martes 2 de febrero de 2010

Mil y una maneras...




Cuando llegaste al centro de rehabilitación en tu silla de ruedas no sentí lastima alguna por ti. Reparé inmediatamente en la arrogancia obvia de tu mirada y la altivez típica de un joven enamorado de sí mismo. Te empujaba tu madre, una mujer que a pesar de su apariencia bien acomodada, demostraba una humildad sin precedentes en sus hermosos ojos verdes. Al verme vestida con mi delantal de kinesióloga, sus hombros cayeron rendidos como quien se presentaba ante un dios como un simple penitente. Los recibí en la puerta de entrada desplegando la mejor de mis sonrisas. Siempre me pareció que romper el hielo en esas circunstancias resultaba ser de lo más apropiado. Me miraste, me analizaste de pies a cabeza y esbozaste una coqueta sonrisa de medio lado. Rodé los ojos al adivinar tus obvios pensamientos. Al entrar a la sala en donde realizaríamos los ejercicios pertinentes, tu madre nos dejó a solas para trabajar mejor. Leí tu expediente y mientras lo hacía no dejabas de observarme. Supe que teníamos la misma edad y que tu accidente había sido por un descuidado clavado en un lago durante tus vacaciones. Aquella práctica siempre me pareció peligrosa. Me estremecí leyendo los detalles de lo sucedido y me convencía cada vez más de que era un milagro que estuvieras vivo después de semejante choque contra una roca. Tú interpretaste bien mis gestos mientras leía porque sin esperarlo me interrumpiste con un: “Tranquila, creo que ya aprendí la lección”- y reí al escucharte. Tuve que admitir que a pesar de la petulancia eras adorable.

Empezamos los ejercicios recostándote en una de las colchonetas dispuestas para la práctica. Me ayudaron a ubicarte y luego comencé a masajear tus pies, mover tus tobillos y estirar tus rodillas con cuidado. Me mirabas con tal insistencia que me puse nerviosa sin quererlo. Me hablabas de tus estudios, de las fiestas a las que ibas, de lo alocado que eras en la vida y yo sólo te escuchaba. No podía negar que tenías una forma de ser muy atrayente. Después de esa primera sesión, donde pude constatar que eras un arrogante insoportable, no pude evitar esperar con ansias las siguientes. Cada vez que llegabas, te bajaban del vehículo entre dos enfermeros y tu sonrisa ancha atacaba tus labios al momento de verme en la entrada. Siempre me saludabas con un: “¿Hoy tenemos ejercicio en la piscina? Me encantaría verte en traje de baño”- te daba un golpe con el expediente en la cabeza y reías con esa carcajada breve que comenzaba a deleitarme.

No me di cuenta de mi involucramiento hasta que miraba mi calendario y mi reloj más veces de las que pudiera contar. Te veía llegar y el corazón se me apretaba teniendo que latir con más fuerza. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas. Te saludaba con un beso en tu mejilla el que aprovechabas al máximo rozando la comisura de mis labios. Siempre tan desfachatado y me sentía como una idiota. Durante los ejercicios, masajeaba tus pies para liberarlos del recogimiento de los tendones y maldecía en voz baja tu mala fortuna. Quise retroceder el tiempo y evitar que realizaras tal salto pero luego me dije que el destino obraba de maneras misteriosas, hasta irónicas. No nos habríamos conocido si no hubiese sido tu kinesióloga. Pasaron algunos meses y decidimos que era hora de ver si podías levantarte de tu silla. Trataste, sé que lo hiciste porque eres perseverante, eres un luchador. Tu madre y yo te mirábamos, esperanzadas; pero caíste, tus piernas te traicionaron y caíste de bruces sin poder sostenerte. Te ayudé a sentarte y apreté mis dientes para no derrumbarme en un llanto inútil. Ya te amaba dolorosamente. Tu madre salió por algo de beber, de seguro para llorar también, y entre el silencio me miraste sin quitar la sonrisa que estiraba tu boca.

