplicar misericordia, tendido desnudo sobre el piso de su casa de campo. No supo cómo su atacante había entrado ni con qué lo había golpeado. Él había cerrado muy bien las puertas, como cada noche antes de dormir, ¿cómo fue que ella pudo entrar sin forzar? Debió de estar en el interior desde un principio, esperando el momento.

Mientras se debatía contra los cables que le ataban las muñecas por la espalda y los tobillos en un apretado nudo, sintió por cuarta vez el ardor insoportable del atizador hirviendo en su cuerpo. Puteó mentalmente su propia chimenea usada en su contra. Apretó los dientes antes de lanzar un alarido que, para su mala suerte, nadie fue capaz de escuchar. Estaban alejados de la ciudad, devorados por los árboles y sin vecinos en las inmediaciones. Cuando su torturadora cesó el martirio unos segundos, abrió sus ojos para verla buscando algo dentro de una mochila. Al voltear de nuevo hacia él, comenzó a desperdigar varias fotos como si fuera un jugador de póker. Las dejaba caer una a una como hojas de un árbol en otoño. El tipo miró una de las imágenes que había reposado sobre su pecho alzando un poco la cabeza. Un niño de quizás ocho años le sonreía con una mirada pícara y pecosas mejillas. Lo reconoció de inmediato como uno de los alumnos en la escuela que dirigía. De pronto, un frío glaciar le congeló la espina dorsal. No solamente lo reconoció por eso. Miró de nuevo a la joven tratando de encontrar nuevas súplicas en su mente paralizada.

- ¡Por favor! ¡Piedad! ¡No sabía lo que estaba haciendo! ¡No sabía!- gritó, desesperado. La mujer, seria e impertérrita, volvió a posar el atizador en el fuego de la chimenea. Esperó hasta verlo al rojo vivo.
- Es lo que diría yo ahora, pero sé perfectamente lo que hago- le dijo casi en un murmullo para después acercar el hierro hacia su rostro.- Ahora te enseñaré una pequeña parte del dolor de una madre...- y bajó el atizador para reposarlo sobre sus genitales de pedófilo. Un nuevo grito rompió la noche.

lunes, 4 de octubre de 2010

Buscando una excusa


Te busco como un ciego ávido y perdido. De tu cuerpo aprendí sobre las dimensiones, los aromas y las palabras en tu piel que se leen con el tacto. Eras mi novela desvergonzada, mi canción desesperada de Neruda. ¿Adónde fuiste a parar ahora? ¿Por qué te ahogó mi amor cuando el tuyo me daba la vida? Debes de estar burlándote de mi panza cervecera y las flores marchitas en mi florero. Esas las corté el día que te fuiste y murieron en mis manos en el acto. Las dejé tercamente en agua y lo sigo haciendo todas las mañanas. Maldita esperanza que llevo trepada en mi espalda y si no me cuido, más temprano que tarde de viejo me dará lumbago.

Arranqué de mis ventanas las cortinas que compraste y vi el exterior de un octubre añejado en nubes. Sabía que debía salir más, debía respirar, lavar mi ropa, tomar una ducha, afeitar mi barba y dormir unas horas. Sin embargo, no fui capaz. Me quedé en vela otra vez, de hecho no duermo por las noches buscando una excusa para explicarle a la gente de por qué ya no vamos de la mano, y camino solo como si fuera pecado.

viernes, 1 de octubre de 2010

Función nocturna


Y allí estaba ella… acompañando a la noche y no al contrario, deseando que esa paz transitoria no terminara nunca y que el sol apareciera pronto entre los edificios. Su maquillaje corrido se notaba a leguas, su rímel embarrado volvía sus ojos sibilinos y misteriosos, su boca estaba fuertemente enmarcada por un labial intenso, casi insolente, que brillaba a la luz amarilla de los faroles; realmente no le importaba ser una caricatura de sí misma, no le importaba disfrazar su rostro y su cuerpo para jugar a ser otra, así las caricias con tarifa las vivía la mujer inventada que se fundía con la nocturnidad y no ella, la que tenía un hijo y deudas impagas esperándola en casa. Miró su reloj barato de pulsera. Marcaban las doce. La función estaba por comenzar.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Donde fuego hubo... mujer despechada queda


Miro su fotografía enmarcada en mi mano y sonrío masoquistamente. Debo parecer una demente pero me da igual lo que piense la gente. Creo que bebí cerca de tres vasos de whisky y el alcohol comienza a hacer por fin su maldito estrago. Mareada y asqueada, lanzo la fotografía hacia el cerro de ropa y artículos personales que pertenecen a él. Trajes, zapatos, corbatas, suéteres, camisetas, hasta sus putas pesas de tres kilos y medio cada una. Tanta mierda acumulada en años de matrimonio que me llevó cerca de dos horas juntar todo. Tomé un poco del licor en mi vaso para escupirlo sobre la ropa y encendí un fósforo. Todo ardió en cuestión de segundos. Reconocí su ropa interior entre la pira despechada. Reí al recordar que esos Calvin Klein que se volvían cenizas se los había regalado yo para navidad. Él podía comprarse unas putas pesas que ni caso les hacía, pero jamás se le ocurría comprar lo realmente necesario.

- Que la otra le compre calzoncillos ahora – y con las llamas encendí un cigarrillo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

El conchito




Mañana es el cumpleaños número 22 de la persona que sabe exactamente cómo provocarme un mal humor de aquellos que te retuercen las entrañas y un amor sencillamente inconmensurable: El conchito de la familia, mi querida hermana, Kathy. Creo que abusaré un poco más de la paciencia de ustedes (lo digo por el post anterior) y me aprovecharé de su visita para contarles sobre otra personita muy importante en mi vida.

Cuando yo tenía cuatro tiernos y hermosos años, muchos de mis parientes me hacían la típica pregunta: ¿Te gustaría tener un hermanito?, claro, para ellos era muy fácil hablar estupideces pero para mí era un asunto complejo, de total y hermético cuestionamiento. De antemano sabía que tendría que comenzar a compartir todas las cosas que por derecho y beneficio de hija única tenía hasta ese momento. Por otro lado, no había nada de malo en tener a alguien con quien jugar y a quien echarle la culpa si rompía o descomponía algo. En fin, mis padres no esperaron a que les diera mi parecer definitivo, y mi vieja se embarazó sin más en diciembre de 1987. Todo era felicidad y expectativa. Recuerdo a mi madre gorda, redonda, inmensa y patosa. Tocaba su vientre con mi manita pequeña sintiendo cómo ese renacuajo inquieto se revolvía en su interior.

La noche en que mi hermana decidió salir al mundo para comenzar a morir como todos nosotros, yo estaba durmiendo plácidamente en mi cama cuando me tomaron por el cuello, abrigaron como pudieron y enviaron a casa de una tía mientras mi mamá se iba al hospital en el auto de un vecino bondadoso- aquel día mi viejo tuvo turno de noche en su trabajo y no estaba en casa. No supe qué había sucedido hasta que me llevaron al centro médico para conocer al nuevo integrante. Recuerdo que nos referíamos a mi hermana casi con arrobas (@) en la distinción de sexo antes de nacer debido a que siempre se mostró de espaldas en las ecografías. Y entonces la trajeron para que yo la viera. La enfermera entró con un bulto diminuto entre sus brazos. Vi una cabeza que parecía un puño colorado y cabello oscuro en la coronilla. La tomé con la misma torpeza infantil de los niños y no pasaron ni diez segundos para que esa invasora de mal carácter rompiera a llorar a bocajarro. Desde ese momento comenzó nuestra batalla.

Kathy tenía unos pulmones capaces de volar hasta la casa de ladrillos del tercer cerdo del cuento. Su genio se dejó conocer por todos casi al instante. En pañales y ya era una orgullosa, testaruda, intolerante y despiadada. A los tres años de vida, mi padre tuvo que bloquear entre los barrotes de la reja del jardín para que la pequeña fugitiva no se pasara entre ellos como un contorsionista y escapara hacia las casas vecinas. Mi madre tenía que tener un ojo sobre el estofado y otro sobre ella para no perderla de vista. Yo ni siquiera hacía el intento de detenerla. Ya me había acostumbrado a no tener autoridad como hermana mayor, Kathy me mandaba a la mierda con todos los gastos pagados en poco tiempo. Un día, en su decimoquinto plan de fuga, al parecer su cabeza había crecido un poco más en esas semanas porque al pasar entre los acostumbrados barrotes- aún cercados inútilmente con alambre por mi viejo- separó las hebras metálicas y comenzó a introducirse poco a poco. Fue entonces donde se quedó atascada a mitad de camino. Sus sienes estaban apretadas por la reja, además que las orejas significaban un obstáculo mayor, y su cuerpo luchaba por zafarse del embrollo. Sólo su llanto nos advirtió que estaba en problemas viéndola atrapada como conejo en su propia trampa. No hubo otra forma de liberarla que sólo empujarla al exterior por completo o la decapitábamos sin remedio. Mi hermana nunca más intentó escabullirse por ese medio.

