viernes, 11 de diciembre de 2009

Ojo por ojo


Ajuste los espejos, encienda el motor, pase primer cambio, suelte el embrague despacio… y vamos acelerando. Así fui indicándole a mi más hermosa alumna en lo que llevo como instructor de manejo. La libreta de notas en mi mano temblaba como rama de árbol al viento por su culpa y tuve que respirar profundo repetidas veces. Parecía que me estaba dando una embolia. Trataba de mirar hacia delante para que no me empañara los anteojos su gracia y belleza. Me sentía el más perdedor entre los perdedores creyendo que la separación entre nuestros asientos era una verdad absoluta e innegable. Nunca podría siquiera rozarla. Solté el nudo de mi corbata, me sofocaba.


Anduvimos por la avenida 5 de abril, una de las arterias principales de la ciudad, pasando los demás autos con la misma seguridad de un conductor experimentado. Me sorprendió mucho su determinación, su talento al maniobrar, su paciencia. La miré de soslayo notando que la línea de su ceño estaba ligeramente fruncida. Aquello me embelesó tanto que apuesto a cualquier precio mi cara de imbécil en ese momento. Abrí la ventanilla para recibir el aire fresco. Estaba tan ebrio de su perfume que me juraba capaz de poder identificarlo entre una mezcolanza en una tienda comercial.


Con soltura, encendió la radio para sintonizar una canción que yo desconocí pero que ella cantaba entre dientes, I hate to bug you in the middle of dinner. It was a slap in the face how quickly I was replaced, are you thinking of me when you fuck her?... me puse nervioso. No hacía más que sonreírle tímidamente debido a la letra que pude traducir… me pregunté a quién le estaba dedicando la canción, porque era obvio que estaba dedicándosela a alguien y me alegré de no ser aquel por un instante. De pronto, en un semáforo en rojo, ella detuvo el auto y miró hacia la ventanilla a mi costado. Un restaurante chino. Mi bella alumna torció los labios en una sonrisa incierta que me hizo sentir escalofríos. Supe que había reconocido algo pero no quise indagar. No deseaba ser un entrometido.


Perdido en la profundidad de sus ojos verdes, sólo se me vino a la mente que deseaba comer algo allí conmigo y fantaseé como un niño. Sin embargo, cuando ella subió a la rampa con el carro, comenzó a retroceder hacia los autos estacionados. Creí que buscaría un espacio para ubicarse, y antes de poder preguntarle qué pretendía hacer, que por qué interrumpía nuestra clase de manejo, la hermosa joven aceleró contra un Porsche Boxster embistiéndolo en una de sus puertas. La dejó casi colgando de las bisagras y el vidrio se hizo añicos junto con el espejo. La alarma sonó a destajo. Me quedé de piedra, con la mandíbula descuadrada de pura sorpresa.


- Ahora este infeliz tendrá que llevar a esa puta en taxi- rumió ella con malicia.


Ignorando las blasfemias del cuidador de autos, volvió a poner primera y salió con total calma para retomar la avenida y continuar. Me eché a reír. Me había enamorado completamente de ella.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Esta noche


- Olvidé que quería olvidarte- dijo ella.
- ¿Y por qué bebes una copa conmigo ahora?- preguntó él.
- Porque necesito acordarme del por qué.

En el bar de los ausentes, las nostalgias brincaban por las mesas a la orden del día. En el rincón bajo un débil foco de luz, un pianista tocaba con sus dedos ágiles y delgados. La pareja entre los escasos clientes guardó silencio escuchando la balada, saboreando el trago entre sus labios y sin decirse nada. Ambos se miraron, los recuerdos de una vida lejana brotaron del subsuelo como vapores de un géiser quemando sus pieles, dejándolos con la carne viva. El hombre se puso de pie y la invitó a bailar estirando su mano hacia ella. La mujer vaciló pero finalmente se la estrechó, desafiante. Danzaron lento, al ritmo que aquel músico les imponía. Sólo él manejaba las historias sucedidas al interior de ese antro.

- ¿Ya te acordaste?- le susurró cerca del oído. Ella negó con la cabeza mientras bailaban. Poco a poco, la cercanía de sus rostros se volvió un beso cadencioso que enmudeció sus pensamientos y reproches. Él acaparó su boca, ella dejó que la ocupara con propiedad. Al separarse se miraron sumidos en una nube de confusión más espesa que el humo de los cigarrillos. La música cambió y esa vez una conocida tonada de Frank Sinatra invadió los oídos. La mujer sonrió.

- Creo que no quiero acordarme esta noche.
- Entonces pediré otra ronda… y seguiremos siendo unos extraños que jamás se lastimaron- nunca antes se había escuchado “Strangers in the night” tan bien como en ese momento.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Equivocación


Pasó por delante de mis ojos y quedé perdida. Había extraviado los puntos cardinales como una borracha y detuve mi bicicleta a la fuerza, rechinando las llantas. Volteé. Su espalda me resultó familiar, su altura, su cabello, y apreté el manubrio con mis manos enguantadas de manera involuntaria. Paso a paso se alejaba de mí sin poder moverme desde donde estaba. Mi estómago se transformó en un espacio atestado de aves despavoridas y el sudor en mi rostro se secó dando protagonismo a la palidez. Sin embargo, no eras tú… no eras tú, la persona que descubrió en mí la terrible posesividad y el odio a las despedidas. Mis ánimos se derrumbaron al comprenderlo. Te confundí, te traspapelé igual que una novata al confundir una obra de arte con una copia o un diamante con un cristal ordinario. Me decepcioné tanto que creí haber retrocedido mil años. La gente pasaba por mi lado molesta por estorbar su camino, pero fue sólo un automóvil que con su aguda bocina me devolvió a la realidad de saberme a mitad de la calle. Esos rebuscados momentos en donde crees encontrarte con “ese” alguien en una ciudad acelerada, sin tiempo de mirarnos a la cara, pueden congelar el ritmo de la vida y revelarnos reacciones impensadas. Nunca imaginé que sintiera el corazón albergado en mi garganta. Observé el vehículo frente a mí con ojos lejanos e irónicamente sonreí: “Si por esta necia equivocación he de morir arrollada, que por lo menos lo haga un BMW”, me dije y seguí pedaleando.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sin red de seguridad


Su hermosa figura volaba por los aires bajo el grito ahogado de la multitud. En las alturas, la veía aferrarse al trapecio con una habilidad impresionante y me sobrecogía junto con el público por temor de que por un segundo fallara en su precisión. Aquella noche el circo estaba lleno y la miraba realizar sus acrobacias desde las bambalinas de nuestros vestidores. Estaba maravillado, mucho más enamorado. El traje ceñido a su cuerpo me aumentó el deseo de viajar por sus curvas sin frenos. Me acaloré tanto que tuve que remover de mi cabeza la peluca amarilla de mi disfraz de payaso. Me mantuve allí, escondido, esperando que terminara pronto para felicitarla y a la vez jamás, porque así podía observarla a mi antojo. Se balanceaba grácilmente. Una, dos, tres… y se soltaba del columpio para girar en su propio eje y alcanzar las manos del otro trapecista que la esperaba colgando de cabeza. Quise ser yo quien la recibiera, quise ser yo el que ganara su confianza de aquella manera. Me vi caer en el abismo del amor y sin red para salvar mi vida.


- Es realmente buena ¿verdad?- me comentó el animador, detenido a un lado mío y mirando el espectáculo. Yo asentí encajando la nariz roja sobre la mía.
- Excelente- enfaticé.
- Su marido tampoco lo hace nada de mal… - agregó como un dardo envenenado directo al corazón. Volví a asentir sin hablar. La acrobacia terminó, la pareja estaba de pie en lo alto, saludando a la gente con largos aspavientos. Se besaron breve en los labios y bajé la mirada hacia mis inflados zapatos verdes.


Era mi turno de entrar. Según el itinerario que se veía algo difuso en mi memoria, decía que luego del trapecio venía el show de los payasos. Suspiré y busqué en mi interior la comedia consumida por el drama. Me fue imposible hallarla. De pronto, la mujer que amaba se acercaba a bambalinas brillando gracias a las lentejuelas y su belleza. Me puse nervioso al segundo. Lo único que se me ocurrió fue aplaudirle como un idiota. Ella me sonrió y eso me hizo ignorar el hecho de que caminaba de la mano con su pareja. “Suerte”, me dijo al pasar. Murmuré un Gracias tan empalagoso que me asqueé yo mismo. Una lágrima cayó de mis ojos embarrando un poco mi maquillaje. Me importó un carajo y me calcé la peluca de nuevo en la cabeza. Esa noche recibiría pastelazos.

Efectos de domingo


Ya estoy aquí otra vez, apoyada contra la pared, deslizándome poco a poco hasta quedar sentada en el piso de cerámica. Abrazo mis piernas estrechamente dirigiendo mi mirada hacia las fotografías de color sepia desperdigadas ante mí. Una lluvia detenida de momentos en los que vi felicidad, esos destellos tan fugaces en los que todo parece perfecto y alcanzable. Sonrío imaginando la broma que me hizo gracia en ese instante y desordeno mi cabello por tener algo que hacer con las manos. Miro el reloj colgado sobre el televisor apagado notando que los segundos arrastran cadenas y por tanto hacen un ruido insoportable al pasar. Necesito un trago para adolecer el escándalo de estar sola.


Mierda. La madrugada de domingo se siente. El clima de octubre aún no se estabiliza y el viento corre moviendo el vidrio en mis ventanas. La típica tristeza que ataca al final del fin de semana comienza a hacer estragos en mi cabeza. Lanzo el calendario lejos sin querer saber que se acerca el lunes, que navidad se huele cerca y el año se acaba. Me encuentro suspirando cortado, como si mis pulmones ya estuvieran llenos de aire. El libro de Isabel reposa a mi lado a medio terminar, lo sé… tengo un compromiso con Zarité y su historia en la “Isla Bajo el Mar”, pero esta nostalgia inexplicable me tiene amarrada al computador digitando mis desvaríos.


Creo que las murallas de la habitación se achican gradualmente… ¿La planta del rincón estaba tan cerca esta mañana?... ¿El sofá cobró vida y caminó hacia mí? ¿Me volví loca? Yo creo que sí, pero me da pereza buscar la cordura que de seguro está entre el montón de ropa sucia tirada en el cesto. Quiero té, pero la taza está pegada a la mesa. He olvidado lavar la loza y ya las hormigas comienzan su peregrinación eterna por mi cocina. Las dejo comer, yo no tengo hambre.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Dame tinta y pluma, cantinero...