- Oye… caminaré, lo lograré- me dijiste. Yo dejé que mis lágrimas cayeran de mis ojos como pedazos de cristal.
- Te amo- confesé sin poder retener esas palabras por más tiempo en mi garganta. Tu rostro desplegó sorpresa ante mi revelación y volviste a sonreírme de lado.
- También yo…- respondiste- Y no te preocupes, siempre hay mil y una maneras de hacer el amor- y con ese pícaro comentario envuelto de presunción me guiñaste un ojo. Seguías siendo un arrogante insoportable y te besé para callarte.

martes 26 de enero de 2010

La casa vecina




Al ver llegar un vehículo de color negro a la desocupada casa vecina, Alicia, de catorce años, dejó a un lado el libro de cuentos fantásticos que estaba leyendo. Observó al recién llegado detenidamente notando una intensa curiosidad invadiéndole el pecho. Dejando la lectura para otro momento y disimulando afanadamente su interés, la muchacha caminó por el jardín como quien admiraba la tarde de otoño sin apuros. Luego de unos segundos, que para ella fueron eternos, un hombre joven descendió del carro con unas maletas entre los brazos. Alicia se agazapó entre los matorrales que dividían ambas casas y se quedó allí, como una fiera en acecho. Era el nuevo vecino. La casa contigua había estado deshabitada por más de dos años sin señales de haber sido vendida. Aquella enorme edificación tenía dos pisos y una mansarda que llamaba a ella y a su hermano a creer que estaba atestada de fantasmas o tesoros escondidos. Con la mirada agudizada, Alicia reparó que el hombre era en extremo atractivo. Su estómago se contrajo al verlo cruzar el jardín hasta la puerta principal. Sus pasos eran seguros, resueltos, presumía una ancha espalda de nadador y hombros firmes. Su cabello corto de color cobrizo, brillaba a la luz del sol como oro viejo y pudo adivinar una sonrisa perfecta tras sus labios varoniles. La niña lo observó tan bien que se creyó capaz de dibujarlo en detalle sin problema alguno. Así fue como Alicia descubrió su atracción por los hombres mayores. Tal fue el impacto de ese primer encuentro que los días posteriores los pasó pegada a la ventana de su habitación como un voyerista. A distancia, podía ver la recamara de su vecino casi por completo. Lo espiaba al leer, al dormir, al cambiarse de atuendo y hasta revolcarse en su cama con alguna chica del mismo barrio. La niña ardía en celos asesinos cuando aquello sucedía.



El nuevo vecino tenía noches muy agitadas y constantes. No había día de la semana sin que durmiera con alguna mujer y reventara en épicos orgasmos que Alicia oía, acongojada. Lo peor de todo para ella era que la mayoría de esas amantes de turno eran rostros familiares cuando iba de compras con su madre Elena al almacén de la esquina. La chica estaba locamente enamorada de ese hombre veinte años mayor. Una madrugada, cuando el insomnio del amor no la dejaba tranquila, Alicia se levantó de su cama para ver hacia la ventana por milésima vez. Allí estaba su vecino, encerrado entre las piernas de otra mujer, embistiendo, lamiendo, gimiendo del placer que no ella no podía proporcionarle. Atrás quedaron los libros de cuentos fantásticos, atrás quedaron los juegos con su hermano y el nogal que acostumbraba a trepar para perderse del mundo. Había florecido, era una mujer y estaba ansiosa. Volvió a recostarse sintiéndose henchida de deseo. Había entrenado tan bien su oído para poder escuchar aquellas noches clandestinas que podía percibir nítidamente los jadeos ocurridos en la casa contigua. Alicia mordió sus labios imaginando que era ella quien lo volvía loco del éxtasis. Llevó una de sus manos hasta su intimidad, acariciándose de formas que de seguro sus prudentes tías habrían desaprobado. No le importó. Cuando su movimiento circular se aceleró hasta el límite, apretó las sábanas con su mano libre para dejarse llevar por la excitación. Curvó su espalda creyendo que era él quien la tocaba, y estalló en un gemido gutural que tuvo que reprimir a mitad de su garganta. Avergonzada y acalorada, Alicia volvió a ponerse de pie al oír sólo silencio. Se asomó por la ventana de su habitación reparando que la luz estaba encendida en el cuarto de su vecino. Segura de que su penumbra la escondía muy bien, vio al hombre que amaba encendiendo un cigarrillo. Fumó, exhaló el humo tras un suspiro y sin esperarlo siquiera, subió la mirada directamente hacia ella para sonreírle a través del cristal y guiñarle un ojo. Alicia quedó petrificada. No estaba segura si lo había imaginado o realmente había sucedido. Volvió corriendo a su cama cubriéndose con las sábanas. ¿Aquel hombre sabía que lo había estado espiando desde el principio?... se obligó a dormir y sonrió al saber que la siguiente noche no podría evitar volver a mirar.