Creo que al pasar de los años he aprendido que las mascotas que ha tenido Kathy han adoptado personalidades o estados varios y extraños, hasta unos peces que tuvo una vez y duraron mucho tiempo. Entre el cardumen que nadaba circularmente en su pecera, había dos dorados que crecían y crecían a ojos vista. Yo ya estaba buscando recetas para servirlos como cóctel porque los veía gorditos, animosos, brillantes. Siempre acaparaban la comida de los demás pequeños y mi hermana comenzaba a preocuparse.
- ¿Por qué no los sacas y los llevas a la tienda de mascotas en donde los compraste?- le sugerí una tarde.
- ¿Por qué si están bien?- me respondió no muy convencida pero la mierda era cuestionarme siempre.
- Porque no quiero que crezcan al punto de devorarnos mientras dormimos, por eso.
Efectivamente, Diego y Alejandra- que era como los había nombrado a cada uno, idénticos por lo demás- eran peces de pileta, de fuente, de acuarios inmensos en donde podían crecer hasta cuarenta centímetros como los salmones de río que llegarían a ser. Menos mal que los cambió por otra especie o hubiéramos tenidos dos peces torcidos y apretaditos en ambos rincones de la caja de vidrio. Y como los quería tanto, no nos hubiera dejado freírlos como ya lo tenía planeado. Tuvo un hámster, Jerry, que al comprarle jaula nueva y de dos pisos, rodó por las escaleras de rejilla y le tomó dos días aprender el sistema de la rueda. El roedor estaba confundido, pero después de tomarle el ritmo no nos dejaba dormir con el sonido oxidado del engranaje. Mi hermana humectó el asunto con aceite de cocina y al hámster ni se le veían las patitas gracias a la velocidad. Le duró casi dos años. Actualmente tiene a Tobías, un experimento de perro Cocker que desafía las leyes de la genética. Es una mezcla rara entre salchicha con Basset Hound (Hush Puppies) y un chancho peludo color café. Kathy lo adora con sus defectos y defectos. Cuando los veo jugando juntos me parece que ella vuelve a los cinco años de vida y me convierto en la melancólica incurable que soy, estado que me dura hasta que Tobías se aburre, me huevea y me estornuda encima- creo que es el único perro que tiene la nariz sólo como excusa para tener rinitis.

Todo lo que rodea a mi hermana me divierte, me conmueve o me exaspera. Con ella no existen los términos medios, te ama o te odia y si caes en una de esas dos categorías ten por seguro que te lo hará saber bastante bien. Sus extremos son tan conocidos para mí que casi no me sorprende. Y digo casi porque hay veces que lo sigue haciendo. Hacendosa un día, un desastre al otro, amorosa una hora, ogro verde a la otra. Siempre reclama que su cumpleaños no pudo caer en peor día ya que en Chile se celebra Fiestas Patrias los 18 y 19 de septiembre. Varios de sus amigos viajan, otros se quejan del dinero que se hace escaso como para salir de juerga. Sin embargo, los buenos están con ella, la aguantan estoicamente como yo y se han ganado mi cariño por eso. Así que mañana, viernes 17, se homenajea la llegada de quien me movió el piso como un cataclismo, la cabeza dura que me sonsaca tanto mis instintos asesinos como mis renegados maternales. A ella, que con lo contado y más, me hace amarla para siempre.

Feliz cumpleaños, gorda!

lunes, 13 de septiembre de 2010

La cadena de plata y el corazón partido


Hoy haré un post especial debido a un acontecimiento que me destapó el baúl de los recuerdos y mandó al carajo mi rutina del fin de semana. Ayer domingo estaba limpiando el chiquero que es mi armario y encontré entre mis cosas una joya que me dibujó una sonrisa duradera en la boca. Era una cadena de plata con un corazón partido colgando de ella. Recordé que había sido una pieza que le había regalado a cada una de mis mejores amigas en la secundaria. Cuánto tiempo había pasado desde ese día. Eché un poco la película hacia atrás y un 25 de diciembre del año 2000 me llenó la cabeza. Aquella mañana de navidad teníamos nuestro último paseo de curso a la playa El Quisco, en el litoral central. Las reuní a metros del autobús antes de partir y les entregué la cadena advirtiéndoles que no la perdieran por nada del mundo. Espero que me hayan hecho caso y cuidado con su vida.

Ahora, luego de casi diez años la foto ha cambiado. En la que está en la cabecera de este escrito aparecemos seis. Paulatinamente fuimos disminuyendo para quedar cinco y finalmente cuatro, aunque no voy a ser tan injusta, seguimos siendo cinco pero de manera intermitente. Jeannette es la chica que tiene un bebé en sus brazos, sentada al medio. Ella es quien viene y va como las golondrinas. Siempre fue complicado retenerla pero lo fue mucho más cuando se convirtió en madre, y tres veces seguidas por lo demás. Como han de suponer, su vida dio un giro total. A diferencia de los hombres, las mujeres sufrimos una transformación radical cuando una personita sale de nosotras y nos necesita por completo. Este cambio desarma y reordena las prioridades que alguna vez definimos en nuestras listas, sin siquiera pedir permiso. Los hijos consumen el tiempo y la dedicación como una llama el oxígeno. Bueno, eso es lo que dicen, yo no soy madre todavía. A Jeannette le tengo un cariño especial, no puedo dejarla ir del retrato por más que lo quiera. Fue a la primera que conocí y por lo que he aprendido en estos años, a la última que terminaré de conocer.

Entre mis amigas no era nuevo que una de nosotras fuera madre. Claudia fue la primera en serlo y bastante joven. Ella está del lado derecho de la fotografía con los pantalones a rayas. Cuando supimos de su embarazo teníamos dieciséis años y estábamos a mitad de una clase en día de semana. Fue en abril de 1999 y al ver la prueba marcando un signo positivo de color rosa sobre la mesa, mi estómago subió hasta mi garganta. Me quedé pasmada, sin palabras y con la boca seca. Estoy segura de que si me hubieran sacado una foto en ese mismo momento saldría con la mayor cara de idiota en la historia de la humanidad. Recuerdo que me enfadé con ella, no sé bien por qué, creo que vi todos los eventos, reuniones y fiestas que se perdería, ya sentía su ausencia y comencé a extrañarla con anticipación. Éramos sólo unas niñas. Claudia, con su carácter indómito y su voz segura me preguntó qué mierda me pasaba luego de no dirigirle la palabra durante todo ese día. Tuve que ser sincera, ella me lee perfectamente cuando estoy mintiendo y le dije que estaba molesta ante la noticia. Sin embargo, al pasar de los días no pude más que sentirme feliz y honrar con mayor razón mi profesada amistad hacia ella. Merecía mi apoyo ya que Clau es la incondicionalidad hecha persona.

La del suéter rojo abrazando a Claudia es María José, “Pepa” para los amigos. Creo que si me dijeran que la describiera en una sola palabra diría al instante: constancia. Siempre al lado mío. Locura que se me ocurría ella me acompañaba sin vacilar, y hasta el día de hoy es así, debo añadir. Durante una reunión hace años, la penúltima en la que estuvimos las seis juntas, nos encerramos en casa de Claudia para beber, conversar y guitarrear a nuestro antojo. Teníamos toda la noche por delante. La dueña de casa nos cocinó una cena bien contundente, nos sirvió un bajativo de no recuerdo qué y luego comenzamos el hueveo sacando el arsenal de alcohol de la nevera. Una a una fuimos cayendo como moscas. Claudia fue la primera. Bebió tanto y tan rápido esa noche que acabó con la cabeza metida en el retrete. Las demás iban huyendo silenciosamente al pasar de los vasos.
- ¿Dónde están las demás?- le pregunté a Pepa luego de un buen rato sin verlas.
- Están todas durmiendo- me dijo con cara de fastidio. Pero nosotras seguimos cantando a destajo, tomando, fumando, riendo. Continuamos el desafinado concierto hasta las seis de la mañana para después desfallecer ebrias y roncas sobre un enorme sofá cama. Pepa me ha sorprendido mucho con su fortaleza y entrega por lo que realmente le importa. No es que desconociera sus facultades, sino que a medida que hemos ido creciendo las ha acentuado de una forma admirable. Sin mencionar su nivel de ironía que adoro.

La joven que está a la izquierda y de suéter blanco es Gianinna. Curiosamente, todas nuestras apuestas estaban dirigidas a que sería ella la primera en casarse, la primera en tener familia, la primera en ser dueña de casa… la primera en convertirse en una vieja de mierda, en pocas palabras. Gianinna siempre mostró su talento innato para las tareas de la casa. Es una obsesiva compulsiva con el aseo. Si dejas una huella de pisada en su impecable piso encerado, prepárate para encontrarte cara a cara con la muerte. En ese último paseo de curso que mencioné, varias dormíamos en una pieza con dos literas. Esa habitación era algo indescriptible. Ropa por doquier, botellas de crema para el cuerpo, cara, manos, pies, hasta para el culo, ocupaban la única mesita de noche. Era lógico que Gianinna estallara en sus legendarios ataques de “Dios mío, ¿por dónde empiezo a limpiar?”. Quien ya la conoce sabe que tiene que huir y dejarla sola cuando toma una escoba. Por eso mismo, Pepa y yo, sin saber que en la habitación sucedía este terremoto de limpieza, fuimos a buscar algunas cosas para bajar a la playa. Nos detuvimos en el marco de la puerta al ver a Gianinna en cuatro patas limpiando. Nos detuvimos en seco y automáticamente nos dimos media vuelta para regresar al pasillo y escapar. Fue algo instantáneo. Lo recuerdo muy bien y no puedo evitar reírme; pero a pesar de temer a su obsesión se le quiere por eso, no sería ella sin esta característica. Hace dos años que se casó. Ahora es su oportunidad de enfocar su hacendosa energía en su casa propia, enloqueciendo a Freddy, su marido.