Su nombre era Gauthier Morel y llegó a mi cantina como alma en pena. Muchos de mis clientes frecuentes lo miraron con recelo pero él ni se dio por aludido. Se sentó a la barra frente a mí para que le sirviera un trago. Me pidió raudamente un vaso de aguardiente y le serví sin hablar. Lo bebió todo de un solo sorbo sin siquiera fruncir el ceño. Imaginé que tenía la garganta en llamas. Me miró y sin ninguna introducción me comenzó a relatar su vida. Era escritor, y no lo sé sólo porque me lo hubiera dicho, sino por la forma en que desencadenaba las palabras y se inclinaba hacia lo trágico, lo adverso. Me contó que se había enamorado, amaba con toda la fuerza de su alma, con toda la persuasión de un ser convencido de su propia verdad; pero la mujer de la que hablaba sólo vivía entre sus páginas, nacida de su inspiración. Amaba locamente a uno de sus personajes y al burlarse de sí mismo, me pidió otro trago con la voz amarga. Obedecí, callado.

Ella se llamaba Marie Depaul, me contó. Una cortesana de caderas anchas y ojos acaramelados. Muchos la deseaban en el pueblo en donde vivía pero resultaba ser tan inalcanzable como el horizonte que se aleja conforme te acercas. Era hija de un pianista ciego y cada atardecer, ella cantaba para acompañar a su padre en sus composiciones. Su voz salía por las ventanas abiertas maravillando a todos los que rondaban cerca del lugar. Gatos de una carnicería codiciada. Marie no amaba a nadie, pero su corazón estaba dispuesto a hacerlo y su cuerpo deseoso de ser acariciado y no sólo embestido. Podía hechizar como también maldecir con un aleteo de sus largas pestañas . Poseía manos hechas para desnudar y estremecer, destilaba elegancia al punto de decorar la brisa con sus cabellos desatados al viento. Demandaba protección, a pesar de tener una mirada fuerte y penetrante. Una mujer por la que valía la pena ser un príncipe galopante.
“No aguanto más. Dame tinta y pluma, cantinero, que voy visitarla…”, me ordenó. Yo, sin esperarlo, sentí celos de Gauthier. “Lo siento, pero no tengo”, le respondí sorprendido de mí mismo y seguí trabajando.

jueves, 15 de octubre de 2009

El peor verdugo


- ¿Qué has hecho este último tiempo?
Me miras y no hablas. No sabes qué responderme.
Te miro y encuentro nuevas fisuras en tu piel. Sutiles pero presentes. Tienes una luz generosa en la mirada, tus labios abrazan y vacilas cada vez que das un paso al iniciar tu camino diario. Distingo fuerza pero noto que no la dejas salir libremente sin antes cuestionarla. Aún conservas tus líneas francas de niña asustada. Sé que puedes blandir tus convicciones como espadas afiladas pero te acurrucas con facilidad cuando pierdes la esperanza. Deberías recordar que no todos aman como amas, y que eso no quiere decir que no lo hagan.

Parece que el pánico ha congelado el volcán de tu alma y esperas, tu vida se ha transformado en una larga y tediosa espera, ¿de un amor?, ¿de una historia?, ¿de una canción?, ¿de vivir frente al mar?... Hace un año atrás querías abrirte paso por la vida apartando puertas a empujones, sin embargo, tus propios demonios te han paralizado volviéndote una tormenta embotellada, una vergüenza para la hazaña. ¿Qué esperas para desatar los vendavales que prometiste? ¿Cuándo dejarás de borrar lo que escribes y de callar cuando cantas? Te escondes tras las agujas del reloj alimentándote de excusas. Nada. No hablas, sólo te encoges de hombros sin responderme. Yo suspiro fastidiada y me alejo. Mierda. En un día como hoy, es mejor apartarse del espejo.

lunes, 12 de octubre de 2009

La Casa Nueva


Hoy estamos de fiesta
Tenemos nueva casa
Y hay que inaugurarla como Dios manda.
Hay de todo: asado, cazuela, champaña,
Vino blanco, del otro, mucha gente y la casa.
La casa nueva: nuestra casa,
Fruto de tantos años llenos de penas blancas.

Aquella estrofa pertenece a una canción popular del cantautor chileno, Tito Fernández. La oí hoy temprano en la mañana, de hecho, me despertó espantando mi letargo y sonreí al recordar las últimas horas vividas. El baúl en donde almaceno los momentos importantes, se abrió de par en par dejándome al descubierto casi toda mi vida como una línea cronológica. Sofocada de remembranzas, tuve que sentarme en la cama para poder organizarlas.

Gianinna, una de mis mejores amigas, adquirió su casa nueva junto a su esposo y su hermosa hija. Anoche fuimos a conocerla sabiendo que al cruzar la puerta todo habría de cambiar. Me sentí tan hinchada de orgullo que bien pude flotar por la escalera hacia las habitaciones. Se podía reconocer su toque indiscutido por los rincones decorados y la limpieza casi obsesiva de sus pisos blancos. Observé a mi alrededor y mi amiga estaba por todos lados; en cada cortina, planta y alfombra que vestía el lugar, era gratificante. Me detuve unos momentos para mirarla y la imagen de su cuerpo vestido con el uniforme escolar me persiguió toda la noche. Nuestra época de estudiantes pasaba ante mis ojos como una interminable cinta de ocho milímetros y quise detener el tiempo para apreciar el camino recorrido. Me hacía falta un poco de nostalgia.

Mientras bombardeábamos a los nuevos propietarios con preguntas, me dediqué a admirar a Gianinna con esa expresión inevitable de gratitud en mi cara, ¿por qué?... no hay mejor regalo que presenciar los sueños cumplidos de alguien que amas. Celebramos el acontecimiento chocando nuestros vasos llenos y me sentí en mi hogar. Busqué en mi grupo de amigos las facciones que les conocí cuando teníamos trece años de edad y allí estaban, pude distinguirlas, imperturbables y constantes. Parecíamos unos mocosos jugando a los profesionales, a los adultos con responsabilidades. Bebí de mi vaso nuevamente, agradeciendo en silencio estar bajo un techo que tanto esfuerzo había costado y en una amistad que por tanto tiempo hemos cuidado.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sin mí


Me apoyé en el tronco de un árbol para poder observarte. Te veías feliz, plena, regocijada de besos que aquel desconocido para mí te brindaba en la boca. Qué exquisito es el dolor cuando se siente tan sólido como un escalpelo abriendo el pecho. Me quedé allí, paralizado. Conté la cantidad de recuerdos que almacenaba en mi mente y las lágrimas huyeron de mis ojos sin molestarme en detenerlas. La imagen ante mí se perdió tras una cortina de agua y tuve que apretar mis párpados para poder presenciar el motivo de mi muerte.


Danzabas buscando dientes de león. Con aquella risa fresca que liberabas desde tu alma, soplabas las flores entre tus dedos y nuestro perro te ladraba juguetonamente. Imaginé que yo te hacía reír de esa manera, que yo era el viento que brotaba de tus pulmones para darle oxigeno al mundo y que todavía me besabas con hambre de enamorada. Quise suspirar pero sentí el pecho atestado, no había más espacio. Aquel extraño te rodeó con sus brazos convirtiéndose sin saberlo en el asesino de un pobre diablo: yo.


Mi cuerpo pesó todavía más. El tronco del árbol en cual me apoyaba me pareció frágil y busqué un roble en las cercanías. Necesitaba un soporte más fuerte en caso de mi posible desmoronamiento. Procuré que no me vieras. No quería interrumpir la alegría de mi ausencia. Un trueno rugió desde el cielo dando inicio a la lluvia. Tú corriste hacia el abrigo del hombre que te acompañaba y yo dejé que las gotas me cayeran encima deseando cambiarlas por rocas. Retrocedí para alejarme, para perderme, para desvanecerme, pero mi perro me olfateó y corrió hasta donde estaba. Fue inútil esconderme de él. Lo acaricié rápidamente ordenándole que volviese a ti antes de que me delatase. Me dio gusto ver que seguía moviéndome la cola.

jueves, 1 de octubre de 2009

Porque me dijeron


- ¿Por qué tu piel es más oscura que la mía?
- No lo sé, ¿por qué la tuya es más clara?
- No lo sé.
Con sus manos regordetas de niños saludables, intercambiaron cubetas y construyeron cerros con la arena del cajón. Sentados en medio del parque, lograron levantar dos montículos pero uno se deshizo al instante. Su creador lloró en silencio, el otro lo ayudó a rehacerlo.
- ¿Por qué tu pelo es amarillo?
- No lo sé, ¿por qué el tuyo es negro?
- No lo sé.
Los padres de cada uno fueron por ellos. Los sacaron casi en vilo de la arena para volver a casa al caer la tarde. Al domingo siguiente, el sol resplandecía en un nuevo día de primavera y juegos infantiles. Los niños regresaron al parque corriendo para enterrarse nuevamente en el divertido cajón ubicado en el centro. Aquella vez se miraron de forma diferente.
- Me dijeron que no fuera tu amigo.
- A mí también me dijeron lo mismo.
- ¿Será porque no tengo la piel oscura?
- ¿O porque no tengo el pelo amarillo?- Y así, deshicieron los dos cerros de arena que habían levantado el domingo anterior y se devolvieron las cubetas intercambiadas.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Caricia por golpe


Una caricia me hizo llorar. Alguien se me acercó, me puse en guardia, le mostré mis puños pero no la intimidé, de hecho ni siquiera reculó. Estiró la mano hacia mí y me encogí instintivamente. Su roce en mi mejilla fue tan desequilibrante como una bofetada. Me miró con sus ojos de avellana, llenos, generosos, benevolentes. Creo que le di lástima por temer a la caricia pero… ¿Qué iba a saber yo?... nadie acaricia hoy en día. Es más fácil golpear que palpar porque ya no hay tiempo, debe ser rápido, cortante y que deje recuerdo… ¿Qué mejor que un golpe para eso? ¿Qué mejor que la violencia cuando el mundo corre aniquilando la clemencia? ¿Estoy equivocada?... el desconocido asintió volviendo a tocar mi rostro. Me sonrió y yo mordí mis labios reprimiendo mi llanto sorprendido. Me susurró algo parecido a un halago, no lo escuché muy bien. Estaba acostumbrada a los sonidos fuertes, a los gritos, a los balazos, a los vidrios explotando. Creo que me estoy quedando sorda ante las palabras hermosas.