domingo 24 de enero de 2010

De la infancia


Siempre llega el día en que el cariño olvidado o descuidado vuelve con escándalo al corazón. Miles de recuerdos de infancia me persiguen y yo no hago nada por escapar, me gusta que me asalten pero a la vez me abruman y necesito un orden. Hoy es un domingo caluroso, de esos domingos que nos hace desear nubes y brisa para descansar en la cama, arropados, viendo una película; pero no, es verano y me obliga a inquietarme… a estar atenta.


Sobre los recuerdos de infancia debo decir que me hacen sentir más vieja, a pesar de mis veintiséis otoños en el cuerpo. Varios rostros se me vienen a la mente y sonrío como una niña de once años. Algo ocurrió para que se desatara esta locura de imágenes y colores… algo que hace temblar el piso y te grita a los oídos que has sido desconsiderada, olvidadiza. Nunca se deben olvidar a los amigos de la infancia.


Hoy murió la madre de uno de ellos. Se vertieron sobre mí esos sentimientos, esas emociones, esos innumerables abrazos brindados con los años. El rostro de aquella mujer me invade, el rostro de mi amigo en todos sus cambios me rodea: su rostro de niño, su rostro de adolescente, su rostro del hombre que es ahora y que vi crecer a mi lado. ¿Qué decir cuando el silencio de la distancia nos robó las palabras? ¿Qué hacer cuando no hiciste nada por evitarlo? ¿Cómo abrazarlo?


Espero que el calor no sea déspota con sus lágrimas. Espero que el sol no me haga fruncir el ceño cuando lo único que quiero es reflejar la pena que siento. Quiero borrar la lejanía entre nosotros y volver a tener los once años que tenía cuando nos conocimos… después de todo, son los niños los que saben cómo consolar sin hablar.

viernes 15 de enero de 2010

Haití




La tierra se remece, el cielo se nubla, el sol se eclipsa. Gente grita, son alaridos capaces de desgarrar gargantas y el miedo lo cubre todo con su manto nauseabundo. Yo siento el olor a muerte impregnado en la brisa, mi piel se eriza y aprieto mis dientes de impotencia. Quiero correr, quiero correr pero mis piernas están en carne viva… quiero escapar pero mi esperanza me retiene, como anclada al piso esperando por ayuda.



Miro entre los escombros y distingo rostros aplastados, cuerpos destruidos. Cierro mis ojos intentando protegerme de aquellas imágenes pero no, ya están tatuadas en mi mente sabiendo de antemano que me perseguirían el resto de mi vida. Comienzo a llorar. Mis lágrimas dejan su camino húmedo limpiando el polvo de mi piel. Quiero manotearlas y no lo hago. ¿De qué sirve ocultar el llanto si todo mi cuerpo, todo mi entorno es llanto?



Temo a esos hombres que saquean los alrededores como aves de rapiña, malditas hienas que se ríen de la pena ajena. Hay gente gritando auxilio, gente rezando a pleno pulmón; pero me doy cuenta que para los oídos de muchos es más escandaloso y atrayente el sonido de una caja registradora. Me encojo en un rincón sin desear ser parte de esa obra de teatro en que el telón parece haber desaparecido… ¿Cuándo acabará tanta miseria?