A un lado de Gianinna, vistiendo un suéter azul, está Carola. A ella me resulta difícil describir porque después de creerla tan cercana como las demás fue la que más distante estaba. Creí convencida que ella seguiría constante en la fotografía pero luego de un tiempo le perdimos el rastro. Me acuerdo perfectamente que cuando conversábamos y me abría su corazón- hecho poco frecuente como un eclipse solar- me decía cosas que cualquier amiga quisiera escuchar. Por otro lado, Carola tenía un sexto sentido. Eso no puedo negarlo. Tenía la capacidad de ver a través de las personas, de descifrar mensajes, miradas, gestos. Un día, en alguna clase vespertina de turno en la escuela, ella mencionó algo que me quedó dando vueltas, y creo que todavía lo hace.
- Claudia y yo somos almas antiguas… en cambio, Amanda es un alma nueva- dijo, aludiéndome al final. Aún no sé a lo que se refería con eso.
No sé qué fue lo que sucedió para que Carola se alejara y no supiéramos nada más de ella. Bueno, por un lado quizás fue porque yo dejé de buscarla. El orgullo me venció decidiendo cerrarle mi puerta. No fue por maldad, que quede claro, no me malentiendan. Les explico. Hace algunos años, después de la foto que les enseño aquí, la busqué para organizar una nueva junta en donde estuviéramos todas. La llamé varias veces, escuchando de su hermana distintas versiones de por qué no estaba en casa y de por qué no podía ir nunca a las reuniones. Creo que aburrí a la chica con mis insistencias, porque aprovechando mi último llamado me dijo que Carola le pedía mentir por ella, que ya no quería seguir juntándose porque estaba con el novio y no tenía tiempo para absolutamente nada más. Lógicamente sonó un ¡PLOP! en mi cabeza. Desde ese momento no volví a buscarla y por lo que me he enterado gracias a otras fuentes, creo que tiene un hijo y formó su familia. Espero que esté bien y feliz.

Y finalmente estoy yo, sentada a la izquierda y en el suelo- Pepa siempre bromea con que al parecer mis viejos me concibieron en el piso porque siempre que puedo me siento en él. Allí aparezco con una sonrisa reluciente. Por más que lo intente disimular soy una melancólica incurable, de la clase que desearía tener los brazos más largos y más fuertes para encerrar con ellos a mi gente y mantenerla conmigo. Soy una empalagosa que deben remojar en agua y un archivo ambulante en cuanto a sucesos que me parecen relevantes, incluso hasta los insignificantes. Tengo memoria de elefante, como dice mi amigo Danilo que en otro post contaré de él. Pasó el tiempo, inevitablemente, ya tenemos veintisiete años cada una y con distintas responsabilidades. Quizás no hemos cumplido muchos sueños de cuando éramos unas pendejas ilusas, como viajar por el mundo, ser millonarias, pasearnos en un auto último modelo, casa en la playa y tonterías como esas. Yo sólo me conformo y agradezco haberlas conocido porque cada una aportó un granito de arena en la persona que soy ahora… y darme ideas para escribir, aunque no lo sepan…

viernes, 10 de septiembre de 2010

Sin religiones


Déjame darle a la pared con mi puño, darle patadas al tiempo y empujones al fuerte huracán. Déjame, por favor, ir de menos a más. Déjame desafiar a las dictaduras y cuestionar las religiones, que con su fe hipócrita sólo mueven montañas entre los amantes. Si no escapamos ahora su odio nos alcanzará convirtiéndonos en dos extraños más separados por el mar… - dijo la chica católica cuando comprendió que le prohibían amar al protestante. Lo tomó de su mano con fuerza– ¡Que sea Dios y no el hombre quien nos impida seguir adelante! – y así zarparon en un buque hacia el horizonte para poder casarse.


Trozo dedicado a la memoria de Carmen Blest, acusada de delincuente por casarse con un protestante en 1845.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Permiso


Me sorprendió una lluvia de aquellas que se echan de menos en verano al salir de la oficina. Corrí por las calles sintiendo las gotas gordas aterrizar en mi cabeza y en mi blusa, una prenda delgada que vestí por culpa del meteorólogo que en televisión dijo estaría despejado. No me importó, como tampoco me importó pisotear los charcos con entusiasmo. Ya no tenía sentido esquivarlos. A pocas cuadras estaba la estación del Metro y bajé por las escaleras toda empapada. La gente me miraba como si estuviera loca y entonces entendí que sólo a los niños se les permite no usar el paraguas. Por alguna tonta razón sentí que debía disculparme.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Si pudiera


Si pudiera mantener el tiempo entre mis manos podría ver una puesta de sol durante horas. Si pudiera manejar la naturaleza podría acercar la luna hasta mi ventana y limpiar de ella la contaminación de la ciudad. Si pudiera ordenarle a la lluvia, le pediría que me lamiera las heridas y me mojara el cabello, pero como no puedo hacer nada de eso me aferro a mi grandilocuencia y la escribo sin prudencias. Soy feliz con pequeñas cosas. El cigarro entre amigos, la cerveza fría y sin espuma, la inspiración que llega cuando menos te lo esperas. Lo mismo pasa con los defectos. Ellos son el valor agregado en una obra maestra, como la inclinación en la Torre de Pisa o la quebradura en el perfil de la Esfinge. Me gustan, me intrigan. Hay hermosura en todo lo cotidiano como también en los defectos y nos esforzamos en criticarlos. Sin ellos habría una sola belleza simple y aburrida. No necesito toda la Capilla Sixtina para darme cuenta que como yo también tiene defectos. Perfecto es una palabra que si pudiera se la llevaría el viento.

martes, 31 de agosto de 2010

Sólo una pintura más


Al verlo sobre la tarima usando sólo una toalla blanca alrededor de la cintura, se me secó la boca. Tenía el torso más perfecto que hubiera visto jamás y tuve que obligarme a clavar mis ojos embelesados en el lienzo como una niña avergonzada. La profesora dio una señal de comienzo y nuestro modelo frente a nosotros se quitó la única prenda que lo cubría quedando expuesto. Completamente desnudo y hermoso. No supe por qué pero el pincel en mi mano amenazó con resbalar de mis dedos al suelo. No era típico en mí. Me sentí una idiota. Había visto miles de otros modelos en cueros para mi taller de arte, resultaba absurdo que mis mejillas estallaran en llamas. Me había hipnotizado. Él se quedó de pie, observándome con atención y pude notar mis latidos irregulares. Adiviné su piel suave, la fortaleza de sus brazos, los ángulos de cada uno de sus músculos. Esbocé unas cuantas líneas humedeciendo la brocha en la pintura, al tiempo que subía mis gafas por el puente de mi nariz. Lo retraté lo mejor que pude respirando agitada, buscando la manera de no descubrirme estúpidamente nerviosa. Él me sonrió con la mirada. Muy pocas personas poseen esa cualidad y le devolví el gesto con una sonrisa de medio lado desde mis labios. Parecía una conversación de palabras sin voz entre nosotros. Para mi fastidio, los sesenta minutos pasaron a una velocidad vertiginosa. La profesora nos ordenó detenernos y el modelo descendió de la tarima para ir a vestirse. Yo, mientras tanto, admiré mi trabajo. Sí, había logrado controlar el temblor en mi mano, casi heroicamente. Había quedado perfecto, incluso la sonrisa tácita en sus ojos color caramelo…

- ¿Nos vamos?- me preguntó mi hermana de pronto. Había olvidado que pasaría por mí al salón. Le asentí con la cabeza y miró mi pintura- Veo que ya conociste a mi novio.- agregó provocando que frunciera mi ceño. Hizo un ademán al modelo que volvía ya vestido y se acercó a nosotras. Ella me lo presentó sin poder hallar en mí alguna cosa qué decir. El fuego volvió a quemarme la cara. Él volvió a sonreírme como me había encantado y miró la pintura bajo un sutil aire de orgullo.
- Me gusta muchísimo- dijo, ambiguo y sugerente.
- Gracias… - respondí, pensando que sólo era una pintura más, y quité el lienzo del atril para guardarlo.

viernes, 27 de agosto de 2010

A veces Nada lo es Todo


Si pudieras sentir por sólo unos segundos ese calor intenso llamado amor, esa necesidad desgarradora que te enciende las noches y contrasta tus días volviéndote un lobo a la deriva. ¿Sabías que te lloré por todas mis sábanas? ¿Sabías que grité tu nombre espantando hasta las hormigas en mi casa? Me fumé mis nostalgias, dos cajetillas diarias para ser exacta. Adelgacé pero no confío en la puta pesa de mi baño porque sólo marca los gramos de tu falta. Las cuentas llegan mensualmente sin demora. Busqué entre los sobres alguno con tu nombre. Nada. Entendí que a diferencia de las otras, nuestra deuda siempre quedaría impaga. Qué odiosas son esas canciones de amor que suenan en la radio, en la televisión, incluso creo que las oí también saliendo de mi horno. Ok… creo que sin exagerar estoy enloqueciendo…

- ¿Por qué me miras así? ¿Qué te pasa?- me preguntó interrumpiendo mis pensamientos.
- Nada… - le dije, y brindamos su regreso.

lunes, 23 de agosto de 2010

Espejo para el alma


Si tuviera un espejo especial en donde se reflejara el alma – y no hablo del cliché de los ojos, por favor. Hablo de un objeto, de algo concreto, un trozo de vidrio reflectante para pararme enfrente y examinarlo– podría apreciar sus defectos, sus trizaduras, sus diversas heridas a lo largo de la batalla que es la vida. A veces no me reconozco y creo que si pudiera ver mi alma, mucho menos. Lo único que sé es que me pierdo en metáforas para embellecer mi verborragia sin conseguir nada, tal vez sólo conclusiones vagas y realidades transpuestas. Aprendí que si soy sincera rayo en la insolencia, aprendí que si soy aguda corto la banalidad como al viento una navaja, que si amo me protejo y si odio, peor todavía. Ya ves, las marcas en mi alma comienzan a hacerse evidentes. Quizás ese espejo especial ya lo tengo, y como para todo el que escribe… es una página en blanco.