De a poco fui relajando mi semblante soltando mis manos. Mis dedos volvieron a estirarse, notando que tenía palmas sanas y con largas líneas surcadas en ellas. Qué horrible es el puño amenazante cuando es infinitamente más bella una mano abierta y permeable, sedienta por tocar, por conocer y explorar. Su caricia me removió la sombra de la mirada regalándome esperanza. Comprendí que tal vez no todo era disparo, no todo era agresión ni sufrimiento… aún existía el deseo de brindar placer y no sólo al contrario. Por fin pude devolverle la sonrisa, confiada en que no me lastimaría.
- No llores por una caricia… llora por un golpe- me dijo, en el más suave de los murmullos.
- Sólo lloro por lo que extraño- le respondí y me dejó llorar en su hombro.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Como un bandido


La noche se tragaba la habitación de manera imperante y sólo distinguía el brillo de tu piel como escamas de sirena traviesa. Me sentí un alpinista de tu cuerpo con esa luna colgando a lo lejos. Me derramé sobre ti creyéndome lluvia que poco a poco se transformaba en tormenta. Generosa, acaparadora. Te oí gemir reconociendo los acordes arrancados por mi lengua y sonreí feliz. Todavía quedaba noche, todavía se oían los grillos en la maleza. Me perdí entre las capas de tu vestido blanco que apartaba casi a manotazos, montañas interminables de género suave reposaba entre nosotros igual que espuma. Reímos. Me dejaste derrumbar obstáculos como un quijote contra los molinos y resollé al encontrar finalmente mi premio. Que me busquen, que me flagelen, que me cuelguen de una viga por el pecado cometido. Que me azoten por invadirte con propiedad amándote por sobre mi nombre, mi decencia, mi entereza. Miré tu rostro de novia complacida, de novia perdida, y me tapaste la boca con la tuya. No había nada qué decir, tampoco nadie debía escuchar. Ni siquiera era nuestra noche de bodas... ni siquiera fue nuestra boda sino que la tuya... y muy pronto he de marchar.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Vamos olvidando


Chapoteo en los recuerdos con mis botas de invierno que mantienen mis pies calientes. Salpico hacia los lados tratando de reír cuando eso mismo me hizo llorar muchas veces. Tu rostro siempre consigue mantenerse adolescente e inalterable como parte de un retrato que todos quieren pintar. No sé cómo lo haces. Entre la brisa fría de este septiembre puedo percibir la calidez de una primavera que viene con su escándalo de colores. Recuerdo que el polen te daba alergias y yo lo arrancaba inmune viendo después mis dedos amarillos. Vuelvo a chapotear para dar con tu risa que abraza y espanta las malas vibras. La escucho, la gozo, la estimo por sobre el canto de los gorriones que se posan en mi ventana. Eras amiga, eras compañera, eras ese manantial de momentos que inevitablemente se transformaron en nubes pasajeras.


No sé con exactitud cuándo ni por qué llegamos al punto de recordarnos y no vivirnos. Abusar de las inyecciones de pasado puede volvernos adictas y fugitivas del presente, olvidamos invitarnos a caminar por el simple hecho de correr solas. Creo que nuestras fotografías en mi muralla han adoptado movimiento. Cada vez que me volteo a mirarlas tienen una imagen diferente y me da miedo, me da miedo mirarlas un día y que sólo sean láminas vacías, en blanco. Ventanas que dan a la nada cuando una vez lo fueron todo. Entonces pienso: cuando pase eso, será el día en que deje de chapotear en los charcos para encontrarte… será el día en que te vea por la calle y siga caminando con mis manos hundidas en los bolsillos creyéndome la versión femenina de Humphrey Bogart al alejarme.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Soledad


La lluvia caía frente a mi ventana y veía reposar las gotas una a una sobre el césped. Me apoyé en el alféizar con el mentón clavado en mi antebrazo, pensando que sería quizás la última lluvia antes de que el verano lo devore todo con su hocico caliente y hálito inexistente. Me detuve un momento en los geranios y crisantemos que plantó mi hija, tan perfectos como sacados de un cuento de Lewis Carroll. En sus macetas recibían el agua desde el cielo sorbiendo en silencio. Imaginé su felicidad y quité la mirada con rapidez. No había que quitarle esa hermosa tarde a la tristeza.


Mis ojos se hundían a cada relámpago que estallaba tras los montes. La luz fulguraba el espacio volviendo ese atardecer en amaneceres intermitentes. El viento sopló y le respondí en su lenguaje con un suspiro. A veces, lo importante de la vida es sólo eso: un suspiro. Miré el reloj a mis espaldas sabiendo que era un movimiento aprendido, mecánico, ya no me importaba el tiempo. Miré el tejido en mi rostro al voltear hacia el espejo saludándome porque había abandonado mi reflejo. Sí, soy una mala perdedora.


El hueco en el colchón de mi cama gritaba algo. Giré para dedicarle mi atención y supe que esa ausencia agrietaba las plumas de ganso que soportaban mi peso. Vi unos anteojos sobre la mesita de noche pareciendo un muerto carcomido por el polvo carroñero. Debajo, un libro, alguna novela de ficción que en algún momento desafió la realidad a codazos. Abandoné la ventana para dejarme caer sobre la cama con cuidado. Mi cuerpo anciano ya no sabía aterrizar como antes. Y comprendí que te extrañaba. La soledad a mi edad es una compañera penetrante, incluso cancerígena. Recordé que te fuiste primero y lloré… luego reí porque lo había olvidado.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La belleza de lo simple


Aquella mañana de enero sucedió algo curioso. El calor insoportable de ese verano provocaba salir de la cama al rayar el alba, soportar las sábanas sobre el cuerpo no resultaba una tarea agradable aunque por otro lado, favorecía a la puntualidad convirtiéndonos en empleados modelos. Salí de casa como todas las mañana rumbo a la oficina y tomé el autobús de siempre para perderme en el infernal tráfico de día lunes. Como era de esperarse, luego de un largo camino para llegar al Centro, la interminable fila de vehículos se detuvo en la Estación de Metro República para atascarse en un embotellamiento. Ahí nos quedamos por minutos eternos. Una serpiente inmóvil calentándose al sol. Cerré el libro que leía en ese entonces, lo guardé en mi bolso y bajé del autobús para caminar el tramo faltante hasta mi oficina. Muchos otros habían tenido la misma idea y parecíamos un regimiento militar ganando terreno. A medida que avanzaba noté que el atochamiento en la avenida principal era alarmante. Todos nos contagiamos el mal humor estornudando garabatos por la hora que no perdona. Mientras me acercaba a la Estación de Metro Moneda, reparé que una grúa alzaba su brazo hidráulico hacia el cielo y obstaculizaba el flujo vehicular al estar detenida entre dos carriles. Allí estaba la razón y bufé de molestia. Sin embargo, para mi mayor sorpresa, una gigantesca marioneta de cobre de ocho metros, yacía sobre el asfalto como un herido en batalla. Fruncí el ceño. “¿Pretenderán hacer algún show?”, me pregunté. Miré todo lo que había caminado y los rostros furiosos de los conductores en sus automóviles no llamaban a la buena onda. Bocinazos, maldiciones, irreverencias, imprudencias… ya eran las nueve de la mañana y muchos no llegaban a sus puestos de trabajo. “La idea huevona de poner una enorme grúa justo en la Alameda”, escuché decir a alguien que pasó por mi lado. De pronto, un joven vestido con ropa artesanal y barba tupida me tocó un hombro para hacerme voltear hacia él. Me entregó una flor hecha con alambres de cobre de no más de diez centímetros. Me quedé mirándola un buen rato. Era linda, de siete pétalos y muy bien hecha. Ingeniosa, por lo demás. Le pregunté cuánto dinero le debía por ella. Negó con la cabeza. “Es un regalo para hacerte sonreír”, me dijo. Así lo hice y deseé que tuviese más dentro de ese andrajoso morral. La aparatosa marioneta no estaba cumpliendo esa labor en mí ni en nadie más.

lunes, 24 de agosto de 2009

Cielo violeta


A través de la ventana a mi costado, perdí la mirada en un cielo violeta. Eran cerca de las seis de la tarde, y el sol se derritió por todo el horizonte para colorearlo generosamente. Un lienzo lleno de gruesas pinceladas. Me quedé absorta. Muda. No tenía nada qué decir porque para admirar la belleza hay que callar, ahorrarse las palabras para luego divulgarlas escritas. Tenía el paisaje de la ciudad a mi merced, la fila sinuosa de la cordillera enfrente era como una dorada línea de defensa, me protegía del mundo, de los vientos huracanados y le sonreí, agradecida.


Las nubes corrían con lentitud, parecía una procesión religiosa que daba por terminado un viernes de trabajo. Los últimos rayos del sol se perfilaban hacia lo alto como brazos y sólo las aves se atrevían a desafiarlos con su vuelo temerario. Quise abrir la ventana, sentir la brisa helada de este invierno decadente y romper la rutina con simples detalles. Ya basta de ignorar las primeras estrellas que escarchan la noche, basta de rumiar entre dientes la falta de tiempo y aprovechar los minutos en vez de maldecirlos, basta de esquivar ese juego trazado en la calle y brincar dentro de sus casilleros sin vergüenza. Muero por mojar mis zapatos en los charcos de lluvia.


Escuché que alguien me habló en ese instante, pero decidí no interrumpir mi embeleso. Estaba sumergida en la más hermosa de las inspiraciones y lamenté no tener un bolígrafo a mano para poder retenerla de alguna manera. Mis manos me picaban, movía las rodillas ansiosamente sintiéndome como un ave dentro de una jaula. Volvieron a hablarme pero sólo escuchaba interferencia. El cielo violeta que abarcaba mi admiración comenzaba a oscurecerse volviéndose un morado penetrante. Era oficial, el sol de aquel día había dado por finalizada su jornada y bajé la mirada. La penumbra cubrió la ciudad y las luces en los edificios aledaños se multiplicaban ofendiendo al firmamento que esperaba mostrarse en gloria y majestad. Una vez más perdieron su oportunidad.
- ¿Qué opinas?- me preguntó un colega mientras proyectaba algo en la pizarra a sus espaldas. Cierto, la reunión en la que estaba secuestrada aún no terminaba.
- ¿Puedes repetirme la pregunta?- fue mi respuesta ante un tema que realmente no me interesaba.

jueves, 6 de agosto de 2009

Verbo sin dinero


Me preguntaron una vez qué acción tomaría para mejorar mi ciudad sin que hubiese costo monetario de por medio. Me llevó un buen rato encontrar actividades que no significaran desembolso de dinero. Hasta el algodón de azúcar debes comprarlo al salir de paseo. No recuerdo cuánto tiempo me quedé pensando, de hecho, tomé el autobús para ir a casa y de camino apoyé la sien en el vidrio de la ventanilla, observando el exterior. Cientos de personas caminaban por las calles enfrascadas en sus universos privados, con sus problemas, sus historias, sus urgencias, sus frustraciones… me quedé así por varios minutos. Sólo observando. Era la primera vez que miraba a las personas como si no fuese una de ellas. Como si de pronto me tratase de una extraterrestre de visita en este planeta, estudiando el comportamiento de los terrícolas y me deprimí.
¿Dónde quedaron los niños que una vez fuimos?, ¿Dónde dejé abandonada mi bicicleta? Ah, cierto, está en mi patio con un cáncer de óxido royendo sus fierros. ¿Dónde dejé mis patines en línea? ¿Tirados en el ático? Saldré un día con ellos dispuesta a reír cuando me caiga al primer intento. Estoy atrofiada, torpe, con una patética habilidad que no poseía a los quince años. ¿Dónde dejé esas novelas ligeras que gracias a su simpleza me permitían volar si retorno? ¿En qué momento me perdí entre Péndulos de Foucault y otros libros que sólo me entierran en la vida adulta?... ¿Alguna acción sin dinero?: Volver a ser niños, y como si fuese medicina… por lo menos una vez cada ocho horas al día.

