miércoles, 9 de marzo de 2016

25 de marzo de 1911


El calor del hacinamiento y el aire viciado que flotaba sobre las cabezas, mantenían a las cientos de mujeres con una expresión lánguida y acalorada en el rostro. Luego de la ordenanza de los dueños de la fábrica de cerrar las puertas del taller con llave para prevenir robos, muchas de las trabajadoras se preguntaba cómo saldrían de ahí en el caso de una emergencia. De sol a sol, cosían prendas en una letanía silenciosa de miedo e incertidumbre. Donatella Abbati, una joven italiana de enormes ojos verdes, pasaba la tela por la aguja recordando su gloriosa patria. Habían pasado meses desde que había llegado a América pero sentía que eran años irrecuperables. Malditas sanguijuelas del poder y del pueblo, pensaba con asco. Tantas guerras, tanta miseria se vivía en el viejo continente, que no había nada más qué hacer que escapar, coger un poco de ropa, un puñado de billetes y el primer barco que zarpara hacia occidente. Así lo hizo ella, agitando un pañuelo blanco hacia sus padres quienes la miraban desde el muelle con dolorosa añoranza.

-¡Sigue trabajando!- al verla con la mirada perdida y la aguja detenida, uno de los capataces le espetó en un inglés que ella no entendía, pero supo que la regañaba por la pausa.

-Deberías al menos abrir una ventana con tu culo gigante, hijo de puta- rumió ella entre dientes en su italiano irreverente. La chica sentada a un lado de ella rió por lo bajo pero se corrigió al instante cosiendo más aprisa. El gringo volvió sobre sus pasos, supo que se había burlado de él y golpeó la mesa de las mujeres con su garrote haciendo temblar los fardos. El resto de las trabajadoras bajaron más sus cabezas y continuaron con su labor en completo silencio.

Así eran las deplorables condiciones de trabajo en la fábrica Triangle Shirtwaist de la ciudad de Nueva York. Con quinientos empleados, en su mayoría mujeres inmigrantes de países de Europa del Este e Italia, donde trabajaban en jornadas de nueve horas diarias más siete que se cumplían los días sábados. Todas vulnerables, con sueños rotos y esperanzas remendadas como las ropas que vestían. Ojos tristes y viejos, manos cansadas, voces que se extinguieron a mitad de sus gargantas por tragarse tanto el orgullo. Sin embargo, Donatella era fuerte, ordenada en su dinero y ahorraba gran parte de su sueldo miserable para algún día ir por su familia. Todo el mundo hablaba de América y sus oportunidades y ese era su momento, aunque le estaba costando mucho mantenerse callada y obediente.

-Hola, soy Gaetana Cadalo- una mañana, antes de la jornada laboral, la saludó la chica que se sentaba a su lado. Donatella la reconoció gracias al episodio con el capataz un par de días atrás.- No habíamos hablado, no sabía que eras italiana. Yo soy de Roma.- escuchar su idioma en otra persona, conmovió a la joven de ojos verdes y le estrechó la mano junto con dos besos sonoros en ambas mejillas.

-Mi nombre es Donatella Abbati, vengo de Nápoles- dijo con seguridad y la mejor de sus sonrisas. 

La fábrica estaba ubicada en diferentes pisos, octavo, noveno y décimo de un inmueble en toda la esquina noroeste de Greene Street. Mientras subían, varias compañeras de trabajo se les unieron con el mismo paso cansino y derrotado, como una procesión hacia lo inevitable. Cerca de Gaetana, Donatella escuchaba idiomas entre las demás mujeres que no pudo reconocer. Por ejemplo, quedó fascinada con la fuerte entonación de Marina Sokolov, una mujer de treinta años proveniente de Rusia, quien siempre cosía con fervor y cumplía un número superior de prendas. Era excelente trabajadora, lamentaba que nadie se lo reconociera. Al cruzar las pesadas puertas de entrada, el aroma a encierro fue un golpe en sus narices. La humedad del género se impregnaba en las paredes como si fuese una capa de pintura. Tres capataces conversaban con aires de grandeza mientras que las muchachas avanzaban por el ancho pasillo hacia sus puestos de trabajo, entre ellos estaba el gordo arrogante que le llamó la atención y Donatella pasó por su lado con el mentón alzado. El hombre, haciendo alarde de su ventaja, le levantó la falda con el garrote al tiempo que ella caminaba. La joven italiana lo increpó sin importarle que no le entendiera y que no debía levantarle la voz como lo hizo. No pudo evitarlo, era de Nápoles y el fuerte carácter venía en sus venas.