viernes, 20 de agosto de 2010

Como amor perdido para mis oídos


Primero comenzó a sonar la base suave, pausada y presagiosa. Sentí en el pecho el vuelo impredecible de las mariposas. Cerré por un instante los ojos para no distraer mis oídos con imágenes. Entre la parsimonia, la melodía del piano dejó caer sus notas gota a gota. No pude pensar en nada más que en los recuerdos de amor que invadieron mi cabeza ni evitar los martillazos de mi corazón contra mis costillas. La música aumentaba en sus compases, el volumen subía y subía al pasar de los segundos. Tocó el turno de la guitarra eléctrica, sumándose en su rasgueo puro, auténtico. Tenía la fuerza y honestidad de ese lenguaje que ni ella ni yo jamás entendimos. La luz de los focos me aumentaba el calor, me quemaba la mirada. Podía pronosticar la humedad de mi cabello, de mis ojos, y nuevos fragmentos de una vida que imaginé feliz me atestaron. El golpeteo de la batería me estremeció. A pesar de esperarlo me tomó por sorpresa. Tenía que estar atento a mi entrada, no podía perderme. A mis espadas, los tambores salaban mis heridas y conté los tiempos como los años que pasaron sin volver a verla. Acerqué más mi instrumento al cuerpo y me armé como un soldado saliendo de la trinchera. Preparé el arco, lo posé sobre las cuerdas gruesas de mi violonchelo y rasgué fuertemente. Me dejé llevar por el dolor que tocaba en mi lugar. Mis dedos paseaban por el mástil de madera ordenadamente, en total discrepancia con mi mente que era un maldito caos. A los pocos segundos, los platillos estallaron en su armonía gloriosa. Su entrada fue elegante pero devastadora. Mientras tocaba, su sonido en cada acorde me debilitaba al punto de sentir el arco temblar en mi mano. Seguí tocando. Rasgué con rabia, con resentimiento, con odio, con pasión, hasta que el último compás nos hizo detenernos y sentir de nuevo la parsimonia del piano y finalmente la base suave… fue allí donde la vi, entre el público que nos escuchaba tocar esa noche. El llanto en sus ojos me dio a entender que había sentido lo mismo que yo al oírme y verme tocar. Me puse de pie junto a la banda, nos aplaudieron y el telón rojo cayó frente a nosotros. Supe que ésa había sido nuestra despedida nunca antes dicha.

martes, 17 de agosto de 2010

Ocaso


Hoy, a través de la ventana de mi oficina, vi un atardecer maravilloso. Las nubes se envolvieron en llamas justo ante mis ojos. En mis oídos escuchaba "El universo que no fue" del soundtrack de "La vida de los peces" y mi estómago se encogió por tanta belleza y perfección. Deseé estar sentada en unas rocas frente al mar, sintiendo la brisa marina besar mi rostro, las olas estallar en la arena y el sol hundirse en el horizonte. Qué hermoso debió verse este atardecer en la costa, justamente éste, donde el cielo está poblado de nubosidad que en su forma de pedir disculpas por cubrir el tono azul, se quemó a lo bonzo convirtiéndose en un espejo extendido del ocaso.

lunes, 16 de agosto de 2010

Sueño y pesadilla


El amor muchas veces se convierte en algo complejo e inexplicable como correr lento o golpear despacio durante un sueño. Si se es bien amado será una ilusión prolongada y hermosa, igual que los colores surrealistas de un caleidoscopio a la luz del sol; si no… será sólo una de tantas pesadillas interminables que nos llevan a despertar asustados y gritando.

jueves, 12 de agosto de 2010

A lo Hollywood


- ¿Cómo estás?
- Extrañándote- le dije.
- ¿Quieres que nos veamos?
- Dime dónde y cuándo.
Acordamos en menos de dos segundos y colgué el teléfono, temblando. Desde ese momento, las horas pasaron tan lentas como bruma sobre la hierba volviéndome loca de las ansias. Miré por la ventana y la lluvia comenzó a caer. No me importó. Un relámpago rayó el cielo y un trueno tosió a lo lejos. Siguió sin importarme. Para mí era un día de ensueño, perfecto y novelesco. Ignoré mi paraguas, salí de casa y corrí por las calles sin sortear ningún charco.
Al llegar al punto de encuentro él no estaba. Lo esperé. Volví a temblar. Sentí el frío por primera vez mascando mi cuerpo. La banqueta estaba vacía, sin vida ni gracia. Sólo mirarla me molestaba, incluso me insultaba. Amargamente recordé que había dejado los cigarrillos sobre la mesa y me crucé de brazos, sin nada más que hacer que seguir esperando. Cuando el reloj me dijo que ya no llegaría le eché la culpa al clima. El clima hijo de puta me había robado mi momento. Sin embargo, me habría gustado un beso bajo la lluvia, al puro estilo Audrey Hepburn y George Peppard en Breakfast at Tiffany's… pero recordé que el cine es una cosa... la vida real otra.

lunes, 9 de agosto de 2010

Amar sin querer...


Ella sólo tachó una nueva fecha en el calendario. Recorrió los meses con su vista sagaz y maldijo en voz baja cómo la vida brincaba de un número a otro sin ninguna esperanza. Se sintió cansada, como si sesenta años de batallas se le hubiesen derrumbado encima. Se sentó en uno de sus sofás frente a la ventana y la puerta de entrada se abrió. Él entró con la obvia mirada de que aquí no ha pasado nada y a la vez todo. Habló algo pero ella no le entendió en su jerga ambigua y estresada. Quiso hacer el amor como todo hombre arregla un problema sin palabras, cambiar fácilmente la conversación por penetración, reemplazar el llanto por el sudor. Le acarició el cabello, le besó la boca estrellándose en la dureza de unos labios hostiles, la obligó a mover su lengua junto con la suya mas fue un baile torpe y sin sentido. El beso no dio la invitación a nada, no brindó la chance de ningún escape y él retrocedió, sintiéndose ofendido, absurdamente atacado. Ella se incorporó bajo un manto de serenidad, caminó hacia la puerta y se marchó en silencio. Ya no quería amar sin avanzar. Ya no quería seguir contando sus guerras como lágrimas perdidas en el mar.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Cállate, mimo!


Ayer vi a un mimo discutir casi a gritos en el Centro. Inconteniblemente me sonreí ante la ironía y pensé que el mundo se había invertido, que por fin había enloquecido. Esperaba que en cualquier momento los perros maullaran, que los gatos ladraran, que las palomas lanzaran migas de pan y que los transeúntes las picotearan en el suelo para alimentarse. Observé al mimo a sus anchas mientras escupía maldiciones, garabateaba a fulano y enrojecía bajo su maquillaje blanco. Todo un Marcel Marceau de las puteadas. Se veía tan gracioso y artísticamente atrayente. ¿Cómo ha de estar Santiago de estresado que hasta los mimos han tenido que hacerse escuchar? Ya no bastan los gestos, los ademanes, los juegos de imitar a la persona que pase; ahora hay que gritar y aletear como pollo para formar parte de este teatro de absurdos, sin telón ni público. Ahora no me sorprendería ver que la estatua humana se bajara de su podio, sacara dinero de su tarro y se subiera al autobús rumbo a su casa. Ah, no… sí lo hace, es que mezclado entre los pasajeros de cara endurecida casi no se distingue.

lunes, 2 de agosto de 2010

Just a normal girl who hates herself


Escrito basado en el film The Tracey Fragments

Fragmentos, sólo fragmentos de una vida que al unirse muestran un panorama completo de vacíos insondables. Una chica se odia, se rechaza, quiere estar sola pero grita en busca de compañía. Las culpas flotan en el aire como dientes de león, se adhieren a las personas buscando una víctima y las envuelven en una cortina de baño para volverlas patéticas, asustadas, perdidas. Ella quiere cambiar, quiere ser mejor pero cada intento suyo se estrella contra el muro de Berlín de los imposibles. Nadie la escucha porque está en el límite terrible entre la verdad de una niña y la mentira de una adolescente. ¿Cómo confiar en ella y viceversa?

La chica corre, se siente desnuda bajo esa cortina que le pesa como otra persona a cuestas. Busca la felicidad pero sólo encuentra desolación, incomprensión y un mundo adulto que no deja de señalar con el dedo. Y luego está la solución típica de los lunáticos que se jactan de cuerdos: El siquiatra… ¿De qué sirven los siquiatras cuando no se quiere decir nada? O peor aún… ¿Cuando ya se ha dicho todo? Una chica normal que se odia a sí misma, un simple diagnóstico que a nadie se le ocurre.