martes, 28 de julio de 2009

Esperar nada


Dios había callado por millonésima vez y no podía hacer otra cosa más que fumar, impotente y disgustada. Las Avemarías aleteaban a mi alrededor preguntándome por qué se debían repetir tanto, convirtiendo la fe en una aburrida letanía, un fastidio. Y pensar que escribí “Latido” un 11 de julio con la esperanza de que al volcar mis temores un milagro ocurriría. Nada pasó. No me volví valiente ni el ritmo constante de su pecho continuó a pesar de así quererlo. El destino me escupió en la cara y la persona que temía perder se fue tranquilamente una madrugada. Mis lágrimas se desprendían de mis ojos como trozos de pintura vieja desconchándose del techo. Las manoteé sin cuidado. Los rostros que conocí sonrientes me resultaron extraños bajo la sombra de un semblante que ha visto la muerte de frente. Todo era diferente. Estaba sometida al pellizco del dolor en mi corazón y volví a fumar para calmar la ansiedad. Me había acostumbrado a esperar, sólo esperar, pero ya no había motivos para hacerlo. De pronto, el tiempo me pareció que corría inútil y demasiado lento.

sábado, 25 de julio de 2009

Vacaciones de Invierno


Estaba feliz. Los días de invierno siempre fueron los mejores. Vacaciones, salidas por la ciudad con mis padres, algodones de azúcar, películas en el cine y juegos de balón con mis amigos. Disfrutaba del frío con mi nariz colorada y mi cabeza abrigada con un gorro de lana. Mi mamá se ocupaba de abrocharme bien el abrigo y recordarme que no olvidara mis guantes en ninguna parte. Mi papá me levantaba temprano para salir de compras. Me esperaba en el jardín con el motor de su auto encendido y yo corría para lanzarme con todo mi peso sobre el asiento del copiloto. Me aseguraba el cinturón y salíamos de la casa sintiendo la calidez del aire acondicionado subir por nuestras piernas. No había nada mejor que eso. Miraba a la ciudad correr por la ventanilla empañando el vidrio con mi aliento y dibujar cualquier cosa que se me viniera en mente. Esos días de frío los esperaba ansiosamente. Aquella mañana, sin embargo, mi visión del mundo habría de cambiar. Al doblar en una esquina vi a otro niño de pie contra un muro de ladrillos. Lloraba. Gemía. No entendía por qué. Para mí todo en aquel momento era alegría y los mejores días bajo un cielo pigmentado. A su lado, una señora arropada dormía encogida en el suelo. No se movía, ni siquiera parecía respirar. Supuse que era su mamá. El semáforo cambió a rojo justo cuando pasamos frente a ellos. Mi papá se detuvo y me dio el tiempo suficiente de observarlos a mi antojo. Le sonreí al niño en busca de comunicación. Él no me devolvió la sonrisa. Me sentí infinitamente ofendido.


- ¿Por qué no está contento como yo?- le pregunté a papá. Él se mostró serio. Carraspeó antes de hablar.
- Para muchas personas el invierno tiene otro significado, hijo.
- ¿Cuál?
- Un desafío.


No le entendí en ese momento, pero al ver a esa madre sumida en un sueño extraño, moribundo, supe que mi felicidad por los días de invierno no era más que una ilusión de quienes podían tener una calefacción esperando en casa. Me sentí miserable. Quise bajar y darles mi consuelo, pero la luz del semáforo dio verde y mi padre tuvo que avanzar tras los bocinazos apremiantes detrás de nosotros.

miércoles, 15 de julio de 2009

Repentina creencia


- Sólo queda en manos de Dios
- ¿Disculpe?
- Ahora depende de Él.
- ¿Me juega una broma?
- No, ¿Por qué?
- ¿Ahora cree en Dios?
Embarazoso silencio. Se acomoda la bata blanca con cierto nerviosismo sin saber qué decirme. Vuelve a hablar.
- No esperábamos estos resultados…
- Pero sí ayuda Divina.
Nuevo silencio. El médico me esquiva la mirada y yo la busco como un sediento su ración de agua.
Pido respuesta. Tanto Dios como el facultativo me la niegan, se la tragan, me ignoran. Uno me habla en prosas, el otro en tecnicismos. Mierda, ¿por qué no me dan una razón directa?
Los pasos que se estrellan contra el piso resuenan horriblemente, me interrumpen los pensamientos recordándome el dolor, suplido a la fuerza por el enfado. Suspiro y no entiendo lo que el médico explica. Sonrío. Me resulta curiosa su fe, como si leyera la Biblia por medio de su microscopio para hallar excusas adecuadas o argumentos que expliquen que no será culpa suya si pasa lo peor. Que me parta un rayo si no tiene idea de lo que habla. Frunzo el ceño. Cada segundo que pasa me rasguña la piel y me presiona el pecho. Aquella espiritualidad oportunista me hace encogerme del rechazo. Insistió.
- Le recomiendo rezar mucho.
- ¿Es ese su plan B?
Otro silencio. Se marcha por el pasillo hacia su oficina sin voltear… y al igual que Dios, sin siquiera responderme.

sábado, 11 de julio de 2009

Latido


Latido… silencio… latido… silencio… Malditos segundos que me toman por el cuello y me quitan el aliento. Inhala… exhala… inhala… exhala… Que ese ritmo en tu pecho no se detenga, que no se detenga por nada al igual que la marea.

¿Adónde has ido a volar tan lejos? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Y si mejor regresas?... Nadie celebra tu pulso como aquellos que aquí te esperan. Llegan las nubes, inicia la lluvia, y por cada gota suspiro por la vida, tu vida, nuestra vida.

Tu corazón se agota. Demasiado amor ha corrido por el laberinto de tus venas. Quédate, aférrate a mi mano y escúpele a la muerte porque no has terminado. Llora, grita de ser necesario. Demuestra que no perteneces al silencio sino al latido. Eres puro latido.

Me miraste, y de ser posible me sonreíste. Te sonreí también, pero esa mueca la ignoré y por dentro lloré. Tengo miedo, debí nacer valiente. Le temo a la sombra en la ventana, a la película del fantasma, al monstruo bajo la cama… hoy le temo a una llamada y a tu boca sin palabras. Quédate, quédate latiendo y hazme valiente.

martes, 7 de julio de 2009

Palabras atropelladas




Hola, ¿qué tal? No tienes idea de lo mucho que te he echado de menos. ¿Que por qué te llamo?, Sólo necesitaba saber de ti, ¿Tú no necesitas saber de mí?, ¿Recuerdas nuestras antiguas pláticas? ¿Te sigues riendo como yo cuando te acuerdas de alguna?... Hoy pensé en ti mientras caminaba por Santiago. Es hermosa esta ciudad en invierno, ¿verdad? La cordillera se eleva por encima de los edificios vestida de un blanco impoluto, radiante. La lluvia siempre logra rodar suave a pesar de la rudeza en las calles y el viento hace lo suyo, acariciando y sanando el paso del verano. Me encanta cuando el cielo se muestra ataviado de plata. El gris y el dorado combinan tan perfectamente que me encandilan la mirada. Tu rostro se me vino a la mente, no pude explicarme muy bien el por qué. Cuando atardece y las nubes se encienden en llamas, la melancolía me asalta despiadadamente. La dejo actuar en mí sin resistirme ¿sabes? No hay mejores palabras escritas que las que brotan del corazón agobiado y la mente enardecida. Veo todo más claro con lágrimas en los ojos. No te rías que es cierto… ¿Que a qué se debe mi llamada?, sólo necesitaba saber de ti, ya te lo dije… ¿Tú no necesitas saber de mí?, ¿Cómo va todo?, ¿La noche se siente igual de breve que aquí?, ¿No sientes que la luna nos abandona muy rápido, siendo que ávidamente la esperamos para inspirarnos?, creo que se ha vuelto soberbia y no la culpo, cuántas metáforas bellas me ha regalado… ¿Y qué hay de las madrugadas?, ¿Has salido al rayar el alba para oler la frescura del rocío?, ¿No?, deberías hacerte el tiempo, los detalles merecen de tiempo porque la vida está compuesta de detalles, sería como no vivir prácticamente… ¿Te has detenido a pensar en qué invertimos nuestro tiempo?, si no es a lo que nos gusta entonces es como arrojar riquezas al mar. He intentado empujar las manecillas del reloj a mi favor para no volverme pobre e infeliz, lo he logrado algunas veces… ¿Ya tienes que cortar?, siento haberte interrumpido pero dame un segundo, aún no te digo lo más importante. Mierda, debo meter una nueva moneda, espera...
Sigo siendo una amante del rodeo a la hora de ser concisa, ¿no?, ya me conoces: alma de escritora. Todavía sigo escapando de la rutina escribiendo un poco cada día. Vivo la vida con ese estúpido deseo de jugar a ser Dios por un par de horas. ¿Es eso posible o es Él quien me sopla las historias al oído?... ¿Cómo dices? Sí, son sólo desvaríos, hablo por hablar, nada más… ¿Por qué no me has llamado?, ¿Por qué soy yo quien debe recordar siempre?, no te estoy reprochando nada, sólo tengo curiosidad… ¿Que si acaso llamé para recriminarte?, por supuesto que no. Sólo necesitaba saber de ti, ¿Tú no necesitas saber de mí?... ¿Nunca has tenido esa necesidad urgente de calor cuando sientes la piel fría y marchita?, ¿Jamás has extrañado una mirada sincera luego de recibir mil mentirosas?... Anoche soñé contigo. Caminábamos por medio de un jardín extenso, lleno de Dientes de León. El viento los desmembraba soltando sus semillas como infinitos y diminutos paracaidistas por doquier. Tú tratabas de capturarlos, yo reía. Hacía mucho tiempo que no reía de aquella manera. Desperté sonriendo, creyendo que había sido cierto. Sin embargo, la sonrisa se desvaneció poco a poco y después lloré… momento, la operadora dijo algo que no escuché… ¿Ya debes irte de todas maneras?, de acuerdo, creo que he hablado como una locutora de radio todo este rato. Sueno atropellada y deprimida, perdón, distraída, ¿verdad? Discúlpame… ¿Puedo llamarte mañana?, ¿No estarás en casa?, sé que tienes una agenda apretada pero quería escucharte y hablarte calmadamente… ¿Te dije el motivo de mi llamada? ¿Te dije que necesitaba saber de ti?, y lo más importante: ¿Te dije ya lo mucho que te quería?... ¿Hola?, ¿Me escuchas?... “Introduzca una moneda, por favor… introduzca una moneda, por favor… introduzca una moneda, por favor…”

jueves, 2 de julio de 2009

Venganza


Con suma gallardía y audacia, la muchacha se despojó de sus ropas una a una al ritmo de la música. Contorneaba su cuerpo de acuerdo a la candencia de los compases enarbolando así los ánimos de aquel enamorado sentado enfrente como único espectador. Él, sumido en el embeleso, mordía sus propios labios para contener el éxtasis que esa mujer le proporcionaba. Deseaba tocarla, retenerla, besarla por cada centímetro de su piel canela pero prefirió esperar hasta el final. Nada se comparaba ante la expectativa disfrazada de tortura antes del primer beso, de la primera caricia o del primer embiste.