Los capataces se largaron a reír al ver que su colega fue reprendido por una mujer y el agraviado no dudó en ponerla en su lugar. Gaetana, la chica que se mantuvo a su lado en todo ese rato, la cogió del codo para que Donatella siguiera su camino. Ella hizo caso omiso. El hombre le dio una última calada al cigarrillo que fumaba y acercó su cara colorada al de la chica quien no retrocedió un solo paso.

-¿Quién mierda te crees que eres?- le dijo y arrojó el cigarro encendido hacia un rincón oscuro del taller. Hizo el ademán de tocarle el rostro con sugerencia, pero Donatella le apartó la mano de un sólo movimiento.

-Te tocó una zorrita agresiva, ¿ah?- se burlaron los compañeros. El aludido, rojo de la rabia que iba en incremento, la tomó de las solapas de su blusa y la empujó lejos derribándola con su fuerza de gorila descerebrado. Las demás hicieron un sonido de asombro pero no quisieron intervenir o la pasarían peor. Ahí no existía ningún respeto por ellas y ganarse el odio de los capataces no ayudaría a mejorar las cosas.

Donatella, tras incorporarse y sacudirse dignamente su ropa, se ubicó en su puesto y apretaba la mandíbula como si quisiera moler rocas. Qué ganas de tenerlo enfrente, a solas, en la libertad de un barrio de Nápoles y bien que le daba una tunda como aprendió de sus dos hermanos mayores. Eres valiente, le susurró de pronto Gaetana mientras enhebraba la aguja con destreza. Donatella sonrió, inmediatamente le tomó aprecio a esa niña que por su mirada inocente no debía tener más de dieciocho años. Eso la enterneció.

El día iba normal, el mismo compás tedioso, las mismas caras de cansancio. Los capataces se ausentaron unos minutos los cuales servían para relajar un poco el ambiente. Una que otra conversación se escuchaba pero muy a lo lejos. Donatella, por su parte, le contaba a Gaetana su vida en Italia y sus ambiciones en América. Estaba segura que tarde o temprano, la mujer tendría un rol importante en el mundo moderno. Sólo había que perseverar y no dejarse disminuir por nadie.

De repente, entre el típico aroma a humedad de la tela y hacinamiento humano, un claro olor a chamuscado fue volviéndose cada vez más intenso. Donatella detuvo su costura y alzó su nariz aguileña para identificar su origen. Sin embargo, cuando se dio cuenta, un resplandor que provenía de un rincón del taller iluminó el lugar. Fuego. Llamas que lamían los fardos de género comenzaron a trepar por las paredes con su fuerza incontrolable. Todos los empleados se pusieron de pie alejándose del sitio hacia las puertas pesadas de la entrada. Estaban cerradas con llave como era habitual. La joven italiana cogió a su amiga del brazo para llevarla lejos del fuego que seguía su camino imperdonable. Unos trataron de apagarlo con golpes pero aquello no hacía más que avivarlo en todas direcciones.

Desesperadas, las mujeres gritaban por ayuda. Los pocos hombres que operaban ahí, trataban de abrir las puertas con lo que tuvieran a mano. El calor fue en aumento, como un aliento de inferno que ardía en la piel. Gaetana comenzó a llorar y Donatella trato de conservar la calma para poder pensar en algo.