La chica duerme y sueña con situaciones que la llevan a sonreír, a ser feliz. Quiere amar, quiere sentir un beso abrasador y unas manos cálidas invitándola a desatarse en la pasión. Se construye un escenario perfecto donde escucha un Te amo en su oído después de ser penetrada. Vuelve a sonreír, dichosa y cansada. Abre los ojos y de cara a la realidad sólo encuentra la ingratitud del sexo sin amor. Un chico básico sólo la mira como un agujero de satisfacción y la lanza lejos cual bolsa llena de semen. Y ella se pregunta, ¿cuándo llega el amor adolescente del que todo el mundo escribe, habla o canta? ¿Existe el amor en alguna de sus formas?... finalmente se envuelve en su cortina de baño otra vez y escapa montada en el último autobús lejos de casa.

jueves, 29 de julio de 2010

Al Crítico por Oficio


La vida tranquila y segura del Crítico no es más que un jardín artificial de árboles plásticos pero hermosos. Su boca, ennegrecida y hedionda, sólo rinde homenaje a las palabras envenenadas que se divierten destrozando, apabullando el arte de los osados. Su oficio no arriesga nada, son como la piedra en medio del río donde a su alrededor nadan los salmones que luchan contra la corriente. ¿Por qué reposar en sus manos muertas los cientos de sueños de uno, de otros, de todos? ¿Por qué dejarse influenciar con su flauta de encantador maldito para bailar a su antojo? El Crítico critica el valor con la tinta de su cobardía, es el emperador con el pulgar hacia abajo en el coliseo de los atrevidos. Aplauden la anti poesía y enlodan la prosa, glorifican la insolencia y acribillan el talento. Son capaces de negar un Premio Nacional de Literatura a cambio de páginas y páginas con odas “a la cebolla”, “al espárrago”, “al lápiz que compré ayer y era negro”. Es tiempo de subir el pulgar a los gladiadores que luchan en las arenas de todo el mundo en busca del éxito.

lunes, 26 de julio de 2010

Personajes


Creí sentirte a mi lado mil veces y mil veces entregué la vida por ello. Sonreía ante una historia que escribí para los dos, imaginando los diálogos que dirías por mí y las actuaciones que yo haría por ti como un actor entregado. Te envolví en sonetos, en prosas, en telones que reemplazaron tu ropa. Eras mi actriz más sincera y yo muchas veces un espectador desesperado por tocar tu escenario. Son amargas las palabras que brotan de un corazón roto. Como el veneno rancio de una serpiente muerta. No hay vida, no hay luz, no hay movimiento que justifique un embeleso. Las apuestas a ganador fallan perdiéndose hasta la sonrisa. Creo que aposté de más porque mis labios ya no saben cómo estirarse.

De pie frente a mí no hacemos más que mirarnos. Y yo sólo aprieto mis frías manos. Siento pasar el oxígeno por mis pulmones como una tubería abollada. Necesito un cigarrillo, así justifico el ruido por vicio y no por llanto. Dices algo que no comprendo. Veo tu boca moverse pero mis oídos se niegan a cumplir su labor. No te entiendo y me reclamas eso. Agitas tus manos… yo sólo las sigo sin hablar. Un golpe tuyo voltea mi cara. Mi mejilla comienza a arder y tú comienzas a llorar. Tus lágrimas siempre tuvieron el efecto terrible de caerme encima como rocas y me aplastan. Fuimos cómplices, fuimos uno, fuimos el verso que nadie escribe. Nos observamos sin tiempo y nos dimos cuenta de una sola cosa: soy el personaje que se va de la escena y tú el que se queda para limpiar las huellas.

jueves, 22 de julio de 2010

Miente


El joven trató de besarla pero ella se resistió, luchó, le cruzó la cara de una sola bofetada y salió corriendo a lo largo de un callejón solitario. Él no se daría por vencido, no la dejaría irse así tan fácilmente. El cielo estalló sobre sus cabezas derramando una lluvia copiosa, gorda y pesada. Mientras corría para darle alcance, no pudo sino sentir ese exquisito dolor del amor desbordado en su pecho. Respiraba sí, pero ya no tenía espacio para el aire. Cuando la tuvo a sólo dos zancadas, la tomó por la muñeca y la volteó hacia él para detenerla. Era una batalla épica mucho más peligrosa que las ganadas por bombas. Ella, con sus cabellos empapados adheridos a sus mejillas, parecía el ejemplo viviente de una obra de arte renacentista. El joven la besó furiosamente encerrándola contra la pared de ladrillos a un lado de los contenedores y de los gatos que huían de la lluvia. Segundo a segundo, él recogía sus labios con el mismo fervor de un hambriento. El mundo había dejado de tener sentido.

- ¿Me amas?- le preguntó por fin. La muchacha frunció el ceño e hizo el gesto de limpiarse la boca con el puño de su abrigo.
- No- respondió pero no pudo ni mirarlo a los ojos al decirlo. Lo empujó lejos y reanudó su carrera frenética. El joven sonrió… amaba su forma de mentir.

lunes, 5 de julio de 2010

Mensaje


Francisca era una soñadora. Desde las maltratadas costas chilenas, la joven escribía sentada en una roca párrafos de historias sueltas que inventaba al atardecer y los introducía en botellas de vidrio que luego lanzaba al mar. Sus palabras viajaban con la marea, sus metáforas, sus prosas navegaban sin destino entre las corrientes del océano buscando algún destinatario, alguna alma gemela que acostumbrara hurgar las aguas por respuestas. Por meses Francisca volvía a la playa con la esperanza de que una de sus tantas botellas tuviera contestación. Soñaba con tierras lejanas, culturas diferentes, mentes sedientas... de tocar un corazón solitario. Una buena tarde, de esas en donde el mar se duerme más naranjo y tranquilo, la joven distinguió entre el oleaje una de las botellas que había lanzado. Parecía imposible. Sumida en su entusiasmo, bajó por las rocas para rescatarla y ver su contenido. Había una hoja de papel amarillento que decía:

Francisca: Hay vientos huracanados en las costas de mi tierra distante que en vez de inquietar la marea me susurran tu nombre. No estás sola, porque desde ahora existe alguien más pensando en ti.

martes, 29 de junio de 2010

La nueva princesa


Escupí el pedazo de manzana, desperté de ese sueño pesado que me sumía en la inconsciencia, mandé al carajo a los enanos y a mis hermanastras que me controlaban la vida. Vendí el espejo, despedí a la hada madrina, lancé el carruaje por un barranco y subasté los zapatos de cristal al mejor postor. Los falsos príncipes me hablaron de sus actos heroicos y yo, a la vez, de mis sueños y ambiciones. Al oírme, se volvieron sapos en menos de un segundo para saltar lejos de mí hacia un mejor arrollo. Era de esperarse. Uno de ellos se atrevió a más y me llevó en su caballo blanco por el sendero. A medio camino el animal se rompió una pata y no dudé en sacrificarlo porque estaba sufriendo. El príncipe se quedó mirándome espantado mientras que yo, con el vestido recogido, crucé el puente hacia la ciudad. Tenía que hablar con el escritor para que me consiguiera un empleo, una vida de verdad. Ya estaba harta de dormir eternamente y esperar.

miércoles, 23 de junio de 2010

Vida por vida


La veo caminar, reír, sentir. Juega con la brisa en su cabello y las gaviotas en el cielo. Sonrío sentada desde la banca a unos cuantos metros de distancia. El oleaje del mar le alcanza los pies lamiendo a su paso; le gusta, se queda allí un rato invadiéndose con su frescura. No puedo quitarle los ojos de encima. Me parece una obra de arte, un paisaje capturado entre los mágicos marcos de Monet y lo disfruto en silencio. Me acuerdo de ti y de lo mucho que te extraño. Recuerdo nuestra última noche, de aquel beso que me diste en la puerta de mi casa, de los te amo que me rezaste al oído y mi abrazo urgente alrededor de tu cuello. Lloré y te mojé la camisa.

Tenía rabia, estaba furiosa con la vida por lanzarnos esquirlas. Nos amábamos, pero el destino decidió que nos habíamos amado demasiado y te llevó de mi lado. Maldita noche y su hedor a muerte. Maldito desgaste de tu cuerpo enfermo incapaz de retener tu alma sana. Maldito teléfono que sonó y maldita yo por contestarlo. La voz del médico sonó a engranaje oxidado diciéndome que no habías aguantado, que te habías marchado dejándome aquí con menos valor que un trapo. La bocina me pesó tanto que la dejé caer junto conmigo. Aterricé en la alfombra y me quedé allí por horas eternas.


Tu madre, con su tono de voz burgués y natural elegancia, me había informado de tu última voluntad. Nunca me lo habías dicho y al escucharla, no supe cómo reaccionar. Tu corazón, tan fuerte como la marea arreciando en invierno, habría de ir a llenar otro cuerpo para salvarlo. Habías decidido brindar vida por tu vida y volví a llorar. El sollozo escapaba de mi garganta en un rosario amargo que sólo los que saben de dolor pueden entender. Ella me miró, me encerró el rostro maternalmente entre sus manos y me besó la frente. Una acción que jamás esperé de su parte.