Desinhibida, resuelta y agresiva; ella se movía ondulante como si esquivara el aire. Su columna vertebral serpenteaba agraciada, jugando con el encaje de su ropa interior al igual que una araña entre su tela. La línea de su cuello invitaba a ser mordido, la curvatura de sus senos insinuaban oleadas de placer irrefrenable, como también el grosor de sus labios, hechos a mano para ser besados. El hombre que presenciaba aquel exquisito castigo, ya no soportaba su corbata anudada teniendo que aflojarla para respirar mejor. Ella le sonrió. Él perdió la cordura.


Como un juego excitante, la chica le amarró las manos a la silla Luis XV donde éste reposaba. Con la misma suavidad del satín, ella le acarició la boca con su lengua para luego cegarlo con un velo oscuro sobre los ojos. Lo besó intensamente bebiendo de él hasta el último aliento de sus pulmones. Teniéndolo a su merced, ella se sentó en su regazo de forma delicada y sugerente. De inmediato lo sintió estremecer bajo sus glúteos. Un ronco gemido reemplazó la melodía y la mujer se volteó para murmurarle al oído.


- Ahora ya ves lo que puede hacer la ex gorda de secundaria… si es que aún me recuerdas- y sin darle tiempo de replicarle nada, le rodeó el cuello con una cuerda que guardaba en el celo de su cartera negra.

martes, 30 de junio de 2009

El Te amo que no se escuchó


Esa mañana fría de invierno, bajo el antiquísimo techo de la Estación Central, él miraba mi tren marcharse con los labios apretados. Los rieles soportaban el transporte trabajosamente proporcionando una despedida prolongada, tan eterna como la culpa entre nosotros. Me aferré a la manilla del vagón de un brinco algo torpe y volteé con el rostro curtido de incertidumbre. Sentía un peso extraño en mi cuerpo, no podía ser mi equipaje, era otra cosa… otro tipo de carga que no conseguía liberar.

Reposé la mirada sobre la suya una vez más viendo cómo caminaba a lo largo del andén, a la misma velocidad, apurando sus pasos conforme el tren abandonaba la ciudad. Mi mano estaba congelada, convertida en piedra, no podía hacer ningún ademán de despedida hacia él porque sentía que me arrancaban la piel a jirones. Suspiré respirando el carboncillo que escupía la caldera y mis ojos me traicionaron al primer descuido. Las lágrimas huyeron de mí como saladas fugitivas barriéndolas con los dedos tiesos.

Alguien escuchaba una maldita canción de amor en el vagón. La letra me estampó una bofetada en la mejilla y ese I'd rather bleed with cuts of love than live without any scars se encargó de convertir mis latidos en latigazos romanos. Reí para mis adentros. Volví a mirarlo fijamente y no me decía nada. El andén estaba por acabarse, el andén estaba por acabarse… Logré soltar una mano para despedirlo a distancia pero la bajé, la bajé indecisa.

But what's the point of this armor if it keeps the love away, too?, una nueva línea me azotó el pecho y perdí el aliento. ¿Para qué la armadura? ¿Para qué la imagen solvente cuando sólo se desea caer a pedazos?... El tren se alejaba, la gente nos estorbaba y él no decía absolutamente nada. Yo ya lo había dicho todo. Mis manos volvieron a endurecerse negándose esa vez a realizar movimiento alguno . Dejé que la estación se alejara, sumida en aquella música de enamorada. Aún podía distinguir su rostro entre los desconocidos: perfecto, delineado y gentil. Algo gritó a lo lejos pero su voz se perdió debido al escándalo típico de la marcha. Seguí escuchando la canción mientras me sentaba ensimismada mirando por la ventana.

jueves, 25 de junio de 2009

Por siempre, Principito


Me aterra la idea de un elefante engullido por una serpiente boa. Esa fue mi respuesta ante su dibujo y el Principito ante mí sonrió con cierto aire protector y agradecido. Sentí que por segundos yo era la niña entre los dos. Me gustó. Los adultos ya no se impresionan con nada. Son capaces de desinflar lo extraordinario para volverlo sólo ordinario. No falta el que arremete con su insípido “Es un sombrero” y echa abajo todo ese universo construido.


Y yo, con ademanes ofensivos alejé al zorro que con desinterés se acercó a mí agitando su cola. Creí que quería algo a cambio, quizás alimento que no tengo o techo que no comparto por miedo. Fue la primera vez que el Principito me miró bajo un ceño compungido y decepcionado. Él acarició al zorro y lo llamó “amigo”, me avergoncé de no haberlo hecho y guardé silencio un largo rato. Le pregunté qué era lo que quería el zorro entonces, y éste me respondió que nada más que mi compañía.


Sentí la mano de ese niño con cabello dorado tirando de la mía. Deseaba enseñarme su hogar donde cuidaba de una rosa todos los días. Nunca imaginé el valor de aquella flor para alguien tan pequeño. Me sentí estúpida al saber que cuidaba más de un billete- horrible y sin gracia- que de una belleza natural como esa: roja, esbelta y perfumada. Tenía tanto qué enseñarme y él nada qué aprender de mi insulsa posición de nueva adulta. Tengo que visitar más seguido su bello mundo, pensé, y alejarme lo que más pueda del materialista que es el nuestro.
Algún día cuidaré de una rosa.

jueves, 11 de junio de 2009

El retrato


Imagen: "Retrato de mujer" por Diego Rivera.



“Por ser la más hermosa del vecindario, Elena siempre recibía por parte de su marido algún reproche. Ella, de largos cabellos rojizos y labios henchidos, también se había convencido de las déspotas palabras de ese hombre sin siquiera cuestionarlo. No sabía por qué llamaba tanto la atención al pasar, no parecía darse por aludida de esos celos que provocaba en las mujeres, hablando de ella a sus espaldas, o del deseo incontrolable en los hombres que apostaban por tenerla. Elena sólo pasaba fugazmente como una exhalación, ausente y sonriente, mientras iba al almacén por las compras del día”

“José, su marido, la observaba de reojo al tiempo que veía el fútbol por la televisión. Ella caminaba por su lado dejando una estela de fragancia que lo embriagaba mucho más que el vaso de vino en su mano. Él enviaba a la cama a sus cuatro hijos de un ladrido y atraía a Elena del pelo exigiendo sus demandas de macho en celo. La mujer, acostumbrada a sus arrebatos, lo miraba desafiante sin siquiera resistirse. Una vez cumplido en la alcoba, Elena rompía en llanto anhelando que sus hijos no la oyeran. Sentía su corazón exhausto, sus latidos trabajosos y un dolor en su hombro que no conseguía apaciguar durante las noches. Una de sus hijas la había sorprendido en el baño una tarde respirando a grandes bocanadas y con la frente perlada de sudor. Elena no quiso mirarla a los ojos”

- “¿Qué te pasa, mamá?
- Nada, mi amor, tengo algo de calor... eso es todo- la pequeña se quedó unos segundos más sin mostrarse muy convencida pero Elena, antes de que pudiera decir algo más, la obligó a volver a la mesa para que siguiera comiendo junto a sus hermanos”

“Cuando se posterga la vida propia para hacer dichosa la de otro es difícil dejar de hacerlo, se transforma en una adicción y luego termina por pasar la cuenta. Por eso mismo, cuando el médico de la familia trató a Elena le advirtió sin rodeos de su deficiencia coronaria. No puedes tener más hijos, le dijo, y eso fue una bomba en los oídos de la mujer. Se quedó unos momentos en silencio creyendo que se trataba de una broma. El médico le propuso una operación simple que estaba generando excelentes resultados en Estados Unidos, quedaría como nueva en pocos días y la esterilización sería un éxito rotundo. Sin embargo, Elena cometió el error de consultarlo con José, quien de un sólo grito tronante le prohibió someterse a las salvajadas de esos ignorantes que sólo hacen experimentos para dejar de ser unos pobres diablos, bramó”

“Al pasar del tiempo, sus cuatro hijos pasaron a ser peligrosamente nueve. Elena después de cada embarazo sentía una palpitación menos en su corazón cansado, no lograba entender su extrema fertilidad que en vez de ser un milagro de Dios era una sentencia de muerte paulatina. José no percibía el desgaste de su mujer, mientras estuviera en casa fregando pisos y con buena disposición para la cama, todo estaba en orden. Celebraba su vida familiar con sus amigos en el bar cercano, bebía y bebía para después llegar pateando las puertas, maldiciendo a voz en cuello y reprochando a Elena infidelidades que él mismo imaginaba en su cabeza borracha”

“Una mañana de invierno, un artista caminaba por el vecindario vendiendo sus pinturas, ofrecía retratos y paisajes por unos pocos pesos escandalizando a los conservadores con su espesa cabellera. Nadie lo había visto por ahí, sin embargo el muchacho no se dejó amedrentar por las palabrotas que le lanzaban algunos viejos cuadrados que a destajo le gritaban comunista, pero sí por Elena, quien pasó por su lado sin siquiera notarlo. El joven se quedó enredado en sus pestañas, se hundió en la arena movediza de esos ojos indefinidos y sin intentar contenerse, la siguió hasta su casa como perro deslumbrado. La vio cruzar el jardín, besar a un niño en la frente, acomodar su cabello cereza y entrar angelicalmente por la tosca puerta. Alcanzó a detenerla sin decir mucho. La puso al tanto de su deseo por pintarla, de lo bella que era, de la musa que significaba y, exento de más palabras, besó su mano convencido de que estaba cometiendo un pecado”

“Era la primera vez que Elena escuchaba palabras tan dulces. Se sonrojó al instante y de un incontenible impulso accedió concediendo el anhelo de ese muchacho barbudo. Sentada en la sala, ataviada por una falda larga y delicada, su cabello había sido liberado sobre sus hombros como una cortina rojiza, viva. Sus labios delineados y la línea excitante de su cuello, sobrecogieron al artista reparando que la paleta de colores temblaba en su mano. Comenzó a pintar sobre el lienzo tras un grave suspiro”

“Al terminar, el joven se quedó observando su trabajo unos instantes, luego lo giró para que Elena pudiera verlo y sin poder traducir su emoción en palabras, sonrió vigorosamente con lágrimas derramándose por sus mejillas.