Un nuevo temblor se encarga de derribar el resto de las edificaciones que ya estaban endebles como elefantes heridos. Vuelvo a gritar. Me abrazo de mis piernas y escucho carreras desesperadas a mi alrededor. Un crujido suena cerca y advierto que una gruesa muralla de adobe se viene contra mí. No puedo correr, no puedo protegerme, sólo cerré mis ojos esperando mi muerte, sin embargo no llegó. Desperté gimiendo y bañada en sudor. Comprendí, entre mi somnolienta confusión, que estaba en la tranquilidad de mi cama, entre mis suaves sábanas de algodón egipcio. Una maldita pesadilla. Suspiré tranquila, derribándome de nuevo contra el colchón. Encendí la televisión y una noticia de Haití me llevó a sentarme de un salto. Al ver las horrendas imágenes tragué saliva que me supo a cloro. Me dije en silencio que ellos no podían despertar de ese mal sueño como yo lo había hecho.

lunes 11 de enero de 2010

Un nuevo año


Nuevo año, nuevo sol, nuevo cielo, viento renovado y sueños renacientes. Frescas líneas desde un tintero vacío y una pluma rota. Aquí he venido rindiendo tributo a los primeros días de un enero caluroso en el sur del mundo. Camino por la ciudad salpicada de edificios, viendo a mi alrededor que un nuevo año ha sumado en la gente una mirada más lejana, como si cada 365 días fueran 365 metros más de distancia entre nosotros.


Entre dos paradas de autobús me di cuenta que cayeron sobre mis hombros más años de los que creí. Con veintiséis otoños a mi haber, me vi de pronto con cincuenta al ver a una pareja de niños ebrios, besándose como si el cielo se desconchara desde las alturas y todo se fuese a la mierda. Tenían esa mirada perdida de quienes no se fían de un mañana y ni se molestan en tener esperanza. Esperanza… qué extraña suena esa palabra.


Recordé la pasada navidad al ver vestigios de guirnaldas en los botes de basura. Un despeinado árbol me miraba desde la inmundicia sintiendo en mi propia piel el abandono y la tristeza. Sus días de fiesta habían acabado. Las personas se pisotearon en las tiendas obviando la melodía de “Noche de Paz, Noche de amor” que sonaba con insistencia. Vi cómo la cortesía se vendía por un veinte por ciento de descuento y los papeles dorados de los envoltorios brillaban más que los rostros, ensombrecidos por el hambre del consumismo. Preferí salir sin comprar absolutamente nada.


Soy viento desde el sur. He vuelto a soplar para mover los juncos en los verdes prados y desordenar un poco la quietud de este paisaje olvidado. Soy como la piedra que altera el agua, la lluvia de abril que empuja las hojas secas al caer. Vine y como un asesino tuve mi motivo: quiero ser una niña entre adultos y maravillarme con la vida y sus alegrías. Esta noche hay firmamento, saldré descalzo a admirarlo, feliz de tener la luna aún colgando sin tener que pagarlo.

viernes 11 de diciembre de 2009

Ojo por ojo


Ajuste los espejos, encienda el motor, pase primer cambio, suelte el embrague despacio… y vamos acelerando. Así fui indicándole a mi más hermosa alumna en lo que llevo como instructor de manejo. La libreta de notas en mi mano temblaba como rama de árbol al viento por su culpa y tuve que respirar profundo repetidas veces. Parecía que me estaba dando una embolia. Trataba de mirar hacia delante para que no me empañara los anteojos su gracia y belleza. Me sentía el más perdedor entre los perdedores creyendo que la separación entre nuestros asientos era una verdad absoluta e innegable. Nunca podría siquiera rozarla. Solté el nudo de mi corbata, me sofocaba.


