miércoles, 22 de diciembre de 2010

En mi bicicleta


Siempre que pasaba por su casa en mi bicicleta ella estaba cortando sus rosas, regando el césped, volviendo de compras o ayudando a dar los primeros pasos a su hijo menor de un año. Era tan hermosa que me dolía la vista mirarla. Cuando ella dirigía sus ojos hacia mí por algunos maravillosos segundos, yo agachaba la cabeza y me ahorcaba la vergüenza. ¿Qué pensaría de mí si supiera que tenía sueños húmedos pensando en besarla, en tocarla, en poseerla?

Odiaba a su marido. Lo odiaba profundamente. Cuando llegaba de la oficina cada día a las ocho de la tarde, me hervían las entrañas. Escuchaba su auto por la calle, me asomaba por la ventana y lo veía pasar estacionando frente a su casa. No, realmente no podía soportar a ese engreído panzón. No sabía cómo un tipo así pudo enamorar a aquella diosa de cabello largo y liso como una cortina.

Allí estaba yo, conduciendo mi bicicleta miles de veces a lo largo del vecindario sólo para espiarla en sus quehaceres. Trataba de no hacerlo pero como un reloj, ella salía a regar sus plantas y yo me deshacía al igual que la tierra con el agua. Hoy le hablaré, pensé entonces, le diré lo bella que me parece y lo mucho que la quiero, que la edad no importa, que mis doce años en nada representan mi corazón que la ama como un hombre de verdad. Sólo quiero darle un beso, uno solo y luego desaparezco.

Me subí a mi bicicleta, pedaleé hasta su jardín y descendí con determinación. Mis pasos se detuvieron al verla cortando sus rosas. Parecía un cuadro hecho a mano, un ángel que podaba las plantas del paraíso. Me armé de valor y me acerqué. Ella me miró y me sonrió. Yo creo que morí un poco.

- Señora Eliana, yo… - la saliva había abandonado totalmente mi boca. El pánico me paralizó y ella esperaba la continuación de mi sentencia con una dulzura en su rostro que me enfureció. Me vi reflejado como un niño tonto en sus ojos verdes. Suspiré y me di cuenta de que no era capaz – Yo… me preguntaba si Miguel puede salir un rato. – Miguel era su hijo, mi amigo.
- Claro, está en su cuarto, pasa- me invitó amablemente. Obedecí arrastrando mis pies y con el conocido dolor quemándome el pecho.

3 comentarios:

Hernán Dardes dijo...

Amiga, un gusto como siempre pasar a leer. No lo relaciono directamente, pero hay cuento que creo que deberías leer. "La madre de Ernesto", de Abelardo Castillo. Te dejo un link. Beso!

http://elperseguidor2007.blogspot.com/2007/07/la-madre-de-ernesto-un-clsico-de.html

AnDRóMeDa dijo...

Excelente recomendación, amigo mío, tomaré tu consejo :)
Te mando un saludo, gracias por leerme y q tengas una hermosa navidad y un exitoso 2011
Besotes

Macarena dijo...

Me encantó este escrito, tengo que confesar que al principio pensé que trataria de el maniático de la bicicleta que trata de poseer a la mujer perfecta pero con el correr de las palabra pude ver que trataba de un niño tierno enamorado de un bella adulta. Me suena como al amor que tienen aungunos nenes que van al jardín por sus maestras. Es muy dulce tu historia.
Lindo blog ! Un beso !