- Es un regalo para usted- le dijo de pronto. Ella se negó- Por favor, Acepte. La experiencia y mi desconcierto por usted son mi ganancia. Acéptelo- Elena lo recibió e impulsada por una fuerza descomunal, depositó un beso poderoso en esos labios jóvenes, frescos y desconocidos”

“Al rato, cuando José llegó del trabajo y vio el cuadro apoyado contra una pared, le dio una rabieta que logró espantar hasta las ánimas. Cogió el lienzo entre sus manos, lo miró por breves segundos y lo lanzó al otro extremo de la casa. Sacó un cuchillo de la cocina arremetiendo absurdamente contra la tela una y otra vez, gritaba improperios de camionero bajo la mirada absorta de sus hijos que no entendían qué diablos estaba pasando. Cuando acabó de destruir el cuadro, un nudo en su garganta le quebró la compostura, dirigió la mirada hacia su mujer y sin esperarlo cayó a sus pies para llorar como un niño. Perdóname, perdóname, decía abrazándole las piernas, perdóname, te amo tanto; Elena cerró sus ojos creyendo que no podría soportar más el dolor que atenazaba su hombro izquierdo...”






Desperté sobresaltada, con mis anteojos puestos y el libro que leía abierto de par en par sobre mi pecho. Noté que tenía una sensación extraña revoloteando mis entrañas.
- ¿Qué pasa?- me preguntó mi madre.
- Soñé con la abuela- dije sin pensarlo- Nunca había soñado con ella- Mi madre me sonrió.
Salimos de casa a visitar al abuelo José, el frío de la tarde me quitó la pereza y el cielo engordado de nubes me llevó a cerrar mi abrigo por instinto. Llegamos en poco tiempo, cruzamos el umbral de la vieja puerta hablando de cosas triviales cuando al levantar la vista mi pulso se detuvo. En la pared principal colgaba el lienzo con el que había soñado.
Allí estaba la abuela, a quien no había alcanzado a conocer. Gozaba de un semblante altivo, labios carmesí, cabello abundante que explotaba alrededor de su cabeza y la hacía más hermosa de lo que había soñado. El cuadro mostraba reparaciones minuciosas, como paciente labor de acupunturista. Decenas de adhesivos unían todas sus partes y rajaduras. Me quedé muda, de seguro con expresión estúpida.
- ¿Y ese retrato, papá?- le habló mi madre- No recuerdo haberlo visto.
Mi abuelo no respondió. Con mucho trabajo se levantó de su silla, caminó hasta el lienzo, lo observó por largo rato y agotado volvió a sentarse. Una vida de arrepentimientos debían de pesarle bastante.

lunes, 8 de junio de 2009

Del cielo a la tierra


¿Qué se puede hacer cuando la luz intrínseca de unos ojos conocidos se pierde entre sombras inciertas? ¿Es necesario hablar o sólo obviar como de costumbre? Recuerdo muy bien que alguien me dijo que la amistad, el amor y todas las emociones importantes de esta vida, son fuertes como robles. Sin embargo, leyendo a mi autora favorita ella señaló algo muy sabio sobre esta comparación y que bien arrancaba la tormenta al fornido roble y no al junco porque éste se doblaba… ¿Debemos esperar que el afecto flaquee o se doble para saberlo fuerte? ¿Hay que cambiar del cielo a la tierra al punto de poner en duda un sentimiento por ambición de un futuro diferente?


Las veces que he bebido un café viendo el movimiento de la ciudad me he sobrecogido. Veo la misma sombra incierta cubriendo la mirada de los demás y les temo, las evito. Hoy no ha sido la excepción y me estremezco. El líquido contenido en mi taza humeante me queda estancado en el centro de la garganta mientras busco explicaciones, preguntándome una y otra vez qué fue lo que hice mal para perderme en el miedo, para proteger exageradamente el castillo de naipes que me tomó tanto trabajo construir. Al final, luego de terminar mi café, me doy cuenta que no importa lo que haga… el viento siempre bota las cartas. Pago la cuenta y salgo por la avenida principal de Alameda. Nadie nota que voy llorando.

miércoles, 3 de junio de 2009

Una llamada entre las olas


El viento azotaba el casco de la embarcación como verdaderos puños de acero. Uno tras otro, sin descanso. El mar se alzaba majestuoso salpicando mi rostro y el de mis compañeros sintiendo su sabor salado con gusto. Tratamos de bajar las velas para dejarnos llevar por la marea, bailar al son de la balada náutica que el océano nos brindaba pero la violencia del vendaval nos impedía trabajar. Hacía tanto frío que noté mis manos congeladas y ligeramente amoratadas. Pasar el invierno en altamar siempre me mordía los huesos de forma despiadada.


En lo alto de la barcaza, nuestro capitán miraba el horizonte con el timón aferrado como si fuera su propia vida. A pesar del agua que corría por su mentón, noté que lágrimas brotaban de sus ojos profundamente azules y aquello me desconcertó. El brusco vaivén parecía no afectarlo, mucho menos los gritos de la tripulación cruzando órdenes y maldiciendo el clima. Tenía el aspecto de un hombre perdido en el universo de su mente insondable por lo que preferí no molestarle. Revisé mi brújula por costumbre notando que nos desviábamos hacia el sur cuando teníamos que dirigirnos hacia el oeste. Incómodo por tener que importunarlo, advertí al capitán del rumbo equivocado. No me hizo caso alguno. Seguía con la vista fija en un punto del horizonte.


- ¿Escuchas eso?- me preguntó de repente.
- Sólo escucho las olas- respondí.
- Entonces… sólo vienen por mí.


No entendí nuestro corto diálogo en esos momentos. Temí que tantas semanas sin ver tierra lo hubiesen vuelto loco. El capitán soltó el timón despacio, casi ceremoniosamente, caminó hacia estribor y observó en silencio la bravura del mar. Después de unos eternos segundos, brincó por la borda para zambullirse en el agua fría. Todos en la embarcación quedamos estupefactos. Como un reflejo, muchos de ellos lanzaron salvavidas para sacarlo, pero bien pude ver que el capitán no se sumergía solo. Varias colas de sirenas me saludaron contentas. Yo giré el timón hacia el oeste para retomar el camino correcto. Aquel día su canto no fue para mí.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Mirada sensible


Sentada en la Plaza de la Constitución observo al mundo ocurrir como cuadros de transparencias. Tráfico, claxon, gente conversando, gente maldiciendo, gente fumando como yo. El viento frio de este día de mayo me recuerda que el otoño está aquí, tardó pero me acompaña. En medio de la ciudad, divago escuchando la podadora del jardinero trabajando cerca y me burlo de mi letra que ha cambiado al escribir en teclas desde hace tiempo.


Me pregunto si alguna persona entre la muchedumbre se detiene un minuto para mirar a esa hoja seca caer sin prisa, como si la ley de gravedad no aplicara en ella. Tal vez no, pero siempre es mejor pensar que sí. Sin embargo, a pocos metros de mí, un pintor callejero desliza su pincel sobre el lienzo… ¿Qué pinta? No lo sé. Noto su mirada sensible y quizás, al igual que yo, observa al mundo ocurrir a su alrededor. Somos dos, eso ya me consuela. Continua con su oficio, alza la vista y me sonríe. Le devuelvo el gesto imaginando que puede escuchar mis delirios. Sin esperarlo, el artista toma su lienzo y lo voltea para enseñarme su retrato a lo lejos. Soy yo, escribiendo, sentada en la Plaza de la Constitución con la misma mirada sensible que él tenía al pintar… la tenía yo también al escribir. No me había dado cuenta.

viernes, 8 de mayo de 2009

Con la mirada hacia el norte



No llores lágrimas de sangre por tus ojos lánguidos y oscuros. No te avergüences de tus calles afamadas, largas, traviesas y hermosas. Oigo los pasos de tu gente al recorrerte, puedo imaginar la risa sonora de los niños que nada ni nadie puede apagar. No ocultes esa humildad de ceño conmovido y voz suave. No temas enfrentarte a quien te levante la mano y piense en bajarla. Alza tu mirada de guerrero milenario, de valor heredado, y desata la batalla con tu espada empuñada.


Dicen que la muerte te ha señalado. Ese fantasma de luz incierta que pasea por tus avenidas y busca almas de primogénitos, de mujeres, de ancianos, de todos. Pinta el marco de las puertas con sangre de tus venas para espantarla y decir a voz en cuello que tu fortaleza protegerá a los nacidos en tu seno. Eres México, dueño de leyendas, misterios y romances, de tus parques se inspiran los poetas errantes dando al mundo versos, prosas y elocuentes estrofas. Por tus esquinas me tropiezo con un Diego Rivera que retrata tu tragedia en miradas de Frida Khalo, por tus señoriales cafeterías me bebo un café discutiendo la Premonición de Lilia Carrillo y su angustia por los grises que te matizan… yo le digo: Tranquila. La fuerza de tu patria puede más. Los colores volverán.


El vacío y el miedo acallaron tus rancheras. Ese grito de los charros llamando a la alegría, rascando sus guitarrones, riendo con sus bigotes expandidos, los extraña tu tierra y las tierras hermanas. ¿Dónde te has escondido Pedro Infante? Llámalo, búscalo, dile que regrese a animar la fiesta. No permitas que las mascarillas ahoguen nuestro canto. Me la quito, grito un “Viva México” que sólo pulmones bien hinchados son capaces de soltar y te beso, rompo las reglas y te beso la mejilla afiebrada para que luego tú beses la mía.


Me tomo un minuto para pasear por tus plazas y observo al niño que camina cansinamente. Le narro la pasión de Octavio Paz consiguiendo una sonrisa suya pero no la veo, no puedo verla. Maldita máscara de la muerte que me oculta el gozo de la inocencia. Sólo miro sus ojos llenos de esperanza que se achinan al ser feliz de nuevo. Le recuerdo lo sano que es amar y lo mucho que tus calles extrañaron sus juegos de balón en su ausencia. Sufres por aquel toque de queda que te robó la compañía de los pasos, la emoción de los abrazos. El silencio enfermo baila por tus fanales, tosiéndote en la cara y burlándose de tu tolerancia. Me indigna, me exaspera, me provoca clamar por tus legendarios toreros para que lo acorralen en la arena.


¡De qué manera la desolación arañó tu rostro tricolor!... No permitas que sus cicatrices surquen tu piel, que no queden vestigios de este tiempo miserable que puso a prueba tu coraje como Dios probó a Abraham. Persevera, levanta al enfermo y dile que camine, que mire, que ría. Dile que me acompañe a buscar a una amiga y saldremos a conocer la ciudad sin cadenas. Recuerda que por ti caminó una cultura ancestral y perdura reflejándose en tu gente. Diles que no se escondan tras las cortinas ni nieguen sus vidas por temor a la muerte. Malditos sean los que no se atreven a mirarte, malditos los que enlodan tu nombre y dan la espalda a tu petición de una mano amiga… malditos lo que no te besan y tratan de ensuciarte… malditos todos los que no griten un “Viva México, cabrones”

viernes, 1 de mayo de 2009

Te encontraré


¿Te acuerdas cuando brincaste al escalón del vagón y te despediste de mí con un ademán triste y abatido? Supe que no volvería a verte y apreté mis párpados un segundo para retener esa imagen de ti en mi mente, tan bella e inocente. Luché, luché con todas mis fuerzas para alcanzarte, para que no te llevara ese tren oscuro, horripilante… transporte de lamentos y tormentos de una ciudad vapuleada. No pude hacer nada.