Un año pasó y fueron 365 días en que no me reconocí ante el espejo. Creí que el cristal estaba trizado porque miles de surcos disparejos cortaban mi cara, pero no, estaba equivocada… era yo, era mi semblante roto en pedazos y llegó un momento en el que dejé de mirarme. Sin embargo, a pesar del despojo que pudiese ser, quise saber quién había recibido tu corazón. Fue una joven y al conocerla no pude evitar derrumbarme. Era hermosa, agradecida y bondadosa. Ella me abrazó cuando supo que el donante había sido el hombre que amaba. Absurdamente me pidió perdón llorando y comprendí que las lágrimas ya no eran necesarias. Tiene una hija pequeña, una niña de inagotable energía. Ahora mismo juegan por la playa y me saludan a lo lejos mientras te escribo estas palabras.

viernes, 11 de junio de 2010

Tinta y licor


¿Existió alguna vez una maldita razón para amar?... ¿Qué he conseguido con amar?, se preguntó ella. No quería escribir sobre cosas tristes, no quería hacerlo porque eso demandaba tiempo, esfuerzo y una puta nueva arruga en su ceño. Sin embargo, la pluma en su mano bailaba sobre el papel de un lado a otro. ¿Existe alguna verdad en la que pueda confiar?, ¿Pasaré el resto de mis noches oyendo a la puerta de mi corazón cerrar?... Las nuevas preguntas resonaron por todas partes como truenos roncos en lo alto del cielo. Desviando su atención del texto, se sirvió un nuevo vaso de licor con sus dedos sucios de tinta negra. Bebió un sorbo sintiendo que el líquido le calentaba la garganta al pasar. Bien, su mente comenzaba a nublarse, comenzaba a ralentizar los pensamientos que la sometían con descaro. Eso era lo que estaba buscando. Las hojas de los árboles se sacudieron gracias a un viento estival que acallaba el invierno. Parecían retazos de estaciones intermitentes afuera de su ventana. Ella volvió a escribir pero reparó que la tinta estaba por terminarse Respigó su nariz y maldijo su mala suerte. No había nada más patético que una escritora ebria, herida y sin tinta para sanarse.

martes, 8 de junio de 2010

Volar


Desearía aprender a volar. De hecho, debería aprender a volar. Mantener los pies sobre la tierra todo el tiempo detiene los sueños y seca la ilusión. Desde aquí el temor nos gobierna y se envejece deprisa. Si tuviera alas fuertes me iría surcando los cielos como un halcón para luego aterrizar como si hubiera renacido.

lunes, 31 de mayo de 2010

Crédula


Me asegurabas que corriendo contigo no debería sentir miedo alguno, que mientras tomara tu mano y estuviera a tu lado nada malo podría suceder. Te creí, te creí como tantas veces lo había hecho antes. Los pasillos penumbrosos que se extendieron frente a nosotros no hicieron más que invadirme de un temor renuente y conocido, una incertidumbre pegajosa de que si avanzabamos podríamos encontrar un abismo bajo nuestros pies y caer en una fosa insondable, o tropezar con esos monstruos de rostros deformados que se esconden por los rincones. Los conocía, intenté combatir contra ellos pero me vencieron en incontadas ocasiones. Me recogí de forma instintiva al imaginar que pudieramos fracasar de nuevo y tú me apretaste la mano para darme confianza. Te creí.

Corrimos. Nos internamos en los pasillos torcidos de aquel laberinto oscuro y por momentos pensé que lograríamos salir de allí, juntos. Una ilusa esperanza me encendió el corazón pero no debí cantar victoria tan prontamente. Los monstruos aparecieron desde la negrura y fueron tras nosotros. Resollaban, gruñían de forma gutural aumentando el peso de mi cuerpo debido al pavor. Los sentía tan cerca en cada paso que dabamos que podía percibir su aliento putrefacto de seres desalmados en la espalda. De pronto, tu mano me pareció viscosa, amorfa. Tus dedos me resultaron huesudos e irreconocibles. Detuve mi paso frenético para mirarte a la cara y para mi espanto te habías convertido en uno de ellos.

Estaba atrapada. Te solté de inmediato y retrocedí despacio viendo cómo se acercaban a mí con hambre, con deseos de convertirme en uno más de ustedes. Me negué, grité por ayuda pero mi voz sonó como un leve crujido durante una tormenta. Seguí reculando hasta el límite de una especie de fosa. Arrinconada, no pude más que dar la vuelta, cerrar mis ojos y dejarme caer para no ser alcanzada, ni por ti ni por los putos monstruos que te acompañaban. El vertigo me fustigó los intestinos, mi mente se echó a volar y fue donde desperté violentamente y desorientada en mi cama. La sombra de los árboles en mi pared dibujaba formas imprecisas que me llevaron a cerrar los ojos como niña aterrada. Me cubrí hasta la cabeza con las cobijas, repitiendo constantemente entre dientes… “Te creí… maldita sea, te creí”

martes, 11 de mayo de 2010

Una nueva actitud


A través de la ventana del restaurante te vi y detuve mi andar. No tuve la menor duda de que eras tú por la forma en que acomodas tu cabello cada vez que platicas con alguien. Sonreí a pesar del fuego que me hervía las venas. Estabas cenando con mi rival, esa cualquiera que no dejaba de mirarte la boca al hablar. Ignoré el movimiento de la gente en la vereda mientras estaba detenida allí sin saber qué hacer ni qué pensar. Sus hombros chocaban con los míos en un roce común de todos los días. Parece que el mundo es demasiado pequeño para todos o somos como las hormigas que necesitamos de contacto al pasar.


La tomaste de la mano y mis desvaríos se interrumpieron. De seguro le hablabas algo divertido porque esa idiota no dejaba de reírse. Me pregunté desde cuándo eras tan gracioso y mis cejas se arquearon de puros celos. Apreté mis manos enguantadas, indiferente al frío y a las gotas que comenzaban a caer sobre mi cabeza. Ideé miles de maneras para entrar a la batalla de forma radical. Pensé en llegar y verter el vino de las copas en sus caras, o descargar mi ira en la ensalada y usarla como sombrero para tu cabeza. Sin embargo, retuve mis instintos casi heroicamente a sólo pasos de invadir el restaurante. Tú y yo no teníamos nada. Jamás me habías dicho un Te amo o un Te necesito a mi lado. En mi dedo no había anillo alguno, no teníamos ningún lazo que nos uniera más que las noches de locura enredados en tu cama.


Aún rumiando entre dientes, igual entré al local creyéndome la nueva Brigitte Bardot. No sé por qué pero de pronto me embargó una seguridad que jamás creí posible en mí. Me aproximé a tu mesa aparcada en un rincón del salón e ignoré las palabras del anfitrión que tal vez me preguntó si necesitaba mesa para uno. Ni siquiera lo escuché. Una vez a sólo dos zancadas de ustedes, esa perra me miró como si fuese el diablo en persona. Ella sabía de mí y yo de ella… qué cosa más estúpida. Le dediqué dos segundos de mi atención para luego volverme a ti, decidida. Tus ojos desorbitados por la sorpresa merecían una fotografía para capturar el momento. Me sonreí internamente. Sin pensarlo ni un instante, me incliné, te tomé por ambas solapas de tu camisa y te besé. No sabía lo que estaba haciendo, pero al sentir tu boca contra la mía quise que lo recordaras por siempre. Después de casi extraerte el alma, me erguí de nuevo y salí de allí tal cual entré, sintiéndome dueña del mundo y de las miradas.


Fuera del restaurante, pude sentir cómo cada extremidad de mi cuerpo temblaba como gelatina. Tuve que sujetarme de un árbol un segundo para no irme al carajo y arruinar mi nueva actitud. ¿Qué mierda había sido eso? Seguí caminando tratando de mantenerme inalterable, me recordé como letanía religiosa que era fuerte y determinada aunque mi valor había quedado en el restaurante. Alcé el mentón esperando en una esquina la luz verde para cruzar. Cuando me dispuse a hacerlo, escuché una carrera frenética a mis espaldas. Al voltear reparé que eras tú. Me abrazaste para acto seguido besarme como si la vida misma dependiera de ello. Sonreí para mis adentros. Brigitte Bardot: 1… Perra: 0.

domingo, 9 de mayo de 2010

Egoísta


Te vi y tú me viste. Volviste a correr lejos de mí y yo te seguí como una cazadora tratando de alcanzarte. Te encontré, estuviste a mi lado y al parecer perdiste la paciencia porque huiste de nuevo. Me sentí como Alicia persiguiendo al conejo. Delante de mis ojos te desvaneciste en la noche, entre las nubes, detrás de la luna exhausta si es posible. No lograba entender la razón. Tuve miedo de olvidar tu rostro entre los extraños y todos no eran más que manchas de un Test de Rorschach que no podía dilucidar. Estaba cansada, estaba arraigándome con uñas y dientes a la idea de tenerte siempre. Egoísta de mí que no piensa en ti. Egoísta de mí. Quizás necesitas escapar, quizás soy una de las tantas prisiones que te mantienen en cautiverio y arañas las paredes intentado liberarte. Quizás soy un grillete sujeto a tu tobillo exigiendo mierdas sin sentido. Dejo caer la aguja sobre el disco de vinilo y oigo una vieja canción fumando un cigarro. Su sonido rasgado reemplaza la odiosa expectación que flota a mi alrededor y así festejo el hecho de que no estás de nuevo. Una verdadera amante del drama novelesco. Escucho tu silencio, veo tu ausencia, siento el desprendimiento y no hago más que maldecir en voz alta porque… no pienso dejar de ser una egoísta miserable.

viernes, 23 de abril de 2010

El Día del Libro


Las historias están allí y me ayudaron a esbozar monstruos sombríos en mis paredes gracias a las ramas afuera de mi ventana. Me tiento con caballeros hidalgos, batallas apoteósicas y ogros temibles bajo los puentes. Me embriago de líderes y convicciones férreas que movieron países y flamearon banderas. La palabra escrita puede hacer estallar un ideal. El que escribe miente diciendo la verdad. La ficción brinca de las páginas entrelazándose con una realidad mucho más rica, más atrayente. No soy más que una exploradora de atajos intransitables por donde sólo un escritor se atreve a caminar. La vida sucede, los personajes nacen, los personajes mueren… una novela teje lo que se quiere decir con lo que está dicho y se crea un nuevo lenguaje en cada una de sus páginas. Hoy la inspiración vibra de regocijo, hoy las historias pelean por protagonismo, hoy los dragones, los magos, las doncellas, los héroes están paseando entre nosotros, soplándonos la nuca, rozando nuestras manos. No quiero perder la fracción de inocencia que me queda, no quiero perder esa ensoñación típica de quien pretende escribir… quiero verlos jugando con mi cabello y sonreírles de buena gana, antes de que regresen como fantasmas a sus libros y den la fiesta por terminada.

