
Cuando llegaste al centro de rehabilitación en tu silla de ruedas no sentí lastima alguna por ti. Reparé inmediatamente en la arrogancia obvia de tu mirada y la altivez típica de un joven enamorado de sí mismo. Te empujaba tu madre, una mujer que a pesar de su apariencia bien acomodada, demostraba una humildad sin precedentes en sus hermosos ojos verdes. Al verme vestida con mi delantal de kinesióloga, sus hombros cayeron rendidos como quien se presentaba ante un dios como un simple penitente. Los recibí en la puerta de entrada desplegando la mejor de mis sonrisas. Siempre me pareció que romper el hielo en esas circunstancias resultaba ser de lo más apropiado. Me miraste, me analizaste de pies a cabeza y esbozaste una coqueta sonrisa de medio lado. Rodé los ojos al adivinar tus obvios pensamientos. Al entrar a la sala en donde realizaríamos los ejercicios pertinentes, tu madre nos dejó a solas para trabajar mejor. Leí tu expediente y mientras lo hacía no dejabas de observarme. Supe que teníamos la misma edad y que tu accidente había sido por un descuidado clavado en un lago durante tus vacaciones. Aquella práctica siempre me pareció peligrosa. Me estremecí leyendo los detalles de lo sucedido y me convencía cada vez más de que era un milagro que estuvieras vivo después de semejante choque contra una roca. Tú interpretaste bien mis gestos mientras leía porque sin esperarlo me interrumpiste con un: “Tranquila, creo que ya aprendí la lección”- y reí al escucharte. Tuve que admitir que a pesar de la petulancia eras adorable.
Empezamos los ejercicios recostándote en una de las colchonetas dispuestas para la práctica. Me ayudaron a ubicarte y luego comencé a masajear tus pies, mover tus tobillos y estirar tus rodillas con cuidado. Me mirabas con tal insistencia que me puse nerviosa sin quererlo. Me hablabas de tus estudios, de las fiestas a las que ibas, de lo alocado que eras en la vida y yo sólo te escuchaba. No podía negar que tenías una forma de ser muy atrayente. Después de esa primera sesión, donde pude constatar que eras un arrogante insoportable, no pude evitar esperar con ansias las siguientes. Cada vez que llegabas, te bajaban del vehículo entre dos enfermeros y tu sonrisa ancha atacaba tus labios al momento de verme en la entrada. Siempre me saludabas con un: “¿Hoy tenemos ejercicio en la piscina? Me encantaría verte en traje de baño”- te daba un golpe con el expediente en la cabeza y reías con esa carcajada breve que comenzaba a deleitarme.
No me di cuenta de mi involucramiento hasta que miraba mi calendario y mi reloj más veces de las que pudiera contar. Te veía llegar y el corazón se me apretaba teniendo que latir con más fuerza. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas. Te saludaba con un beso en tu mejilla el que aprovechabas al máximo rozando la comisura de mis labios. Siempre tan desfachatado y me sentía como una idiota. Durante los ejercicios, masajeaba tus pies para liberarlos del recogimiento de los tendones y maldecía en voz baja tu mala fortuna. Quise retroceder el tiempo y evitar que realizaras tal salto pero luego me dije que el destino obraba de maneras misteriosas, hasta irónicas. No nos habríamos conocido si no hubiese sido tu kinesióloga. Pasaron algunos meses y decidimos que era hora de ver si podías levantarte de tu silla. Trataste, sé que lo hiciste porque eres perseverante, eres un luchador. Tu madre y yo te mirábamos, esperanzadas; pero caíste, tus piernas te traicionaron y caíste de bruces sin poder sostenerte. Te ayudé a sentarte y apreté mis dientes para no derrumbarme en un llanto inútil. Ya te amaba dolorosamente. Tu madre salió por algo de beber, de seguro para llorar también, y entre el silencio me miraste sin quitar la sonrisa que estiraba tu boca.
- Oye… caminaré, lo lograré- me dijiste. Yo dejé que mis lágrimas cayeran de mis ojos como pedazos de cristal.
- Te amo- confesé sin poder retener esas palabras por más tiempo en mi garganta. Tu rostro desplegó sorpresa ante mi revelación y volviste a sonreírme de lado.
- Te amo- confesé sin poder retener esas palabras por más tiempo en mi garganta. Tu rostro desplegó sorpresa ante mi revelación y volviste a sonreírme de lado.
- También yo…- respondiste- Y no te preocupes, siempre hay mil y una maneras de hacer el amor- y con ese pícaro comentario envuelto de presunción me guiñaste un ojo. Seguías siendo un arrogante insoportable y te besé para callarte.