Qué duro fue desprenderme de tu abrazo. Al separarnos, noté que mis brazos me ardían al saber que no volverían a rodearte. Te ibas, te ibas hacia un destino que ni tú ni yo conocíamos entre tanta confusión y dolor. Nos dividían como una antigua estrategia bélica para vencernos, pero esta vez no éramos un ejército sino que sólo un pueblo marcado por la historia, por la fe y la convicción.

Intenté acompañarte en tu trayecto por el andén pero me fue imposible. Di un par de pasos siendo inmediatamente impedido por cañones fríos . Seguías mirándome por la ventanilla y reparé en tus lágrimas tan idénticas a las mías. Suspiré llenando mis pulmones de plomo líquido al hacerlo. No lograba soportar el peso de esa despedida forzada que contraía mi alma. Depositaste un beso en el vidrio y lo sentí vívidamente contra mis labios. Volví a llorar.
De pronto, la voz socarrona del soldado se escuchó por sobre el llanto de la gente que, al igual que nosotros, se despedía a gemidos. Aquella voz dio una orden y me estremecí ante la idea de tener que acatarla para siempre. Pudiste ver que me negué a formar la fila que nos imponían. Ya me conoces, soy muy testarudo. El soldado me miró con sus ojos vacíos, opacos, y de un ágil movimiento me dio un fuerte culatazo con su arma. Miré el brazalete que llevaba en su brazo con una insignia cruzada y lo escupí con mi saliva sanguinolenta. Arremetió de nuevo contra mí sin importarle mi obvia desventaja.

Era increíble el poder de la SS sobre las personas. Eran dioses. Podía ver en sus facciones cuadradas y sin emoción, la frialdad robótica de quien es cegado por un odio que ni siquiera recuerda cómo se engendró. Yo lo miraba compasivamente, lamentaba su ignorancia, lamentaba que sus venas, una vez portadoras de sangre caliente, no fueran más que alambres enredados dentro de un cuerpo rígido. Me incorporé para hacerle frente con el mentón alzado, volvió a ladrarme que me formara y me mantuve clavado en la tierra sin moverme. Afortunadamente, el tren que te raptó se había perdido en la curva de una colina y no viste los golpes. Sólo quedamos los hombres, de pie en esa estación atestada, perdida en el mapa. Nos revisaban las manos. No sabía para qué querían revisar mis manos. Son feas, callosas, ásperas… mis ojos son infinitamente más elocuentes.

Al vernos despojados de nuestros tesoros, lloramos en silencio con la mandíbula oprimida. Parecíamos un grupo de niños, temblorosos y vulnerables. Los soldados nos ignoraron, ya habían cumplido su cometido de destruir nuestro espíritu. Miré por sobre mi hombro y supe que todos los castigados guardábamos la misma voz de esperanza. Prometimos volver a encontrarlas. Yo volveré a encontrarte.

miércoles, 22 de abril de 2009

Otoño perdido





¿Qué ha pasado con el viento fresco que me peinaba el cabello? ¿Qué ha sucedido con esa lluvia seca de hojas marchitas y amarillentas? ¿Alguien olvidó apagar el sol y recargar de agua las nubes? ¿Alguien no está haciendo bien su trabajo?... Cientos de interrogantes y ninguna respuesta llegaba a mi mente. Caminaba por las calles de Santiago en busca del otoño que tanto adoro sin hallarlo. Sólo calor, sólo cielo desteñido con vestigios de contaminación me coronaba la cabeza y seguía sin entender. Me sentía fuera de lugar, me sentía extraída de mi hábitat natural para vivir en Marte, rodeada de llanura y volcanes.

Cuando se ha nacido en una estación determinada la piel grita lamidas de ella una vez cada año. La mía está sedienta, triste y confundida. Maldito calor que fustigas sin clemencia… ¿Quién se habrá robado el otoño? ¿Habrá sido el Grinch al que temen los niños las noches de navidad? ¿Habrá encontrado otro tesoro en su oficio?... Sigo arrastrando los pies por la ciudad, observando todo a mi alrededor. Sonreí con amargura cuando me dije que la respuesta a tantas preguntas las tenía frente a mis narices y no las veía. El urbanismo celoso había estirado su mantel de asfalto sobre varios espacios de verde color y derribado árboles con lo implacable de su paso; era lógico… ¿Cómo podría respirar la tierra? ¿Cómo podría clamar al cielo un poco de lluvia si le han tapado la boca con kilos y kilos de cemento? Se me apretó el corazón al comprender que ya no había marcha atrás… una estación menos y contando, después sólo habrá verano…

lunes, 6 de abril de 2009

6 de abril




Dedicada a mi mejor amiga Claudia en el día de su cumpleaños





Las hojas cambian de color de una forma distinta este día. Sólo hay que recordar que es 6 de abril para que incluso la gente alrededor sonría más intensamente. Muchas veces me lo pregunté antes de responderme. No entendía el dorado especial con el cual se vestía el sol e iniciaba la mañana, no entendía el aroma singular del rocío en la hierba ni las partículas de agua que me lavaban el rostro al salir temprano de casa. Siempre el 6 de abril llegaba con algo mágico, algo indescriptible volando en el aire como pura fantasía. La contestación a mi inquietud sobre su belleza no llegaría sino hasta conocer a quien le pertenece esta fecha: una princesa de cuentos de gran gallardía colgada al cuello. Aquella princesa es real, tan tangible como la arena, tan impulsiva como el mar. Ella es mi amiga, mi heroína, mi rescate y rescatada, mi valiente y asustada.




El 6 de abril todo el bosque está de fiesta. Las brujas dejan sus calderos para salir sobre sus escobas en pleno vuelo, los magos decoran el cielo con la gloria colorida de sus hechizos, las hadas aparecen entre las flores y cubren todo de plata al agitar sus alas, y los revoltosos duendes abandonan sus refugios celebrando a esta princesa inmortal sin verdadera edad. Aplaudo la música del flautista que vino a verla, enamorado, le aplaudo sus intentos por maravillarla mientras que ella sentada bajo un árbol, ríe melodiosamente antes de soplar sus años del pastel adornado. La princesa pide un deseo y yo pido mil más a su favor. Me agradece con esa humildad imposible y yo, como leal servidora, tomo mi guitarra para cantarle una canción o tal vez dos. Sí, el 6 de abril todo el bosque está de fiesta.

viernes, 3 de abril de 2009

Cuando te pienso, te siento… cuando te siento, te extraño


La lluvia resbala por el cristal de mi ventana y me obsequia miles de lágrimas.
Tanto he llorado que el otoño acudió a mi llamado y me releva en llanto.
Hoy es un buen día para recordar, sobre todo cuando el cielo se viste de plata,
cuando el viento se alza y las hojas secas se revuelcan alocadas.
Me recuerda a ti. Me transporta a esas tardes entrañables en donde me hablabas y yo escuchaba. Porque sí, te escuchaba, masticaba cada palabra tuya y te respondía con la misma energía. ¡Cuántas veces reímos desbordando libertad y alegría!
Creo que sabes que te pienso, que te siento, que te extraño;
pero como un ciego entre colores no sabes ni cómo ni cuánto lo hago.

Afuera sigue lloviendo, me encanta ese sonido muy parecido al aplauso... ¿Recuerdas cuando lo celebrábamos sin la distancia como obstáculo?, ¿Recuerdas cuando vibrábamos con cada trueno y relámpago?... Ahora cada primera lluvia la disfruto, la venero, la siento igual que besos en el cuerpo.
Salgo de mi casa bebiendo algo fuerte para despertar la nostalgia, rebusco en mis bolsillos el cigarrillo sobreviviente de los cientos que fumé pero pequeñas gotas reposan en el tabaco humedeciéndolo con desdén.
Lo sé, no debería fumar.

jueves, 2 de abril de 2009

El Nuevo Sistema de Locomoción Colectiva


Dedicado a toda la esforzada clase media




Santiago, 10 de febrero del 2007
04:30 am

La madrugada fría de un verano algo extraño atravesaba el suéter de Cristóbal, un hombre de cincuenta años quien recorría las desiertas calles de su localidad oyendo el piar de las aves. El silencio era total y su impotencia absoluta luego de ver en el noticiero matutino el desorden de un nuevo sistema de locomoción colectiva. Ese silencio no era buena señal. Su piel se erizó convencido de ser presa fácil para los delincuentes, como también saber que aún le faltaban diez cuadras para llegar al nuevo paradero. Sus pasos producían eco, su mente trabajaba en miles de pensamientos rogando a Dios llegar a tiempo a su trabajo. Ser padre de cuatro hijos, de los cuales dos iban a la universidad, no era tarea sencilla para una familia de clase media. Maldijo al gobierno con los dientes apretados, maldijo su mala suerte, a su país y gente que más que apoyarse sólo se caga entre ella… un segundo… no era el eco de sus pasos lo que oía. El golpe estridente en medio de su cabeza lo derrumbó como un tronco cortado sobre la tierra. El dolor fue inmenso, los latidos en su cerebro retumbaban igual que percusiones africanas sintiendo un extraño calor descendiendo despacio hasta su cuello. Con la vista nublaba, no supo qué lo había golpeado, pero al girar hacia su costado pudo notar un par de pies desconocidos que sin conformarse con tenerlo a su merced, lo pateó en las costillas percibiendo cómo se rompían con el impacto. Definitivamente, Cristóbal llegaría tarde a su trabajo…


05:30 am

A veces se injuriaba el hecho de ser joven y atractiva. No había peor cosa que sentir una mano ajena tanteando como invidente por recodos privados sin poder hacer más que fruncir el ceño y soltar palabrotas en defensa. Entre toda esa aglomeración, Javiera buscaba la forma de poder subirse a ese autobús de nuevo recorrido sin poder conseguirlo. Las paradas estaban atestadas de gente disgustada que miraba sus relojes con odio y a la vez con marcado fastidio. El sol aún tardaba en salir por la cordillera, era como si se avergonzara de iluminar semejante caos ocultándose lo más que pudiese. La joven terminó por desistir alejándose del autobús para dejar pasar a los insistentes. Algunos, sumidos a la desesperación de no retrasarse el doble, pateaban las puertas traseras exigiendo la subida por la parte posterior. El conductor del vehículo no se daba ni por aludido. Giraba el volante, presionaba el pedal y aceleraba ensuciando el hastío de todos. Javiera no hacía más que menear la cabeza agradeciendo al gobierno por esa complicación aditiva a una vida ya intrincada, donde aquel país olvidado por la justicia era manejado por el que tiene el mejor automóvil y el mejor traje de diseñador italiano.
Con la vista perdida observaba cómo algunos se aprovechaban del pánico y robaban a personas tan esforzadas que cada peso era en realidad una gota de sudor. Mujeres con bebés tratando de acaparar un espacio, mujeres ancianas sin energías y mujeres embarazadas que sólo le hicieron recordar a su mejor amiga, quien de seguro estaba teniendo el mismo problema que ella…


