sábado, 7 de noviembre de 2009

Sin red de seguridad


Su hermosa figura volaba por los aires bajo el grito ahogado de la multitud. En las alturas, la veía aferrarse al trapecio con una habilidad impresionante y me sobrecogía junto con el público por temor de que por un segundo fallara en su precisión. Aquella noche el circo estaba lleno y la miraba realizar sus acrobacias desde las bambalinas de nuestros vestidores. Estaba maravillado, mucho más enamorado. El traje ceñido a su cuerpo me aumentó el deseo de viajar por sus curvas sin frenos. Me acaloré tanto que tuve que remover de mi cabeza la peluca amarilla de mi disfraz de payaso. Me mantuve allí, escondido, esperando que terminara pronto para felicitarla y a la vez jamás, porque así podía observarla a mi antojo. Se balanceaba grácilmente. Una, dos, tres… y se soltaba del columpio para girar en su propio eje y alcanzar las manos del otro trapecista que la esperaba colgando de cabeza. Quise ser yo quien la recibiera, quise ser yo el que ganara su confianza de aquella manera. Me vi caer en el abismo del amor y sin red para salvar mi vida.


- Es realmente buena ¿verdad?- me comentó el animador, detenido a un lado mío y mirando el espectáculo. Yo asentí encajando la nariz roja sobre la mía.
- Excelente- enfaticé.
- Su marido tampoco lo hace nada de mal… - agregó como un dardo envenenado directo al corazón. Volví a asentir sin hablar. La acrobacia terminó, la pareja estaba de pie en lo alto, saludando a la gente con largos aspavientos. Se besaron breve en los labios y bajé la mirada hacia mis inflados zapatos verdes.


Era mi turno de entrar. Según el itinerario que se veía algo difuso en mi memoria, decía que luego del trapecio venía el show de los payasos. Suspiré y busqué en mi interior la comedia consumida por el drama. Me fue imposible hallarla. De pronto, la mujer que amaba se acercaba a bambalinas brillando gracias a las lentejuelas y su belleza. Me puse nervioso al segundo. Lo único que se me ocurrió fue aplaudirle como un idiota. Ella me sonrió y eso me hizo ignorar el hecho de que caminaba de la mano con su pareja. “Suerte”, me dijo al pasar. Murmuré un Gracias tan empalagoso que me asqueé yo mismo. Una lágrima cayó de mis ojos embarrando un poco mi maquillaje. Me importó un carajo y me calcé la peluca de nuevo en la cabeza. Esa noche recibiría pastelazos.

7 comentarios:

MARUCITA dijo...

AUCH!

Ondina dijo...

Aaaaaaaaaaaayyyyyy!!!! Mujer!!!!!!! Me has pegado en el ápice del corazón. Bellísimo, como todo lo que tú escribes, pero éste en especial, es maravilloso. Lo amé... y también lo padecí :´(

Andrea dijo...

Vaya, pobrecillo el payaso que ama y no es amado, ama en la oscuridad, en la ilusión, a la espera de una mirada o una palabra, es conmovedor. Qué bonito Andro, me encantan tus textos. Un abrazo guapa :)

narimi dijo...

awww :(
ya sabía que la vida de los payasos era triste!

AnDRóMeDa dijo...

Maru,
En esa única sílaba resume lo que intenté conseguir con este breve relato.
Un beso para ti!

Mud,
Amiga, gracias por tus palabras ;)
Gracias por seguir aquí.
Un abrazo.

Andrea,
Me alegro mucho de que te haya conmovido, esa fue la intención. Gracias por venir.
Cuidate mucho, guapa :)

Wachy!!
Ya ves que el maquillaje puede ocultarlo todo, pero existe maquillaje para unir un corazón roto?
Un beso!!

H.Hr dijo...

awwwwwwww.

Me has matado!

¿Cómo que su marido?, ¬¬ estúpido destino.

Pero bueno, todos tenemos amores platónicos u.u

Patu dijo...

Un texto maravilloso, excelente!