-¡Cúbranse con la tela más gruesa!- ordenó a voz en cuello, las italianas le hicieron caso primero mientras que los demás las imitaron.

El incendio devoró todo material como una delicia combustible. Una marea de fuego se esparció por el techo ocupando también los pisos superiores. Un grupo de trabajadores búlgaros rompieron las ventanas para dejar entrar oxígeno y el humo salía en tropel. Donatella sentía la garganta en carne viva y sus hermosos ojos verdes estallando en lágrimas causadas por el hollín. El calor se volvió tan insoportable, los gritos tan ensordecedores, que muchas optaron por lanzarse al vacío con tal de no morir abrasadas. Gaetana se tapaba la boca viendo cómo una chica rusa, con quien compartió alguna vez su merienda, se tiró por una ventana cerrada haciéndose mil pedazos.

-¡Abran! ¡Abran, malditos! ¡Fuego!- vociferaban todos. Donatella tuvo el impulso sobreviviente de salir por las ventanas también sin importar la altura, pero se aferró a la última gota de cordura que le quedaba. Al otro lado del taller distinguió a una mujer atrapada por las llamas en una esquina. La muchacha corrió hacia ella, atravesó el fuego como su tuviera la piel de dragón y la cubrió con su propia manta. La cogió de los hombros y la guió casi a ciegas corriendo hasta el grupo que se parapetaba contra las puertas.

Fue horrible ver cómo había personas que se quemaban sin poder ayudarles, ver cómo en la desesperación seguían lanzándose al vacío. Donatella cerró sus ojos y rezó con todas las fuerzas de su fe. Recordó a su abuela, tan devota que no había domingo sin que fuera a misa, ni regaño en el que no citara algún pasaje de la biblia. Pensó en ella, en sus padres, en sus hermanos y sin percatarse, apretaba fuerte la mano de Gaetana, quien miraba las ventanas como una hipnotizada.

-¡Gaetana! ¡Ni lo pienses! ¡Saldremos de aquí! ¡Abrirán las puertas!- le ordenó pero la chica no le hizo caso. Perdida en el dolor y el terror, se zafó de su mano, corrió hacia una ventana y se perdió entre el humo para no volver jamás.- ¡NOO!- gritó Donatella y cayó de rodillas debido al esfuerzo y la tos. Su ahogo fue tal que sentía los pulmones heridos y una piedra en el pecho. Ya tumbada en el piso, fue escuchando cada vez más lejos ese infierno del que nunca debió ser parte. Después, sólo silencio…


El frescor de ese 25 de marzo acarició la piel quemada de Donatella. No supo cómo ni cuándo la sacaron de ahí, sólo supo que nunca había visto el cielo más hermoso. Poco a poco, su mente se aclaraba como si también estuviera invadida de humo. Trató de sentarse pero un tipo, al parecer bombero, le impidió que lo hiciera. El aire se sentía en sus heridas como lamidas de ácido, notó que su cabello estaba chamuscado en varias partes y sus piernas con quemaduras serias por haber ayudado a una de sus compañeras. Se le vino el recuerdo de Gaetana corriendo hacia la ventana y rompió a llorar. Sus lágrimas se encargaron de limpiar un poco la ceniza de su cara. Cuerpos, decenas de cuerpos tirados en la calle, unos cubiertos, otros aún no. Mujeres, muchas mujeres que habían luchado por salir adelante. La gente corría de aquí para allá, bomberos, policías y mirones. El fuego en las alturas aún no terminaba de extinguirse, todo era un completo caos. Donatella volvió a reposar su cabeza en el asfalto y la giró para ver a lo lejos a los tres capateces de la fábrica fumando como si hubiera sido sólo un mal día. El maldito que la agredió se veía algo preocupado. De seguro estaba pensando en que quedaría sin trabajo.


En conmemoración a aquellas mujeres luchadoras.