miércoles, 14 de abril de 2010

Pasado vencedor


Está igual a como la recordaba. Tantos años de ser cómplices para luego ser sólo dos personas que alguna vez se conocieron. ¿Le sonrío? ¿Qué hago? ¿Qué le digo? No quiero alterarla. Los nudillos con los cuales golpeé su puerta me seguían palpitando después de llamar. Creo que la madera quemó mi piel pero temo cortar nuestra mirada para comprobarlo. Busco desesperadamente un par de palabras con las cuales comenzar y sólo se desata una batalla infame dentro de mí. Tanto por decir y mi garganta cerrada como tubería tapada. Qué mierda. Suspiro por algún recoveco que me queda libre, que me quema, y ella nota mi nerviosismo. Practico internamente un saludo idiota: Hola, ¿Qué tal? ¿Cómo has estado?... ¿Yo? Muriendo por ti… recibiendo las noches más amargas de mi vida sobre un colchón vacío… creyendo que el techo está cada vez más cerca y las paredes más estrechas… No, no haré más que asustarla si digo eso, ya está asustada con sólo tenerme frente a ella sin aviso, detenido en su umbral como un vagabundo. Noto que la luna se eleva por encima de los cables del tendido eléctrico y me ilumina el rostro. Debo estar hecho un esperpento porque la expresión en sus ojos cambió drásticamente y desvió la mirada. Me arrepentí de no haberme afeitado…


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Desvié mi mirada por miedo a volar en pedazos como un edificio dinamitado. Esos ojos oscuros siempre me llevaban a sumergirme y perderme en ellos. Dos pozos de amor en los cuales me ahogué sin prudencia. Luego de tanto tiempo sin verlo, allí estaba, al otro lado de mi puerta y tal cual lo preservaba mi memoria, a excepción de la barba. Maldito sea. No sabía si esperar a que hablara o saludarlo casualmente: Hola, ¿Qué te trae por aquí? ¿Quieres pasar?... era una estupidez… entre los dos nada podía ser casual, ni siquiera un roce de nuestras manos: No tienes idea de lo que sufrí sin ti… no tienes idea del sofoco que me causa el recordarte… no, no puedo lanzarle todo eso a la cara. Me contengo con las sílabas colgando de mi boca. Miré la noche y la brisa perfumada por el humus se coló por mis cabellos. Me estremecí recordando tantos momentos con el hombre parado frente mí. El tiempo retrocedió su cinta de ocho milímetros devolviéndome los veinte años que tuve alguna vez a su lado. Éramos unos mocosos. A mi piel volvió la vida borrándose la marchitación que la había deteriorado. No supe si sonreírle o quedarme sin expresión por no revelarle mis arrugas…


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- Cuánto tiempo ha pasado- comentó él.
- Mucho- asintió ella. Luego, silencio, extenso y latente como la misma naturaleza.
- ¿Quieres caminar conmigo?- ella vaciló por una fracción de segundo ante la propuesta. Un telón cayó sobre su conciencia: Matrimonio, hijos, casa. Fue un insoportable ruido de tarros vacíos contra el asfalto. Suspiró para volverse sorda por unos instantes. Respondió.
- Por supuesto…


Esa noche el pasado fue mucho más fuerte que el presente…

miércoles, 7 de abril de 2010

Fortaleza


De abrazos se sostiene el mundo y lo sabes. Al momento de encerrar estrechamente en uno de los tuyos entregas el alma y divides tu corazón en trozos para obsequiarlo. Pareciera que nada te hiere, nada te debilita, pero hasta el más delicado roce del viento en tu piel te derrumba como también lo hace la vida cuando es injusta. No es malo derrumbarse, no es malo hacerlo por una caricia, una bella palabra o un llanto desgarrado. Sólo hay que dejar que los muros se vengan abajo. No es fuerte el que nunca se ha caído a pedazos.

martes, 6 de abril de 2010

Convencimiento


Hay días como hoy en los que desearía que no fuera otoño. Odio el viento que se cuela entre las ramas y las hace bailar. Odio el cielo platinado que repele el calor del sol y a las aves que planean sobre los tejados con desenfado. Odio ese matriz dorado que lo barniza todo, esas hadas ocultas que riegan escarcha sobre la hierba y el camino de hojas secas que se estira frente a mi ventana en un trayecto infinito. Me convenzo de odiarlos afanosamente para hacer creer a mi corazón de escritora que hoy no hay nada por qué escribir… en media hora hay reunión en mi oficina... no puedo perderme en el paisaje.

lunes, 29 de marzo de 2010

Solo pero acompañado




Hicimos el amor en el pasillo, justo cuando me dijo que se iba y caminaba furiosamente hacia la puerta con su maleta. Me volví loco. La retuve contra la pared hasta que sus puteadas hacia mí se transformaron poco a poco en palabras de deseo y desesperación cerca de mi oído. Le pedí que olvidara todo y se negó. Le pedí que perdonara todo y dudó. La desvestí a manotazos aprovechándome de su vacilación y recorrí con mi boca los caminos serpenteantes de su piel. Ella me golpeó riendo, me abrazó desgarradoramente frente a la paciente maleta dejándome desarmado. Contradijo su decisión en segundos y la amé sin descanso aplastándola contra el piso de cerámica. La oí gemir, la sentí temblar, caí rendido a su lado y los minutos en el reloj sonaron igual que balazos. Quise quedarme dentro de ella para siempre, quise hacer de ese pasillo un calabozo imperante y mantenerla cautiva entre mis brazos. “Quédate… deja todo lo demás atrás”, le supliqué. “Déjame ir ahora que te amo o te odiaré desde mañana”, respondió y no pude más que liberarla con temor. Al marcharse, el sonido de la puerta fue un eco que destempló cada hueso de mi cuerpo y supe que no podría levantarme. Amaneció trabajosamente entre esas nubes gruesas de invierno. La débil luz del sol entre las persianas, me sorprendió tirado aún en el suelo y no mostré intención alguna de moverme. Mi gato, ese juerguista nocturno de mil batallas en su pelaje, había llegado por la ventana para lamer mi rostro en señal de saludo. Fue el único consuelo que obtuve esa mañana al quedarme solo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Desvarío en noventa palabras


Hoy es una de aquellas noches en donde la luna es amordazada por las nubes y no puede hablar de amor ni de esperanza. Se ha convertido en un fantasma, fría y sin alma… ¿Qué sucede con esas metáforas que de tanto usarlas suenan gastadas? Es de noche, estado inmune al sol y a los atardeceres de colores. Cuando olvido cómo es un horizonte ardiente sólo aguanto las lágrimas para sentir que me queman la mirada. Es la misma tibia y desesperante sensación que revivo cuando me da la gana.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Las secuelas del miedo




Las azucenas blancas se agitan inquietas gracias a la brisa indómita del verano. Ya queda poco para que llegue el otoño y la actual juventud de la naturaleza se torne ancianidad. Lo espero ansiosa. Mientras camino sin rumbo fijo, elevo la mirada dejando que el azul pálido del cielo me llene la memoria. Quiero recordarlo así, translúcido, puro, inmaculado. Echo de menos el cantar de las aves. Sé que volaron despavoridas debido a la sacudida de fin de mundo, pero conservo la esperanza de que volverán algún día. Esta ciudad no puede quedarse sin vida.

Temo que los acontecimientos me hayan robado las palabras. Temo no decir en su momento lo que realmente importa por estar buscando las perfectas, las elocuentes cuando sólo un "Te quiero" es suficiente. El miedo de que la belleza a la que estoy acostumbrada desaparezca me escarcha la sangre. Huelo las rosas en los jardines, la frescura de los eucaliptos, lo regocijante del rocío por las mañanas preguntándome cómo puedo inmortalizar este hermoso momento. Lo mismo me sucede contigo.

La necesidad de contacto prevalece ante lo incorpóreo del recuerdo, y debido a esto, paso las noches en vela ideando la forma de capturarte y así no perderte. Quiero cerrar las ventanas a tu alrededor para que no te conviertas en humo y te disipes en la niebla. Es desesperante. Como darse de golpes contra las paredes sin percibir dolor alguno. Quiero sentirte, quiero herirme por ti y presumir las cicatrices. La única forma que se me ocurre de demostrar que eres real y que en verdad no te perdí en medio del desastre.

De qué manera la cercanía de la muerte y el terror cambia las convicciones y las prioridades. El paisaje ahora me parece mucho más verde, aromático y brillante, los problemas más absurdos e insignificantes, tú… mucho más alcanzable pero al mismo tiempo vulnerable. Eso convierte el espectáculo de hojas secas en costras que se desprenden de mi esperanza. Me abrasa el pavor en cada réplica repentina, y no es por cobardía, sino por aquellas confesiones pendientes que están aún preservadas y edificadas en mi pecho. Lo sé. Llegará el día en que cederán y me derrumbaré como muro de adobe por completo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Terremoto




Como un rugido proveniente del subsuelo la tierra nos advirtió que estaba cansada. No pudimos siquiera reprocharle su enfado porque merecíamos una reprimenda como aquella tarde o temprano. El cielo se iluminó con destellos del alumbrado público que colapsaban en ese tira y encoge de pesadilla, y no pude más que cerrar mis ojos esperando que la muerte llegara en cualquier momento. Corrí, corrí sabiendo que no tenía un destino claro. La tierra se sacudía de los pies humanos que ya no tolera sobre ella y no pude culparla, sólo hemos sido una plaga que come y luego se va.