7:00 am

No tener el vientre notorio sí que era una desventaja. Con sólo tres meses de gestación muchos no le creían que esperaba familia y esa mañana no fue la excepción. En el interior del subterráneo, la idea de: “comparte tu maldito metro cuadrado” le causaba una risa amarga. La humanidad se estaba agotando junto con el sueldo de los obreros haciendo que el traqueteo del vagón excitara a los madrugadores pervertidos. El certero golpe de un codo en su vientre le hizo perder los colores del rostro. Un mareo desvirtuó su visión, parecía ser que nadie se daba cuenta de su desesperación y el miedo que recorrió su espina dorsal le congeló hasta la punta de los pies.
No podía doblarse en dos por el poco espacio que la rodeaba, no podía salir porque estaba atrapada en ese mar de personas furiosas y detener el carro era algo absurdo. “Vamos, Ana… tranquila”, se decía en una letanía armonizada por sus respiraciones profundas. De pronto, una mano traviesa rebuscaba en su bolso algo de valor que justificara el hecho de levantarse temprano a delinquir. La muchacha no había reparado en eso por la preocupación de ese dolor en su vientre. Aquella mano paseó con propiedad en el interior hasta hallar el móvil de cien mil pesos que Ana aún estaba pagando en las cómodas cuotas que se transan con alguna casa comercial…


7:15 am

Atravesar ese sitio árido empolvaba sus zapatos escolares impecablemente lustrados por su madre y realmente no le importó. Tenía el presentimiento que alguien la seguía recordando fastidiada que aún le faltaban cuatro cuadras para tomar el nuevo autobús rumbo a la escuela. La intuición le gritaba al oído que no se detuviera, que corriera más rápido pero no fue suficiente. Unas manos fuertes la cogieron de los brazos empujándola a un lado del camino. La chica de dieciséis años cayó con todo el peso de su cuerpo sobre unos pastizales secos, el terror reemplazó la sangre en sus venas y su corazón palpitaba estrepitosamente al ver que un cuerpo desconocido reposaba sobre ella, jadeando como perro cachondo, hurgando en ella al igual que un ladrón de medianoche. Luchó de forma instintiva, moviendo sus brazos y piernas para defenderse pero aquellas manos eran más gruesas, más decididas. En su mejilla podía sentir la barba sucia de días sin afeitar, el aliento a alcohol y cigarrillo de ese tipo resoplando en su oído, murmurando las palabras más asquerosas que en su vida hubiese oído. El hombre rasgó sus bragas sin compasión abriéndose paso con la cadera ruda y rompió su virginidad salpicándose de sangre. La arcada que se generó en la garganta de la niña con el primer empuje dentro de ella, quedó para siempre marcada en el alma más allá del par de bofetadas que recibió por pedir una ayuda inexistente…


8:00 am

Uno de los tres celulares que había extraído de las carteras vecinas estaba vibrando en su bolsillo. No quiso responderlo pero notó que era de esa chica que inhalaba tocando su vientre. Se giró y advirtió que se trataba de un mensaje: “Ve a la Posta Central… se trata de tu hermana”. El joven delincuente enarcó una ceja y le importó un carajo. La victima de su atraco se había bajado hacía un par de estaciones atrás, por lo tanto se excusó con ese ridículo pretexto. Caminó entre los pasajeros dificultosamente estudiando con sus ojos entrenados cada joya, reloj y billetera que pudiera robar con sus dedos de seda. No había mejor negocio que todo lo que estaba ocurriendo en Santiago. Esos autobuses colmados de gente y ahora también el Metro, se convirtieron en un plato servido caliente y delicioso. Pudo reconocer a los que compartían su nefasto oficio haciéndose señas cómplices en un lenguaje deshonesto. Ya nadie protegía a nadie así que la libertad se colgaba de sus cuellos resguardándolos impunemente. El ladrón descendió del vagón cerca de la Universidad de Chile para llegar a casa y contar su motín con tranquilidad.
Encendió su televisión sonriendo por una mañana provechosa, oyendo la petición del Ministro de Transporte a los ciudadanos de tener paciencia, de que todo mejoraría, que el cambio era bueno y que la ciudad avanzaba como la gran metrópolis que aspiraban todos. Él rió de buena gana destapando una cerveza. Nuevamente el celular de esa chica vibró. Un nuevo mensaje había llegado y leyó, entretenido: “Apresúrate, Ana, por favor”.
- Lo siento, pero Ana no llegará muy pronto- bromeó sorbiendo un trago desde la lata…


9:00 am

Lágrimas impotentes salían desde sus ojos dulces al ver a su pequeña en esa camilla, golpeada, violada, despojada de su inocencia con una facilidad atemorizante. En su blusa blanca se veían las gotas de sangre que el corte en su labio había provocado. Ese hijo de puta se preocupó de dejarla bien maltratada a pesar del daño mayor que causó entre sus piernas y mente joven. Su hija mayor aún no contestaba el celular… “¿Dónde mierda está?”, se preguntó la madre.
Ese centro asistencial estaba lleno de gente, los médicos y enfermeras no daban abasto por lo que tuvo que esperar en el pasillo junto a su niña. De pronto, divisó a Javiera, la mejor amiga de Ana, pidiendo información en el mesón. Nunca imaginó sentirse tan feliz al ver un rostro familiar entre toda esa locura. La muchacha la vio con sus ojos enrojecidos y a la pequeña Beatriz recostada en una camilla con el semblante asustado y su uniforme escolar manchado… temblaba con los puños apretados. La señora no lo pensó dos veces derrumbándose entre sus brazos jóvenes para sumirse al dolor como una criatura. Javiera tragó saliva, sorprendida. No quiso preguntar nada porque con sólo verla pudo concluir e incluso imaginarlo todo.
- No puedo ubicar a Ana.
- Y yo no obtengo respuesta sobre mi padre- dijo la joven. La señora se separó de ella para mirarla sin entender- Me enteré que lo trajeron aquí, fue asaltado y golpeado camino a su trabajo.
- Lo siento mucho.
El sonido de la única televisión de la sala de espera revelaba la voz del mismo Ministro, trajeado, impecable y sonriente, hablando del progreso y la paciencia que la población debía tener para adecuarse a un sistema que estaba recién implementándose. Luego de las declaraciones, subió a su BMW azul eléctrico que de seguro ni estacionamiento tenía que pagar.
Las imágenes de los autobuses repletos, de los protestantes quemando vehículos, los conductores atrapados en un infernal embotellamiento y el brillo de decepción en la gente, sólo las llevó a sonreír sarcásticamente. Javiera cerró sus ojos por unos segundos sintiendo un nudo atado en su pecho, sintiendo el sabor de la injusticia en su saliva y fue la delgada mano de Beatriz sobre la suya la que le brindó consuelo. La miró en su uniforme ensangrentado sin poder decirle también a ella que lo sentía demasiado.

lunes, 30 de marzo de 2009

Romper cadenas


Fragmento de la novela en costrucción "Sin héroes ni modelos"


[...] Esa voz interna que gritaba sin tregua, volvía a la chica sorda y por momentos, inútil. Era increíble cómo hasta físicamente no hacerle caso entorpecía sus movimientos. Ella no sabía qué hacer, la mutilaba el miedo, la enmudecía la incertidumbre. Tenía claro lo que quería pero los medios de cómo lograrlo era sin lugar a dudas la causa de sus insomnios. Decepcionar a quienes la rodeaban siempre prevalecía ante cualquier pensamiento o deseo. Era su mochila llena de ladrillos.


Tenía miles y miles de páginas escritas a medio terminar. Barajaba entre sus dedos posibles proyectos letrados que mantenían la herida abierta debido a sus puntos suspensivos. En cada presión de una tecla, el impulso innegable de la joven por contar historias le soplaba al oído alguna fantasía que adornara la vida e hinchara la realidad. Ella inmortalizaba todas esas ideas pero sólo eso… ¿Cómo atropellar su responsabilidad profesional para abrirse camino hacia su real vocación? De seguro sus padres no lo permitirían y fue entonces donde recordó una vieja plática al interior de su casa.


- Quiero escribir.
- ¿Piensas ganarte la vida vendiendo libros?- le preguntó su padre, con voz fría y prejuiciosa.
- ¿Acaso quieres que la pierda haciendo lo que no quiero?
- No seas exagerada.


La muchacha sonrió volviendo a lo suyo. Recluida entre las cuatro paredes de su oficina, imaginó lo que sería sentir la lluvia en el rostro y reír como una niña con esa gracia pronta y auténtica. Cuando se entraba al limitado mundo de los adultos, muchas veces se olvidaban las formas de carcajear ruidosamente. Los años seguían escurriéndose como agua en una fuente sin dar tiempo siquiera para sentir nostalgia. Sus dedos se tornaban rígidos y nebulosa la mente al confundir los recuerdos con la ficción. Parecía que las historias huían de ella de manera despavorida, abandonándola a mitad de un sendero sin claro destino. Temía ante la duda de qué sucedería si fallaba, si no era lo suficientemente buena en ese universo de vidas inventadas. ¿Habría que romper cadenas dejando de ser esclava de la desesperanza?... justo en esa pregunta, un compañero de trabajo se dirigió a ella pidiéndole un aburrido documento. Era lunes otra vez [...]

lunes, 23 de marzo de 2009

En las desconocidas... nos conocemos


Frase otorgada por mi amigo Sebastián Escobar



Mientras me hablaba de manera tan perversa y ponzoñosa, mientras me escupía esa toxina que sólo paralizaba mis movimientos como mordida por una cobra, recordaba los hermosos instantes donde ni siquiera vislumbraba la posibilidad de ser herida por sus palabras, sus miradas… sí, no puedo evitar suspirar con decepción al evocar su mirada, vacía y sin gracia. Comencé a comparar… no pude evitarlo, comparaba esos ojos insondables de pozos oscuros y aterradores, con aquella mirada amiga ante la cual me sentía segura, amada… reprimí las lágrimas sabiendo que no conocía nada de esa persona frente a mí, persona que se volvió de un momento a otro en un ser temible, inmenso. Intenté defenderme, no niego que también me entregué al instinto de lanzar los manotazos de ahogado que vienen como reflejo en la condición humana. Le ofendí bajo el mismo tono injurioso con el que estaba siendo ofendida yo y noté cómo hacían duro efecto mis respuestas. Su rostro se demacraba en cada una de mis inclemencias dándome cuenta que, durante aquella fracción de segundo, herir no me importó en lo más mínimo tampoco. Yo también me había convertido en ese ser inmenso de ojos insondables y lengua venenosa. Nos mordíamos como dos cobras.