Anduvimos por la avenida 5 de abril, una de las arterias principales de la ciudad, pasando los demás autos con la misma seguridad de un conductor experimentado. Me sorprendió mucho su determinación, su talento al maniobrar, su paciencia. La miré de soslayo notando que la línea de su ceño estaba ligeramente fruncida. Aquello me embelesó tanto que apuesto a cualquier precio mi cara de imbécil en ese momento. Abrí la ventanilla para recibir el aire fresco. Estaba tan ebrio de su perfume que me juraba capaz de poder identificarlo entre una mezcolanza en una tienda comercial.


Con soltura, encendió la radio para sintonizar una canción que yo desconocí pero que ella cantaba entre dientes, I hate to bug you in the middle of dinner. It was a slap in the face how quickly I was replaced, are you thinking of me when you fuck her?... me puse nervioso. No hacía más que sonreírle tímidamente debido a la letra que pude traducir… me pregunté a quién le estaba dedicando la canción, porque era obvio que estaba dedicándosela a alguien y me alegré de no ser aquel por un instante. De pronto, en un semáforo en rojo, ella detuvo el auto y miró hacia la ventanilla a mi costado. Un restaurante chino. Mi bella alumna torció los labios en una sonrisa incierta que me hizo sentir escalofríos. Supe que había reconocido algo pero no quise indagar. No deseaba ser un entrometido.


Perdido en la profundidad de sus ojos verdes, sólo se me vino a la mente que deseaba comer algo allí conmigo y fantaseé como un niño. Sin embargo, cuando ella subió a la rampa con el carro, comenzó a retroceder hacia los autos estacionados. Creí que buscaría un espacio para ubicarse, y antes de poder preguntarle qué pretendía hacer, que por qué interrumpía nuestra clase de manejo, la hermosa joven aceleró contra un Porsche Boxster embistiéndolo en una de sus puertas. La dejó casi colgando de las bisagras y el vidrio se hizo añicos junto con el espejo. La alarma sonó a destajo. Me quedé de piedra, con la mandíbula descuadrada de pura sorpresa.


- Ahora este infeliz tendrá que llevar a esa puta en taxi- rumió ella con malicia.


Ignorando las blasfemias del cuidador de autos, volvió a poner primera y salió con total calma para retomar la avenida y continuar. Me eché a reír. Me había enamorado completamente de ella.

lunes 30 de noviembre de 2009

Esta noche


- Olvidé que quería olvidarte- dijo ella.
- ¿Y por qué bebes una copa conmigo ahora?- preguntó él.
- Porque necesito acordarme del por qué.

En el bar de los ausentes, las nostalgias brincaban por las mesas a la orden del día. En el rincón bajo un débil foco de luz, un pianista tocaba con sus dedos ágiles y delgados. La pareja entre los escasos clientes guardó silencio escuchando la balada, saboreando el trago entre sus labios y sin decirse nada. Ambos se miraron, los recuerdos de una vida lejana brotaron del subsuelo como vapores de un géiser quemando sus pieles, dejándolos con la carne viva. El hombre se puso de pie y la invitó a bailar estirando su mano hacia ella. La mujer vaciló pero finalmente se la estrechó, desafiante. Danzaron lento, al ritmo que aquel músico les imponía. Sólo él manejaba las historias sucedidas al interior de ese antro.

- ¿Ya te acordaste?- le susurró cerca del oído. Ella negó con la cabeza mientras bailaban. Poco a poco, la cercanía de sus rostros se volvió un beso cadencioso que enmudeció sus pensamientos y reproches. Él acaparó su boca, ella dejó que la ocupara con propiedad. Al separarse se miraron sumidos en una nube de confusión más espesa que el humo de los cigarrillos. La música cambió y esa vez una conocida tonada de Frank Sinatra invadió los oídos. La mujer sonrió.

- Creo que no quiero acordarme esta noche.
- Entonces pediré otra ronda… y seguiremos siendo unos extraños que jamás se lastimaron- nunca antes se había escuchado “Strangers in the night” tan bien como en ese momento.