Me siento frente al televisor. Imágenes apocalípticas se proyectan hacia mí golpeando como latigazos. Niños llorando, ancianos demacrados y toda la esperanza de una patria arrojada al lodo. Desde el estropicio veo el desaliento, el futuro truncado como una novela con páginas arrancadas. El terremoto que desmoronó las esperanzas, sigue removiendo la tierra amenazando con regresar, con rugir otra vez para terminar de matar lo que hoy está agonizando.

De pronto, mientras alzo mi vista hastiada hacia el cielo grisáceo, los buitres pasan volando sobre mi cabeza dibujando círculos. Los observo con asco viendo impotentemente cómo consumen sin permiso desde el desastre. Roen, pican y despedazan sin piedad. Quiero coger una escopeta y corretearlos a balazo limpio. Sin embargo no puedo hacer nada, son demasiados. Si me descuido, pueden comer de mí y arrancar mi carne desde mis huesos. Malditos sean esos malintencionados que se reúnen en bandadas para atacar al despistado, al honesto o al derrotado.

Un terremoto no sólo mueve placas oceánicas o continentales, mueve placas del alma y nos desnuda por entero. Ahora, todos los chilenos temblamos pero son nuestras manos, nuestras piernas, nuestra voz al hablar. El miedo nos agarró por el cuello y nos asfixia con su aliento asqueroso. Las replicas llegan como gotas finales de un copioso temporal, latidos de un agónico enfermo cardiaco. Quiero huir, quiero despertar, quiero gritar a ver si puedo asemejar el rugido escuchado la madrugada del sábado. El futuro se ve malditamente lejos, la tranquilidad se echó a volar con las aves fugitivas, mi sonrisa la barrió el tsumani del sur y mi rabia aumenta cada vez que veo a un huevón robando un LCD o un refrigerador.

martes, 23 de febrero de 2010

Por las calles de la vida


En un día como hoy es cuando la pluma y la tinta se hacen escasas. El silencio de mi sala me ayuda a concentrarme pero es el ruido de mi pecho el que se vuelve insoportable. Las palabras escritas ayudan a liberarnos, se agradece la literatura, se agradece escribir sin pensar… sin embargo, te desnudas frente a los demás y se vuelve un arma de doble filo. Escribir un Te amo, bajo cualquier contexto, debería ser mucho más sencillo que decirlo, se supone que una vez aclarado todo se torna honesto, autentico y sin arrepentimientos; pero me he dado cuenta de que eso es mierda pura, como prosas de un escritor ambiguo que no sabe hablar con la verdad. Esas dos palabras, las más hermosas que uno puede decir, pueden destruir más que una palabrota envuelta en odio excesivo.

En un día como hoy es cuando comienzo a extrañar tiempos más simples como ir a la escuela, complicarme con banalidades, esperar esas llamadas telefónicas que estrechan los lazos de amistad y los encuentros furtivos de esos amores adolescentes que te hacen perder el sueño. Hoy todo se remece y queda de cabeza. La línea por la que uno camina se vuelve difusa. Me hace creerme una conductora a la que obligan a bajar del carro para caminar por la calle frente a un policía y demostrar que no está ebria. Hoy de seguro daría tumbos cada dos pasos.

- No debería conducir borracha como está- me diría el oficial. Yo, con mi cara fastidiada y desesperanzada, me encogería de hombros antes de responderle.

- No deberían dejarme conducir del todo. Vivo borracha de la vida y llegará el día inevitable en que la resaca me mandará a dormir eternamente- y justo ahí debería requisarme el vehículo, pero me deja continuar mi camino. En las calles de la vida hay millones de borrachos. Cuidado al cruzar la calle porque hoy soy uno de ellos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El que siempre recuerda y el que siempre olvida


Veo cómo las gotas de lluvia en aquella rama vibran al rasgar mi guitarra. Son como colgajos de cristal derretido y vuelvo a tocar para hacerlos caer. No sé si será el silencio utópico de la soledad, pero al aterrizar contra el suelo me pareció el sonido más escandaloso que he escuchado. Me acordé de ti por un instante. Mis dedos volvieron a las cuerdas y soltaron melodías que nunca inventé. Dejé que el momento se extendiera y recorrí cada acorde con deleite. Me pregunté qué dirías si estuvieras sentada a mi lado, oyendo el rítmico lenguaje de un llanto reprimido. Me acordé de tus palabras y me volví trovador. Era un trovador errante y borracho que bebía de la lluvia y de tu rechazo sus penurias. No podía envolverme de más inspiración que ésa. El azul añil sobre mi cabeza penetró el color de mi piel y me fundí con la noche temprana. Era de pronto parte del cielo o el cielo parte de mí, no lo sé… cosa que no conseguí contigo… y tras ese pensamiento no pude evitar rasgar mi guitarra más fuerte. Recordé tus palabras, las hice canción, las canté y lo curioso es que no las reconociste… eran tuyas, con ellas me iniciaste en esto de la nostalgia, con ellas me volviste un lobo que sabe de añoranzas. “Es la canción más triste que he oído”, me dijiste aún sin acordarte. Te encontré la razón y decidí nunca más volver a tocarla.

martes, 2 de febrero de 2010

Mil y una maneras...




Cuando llegaste al centro de rehabilitación en tu silla de ruedas no sentí lastima alguna por ti. Reparé inmediatamente en la arrogancia obvia de tu mirada y la altivez típica de un joven enamorado de sí mismo. Te empujaba tu madre, una mujer que a pesar de su apariencia bien acomodada, demostraba una humildad sin precedentes en sus hermosos ojos verdes. Al verme vestida con mi delantal de kinesióloga, sus hombros cayeron rendidos como quien se presentaba ante un dios como un simple penitente. Los recibí en la puerta de entrada desplegando la mejor de mis sonrisas. Siempre me pareció que romper el hielo en esas circunstancias resultaba ser de lo más apropiado. Me miraste, me analizaste de pies a cabeza y esbozaste una coqueta sonrisa de medio lado. Rodé los ojos al adivinar tus obvios pensamientos. Al entrar a la sala en donde realizaríamos los ejercicios pertinentes, tu madre nos dejó a solas para trabajar mejor. Leí tu expediente y mientras lo hacía no dejabas de observarme. Supe que teníamos la misma edad y que tu accidente había sido por un descuidado clavado en un lago durante tus vacaciones. Aquella práctica siempre me pareció peligrosa. Me estremecí leyendo los detalles de lo sucedido y me convencía cada vez más de que era un milagro que estuvieras vivo después de semejante choque contra una roca. Tú interpretaste bien mis gestos mientras leía porque sin esperarlo me interrumpiste con un: “Tranquila, creo que ya aprendí la lección”- y reí al escucharte. Tuve que admitir que a pesar de la petulancia eras adorable.

Empezamos los ejercicios recostándote en una de las colchonetas dispuestas para la práctica. Me ayudaron a ubicarte y luego comencé a masajear tus pies, mover tus tobillos y estirar tus rodillas con cuidado. Me mirabas con tal insistencia que me puse nerviosa sin quererlo. Me hablabas de tus estudios, de las fiestas a las que ibas, de lo alocado que eras en la vida y yo sólo te escuchaba. No podía negar que tenías una forma de ser muy atrayente. Después de esa primera sesión, donde pude constatar que eras un arrogante insoportable, no pude evitar esperar con ansias las siguientes. Cada vez que llegabas, te bajaban del vehículo entre dos enfermeros y tu sonrisa ancha atacaba tus labios al momento de verme en la entrada. Siempre me saludabas con un: “¿Hoy tenemos ejercicio en la piscina? Me encantaría verte en traje de baño”- te daba un golpe con el expediente en la cabeza y reías con esa carcajada breve que comenzaba a deleitarme.

No me di cuenta de mi involucramiento hasta que miraba mi calendario y mi reloj más veces de las que pudiera contar. Te veía llegar y el corazón se me apretaba teniendo que latir con más fuerza. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas. Te saludaba con un beso en tu mejilla el que aprovechabas al máximo rozando la comisura de mis labios. Siempre tan desfachatado y me sentía como una idiota. Durante los ejercicios, masajeaba tus pies para liberarlos del recogimiento de los tendones y maldecía en voz baja tu mala fortuna. Quise retroceder el tiempo y evitar que realizaras tal salto pero luego me dije que el destino obraba de maneras misteriosas, hasta irónicas. No nos habríamos conocido si no hubiese sido tu kinesióloga. Pasaron algunos meses y decidimos que era hora de ver si podías levantarte de tu silla. Trataste, sé que lo hiciste porque eres perseverante, eres un luchador. Tu madre y yo te mirábamos, esperanzadas; pero caíste, tus piernas te traicionaron y caíste de bruces sin poder sostenerte. Te ayudé a sentarte y apreté mis dientes para no derrumbarme en un llanto inútil. Ya te amaba dolorosamente. Tu madre salió por algo de beber, de seguro para llorar también, y entre el silencio me miraste sin quitar la sonrisa que estiraba tu boca.

- Oye… caminaré, lo lograré- me dijiste. Yo dejé que mis lágrimas cayeran de mis ojos como pedazos de cristal.
- Te amo- confesé sin poder retener esas palabras por más tiempo en mi garganta. Tu rostro desplegó sorpresa ante mi revelación y volviste a sonreírme de lado.
- También yo…- respondiste- Y no te preocupes, siempre hay mil y una maneras de hacer el amor- y con ese pícaro comentario envuelto de presunción me guiñaste un ojo. Seguías siendo un arrogante insoportable y te besé para callarte.