lunes, 30 de septiembre de 2013

El que habla, habla, habla...


La verborrea se contagia así que he decidido ponerme en cuarentena por el bien de los que me rodean. Las palabras salen de mi boca como agua de una cascada, no hay represa, no hay ni sacos de arena para detener su flujo y arrasan con todo. Me miro al espejo y veo cómo el hablar me ha creado más arrugas en el rostro hasta pintarme el pelo. Cuando solía escribir por lo menos lo hacía en silencio sin perturbar a nadie, sin atropellar con impulsos de pendejo y me mantenía joven, incluso divertido. Me he perdido de buenas historias, de saludos cordiales, de argumentos válidos por no dejar de hablar. Me he perdido de la serenidad de mi apartamento mientras pregunto porqué me he convertido en un viejo odioso, en un huevón que sólo sabe de monólogos. Muchos ya prefieren evitarme, como mi mujer por ejemplo, grité su nombre para que me hiciera compañía y ni siquiera me ha respondido. Aunque me parece que se marchó, creo que algo dijo sobre abandonarme pero la interrumpí antes de escuchar un portazo.

3 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Si escucháramos más... pero hablar es tan maravilloso. A veces nuestra voz cubre demasiado, pero no hay que renunciar a la palabra llena: las huecas ni son palabras.
Un placer leerte
JM

Jerónimo dijo...

De nada sirve hablar sin escuchar a los otros.Se aprende mucho más escuchando que hablando todo el rato.
Un bien llevado monólogo que nos enseña como se puede llegar a la soledad por no escuchar nunca a los demás.

Un abrazo Andrómeda.

AnDRóMeDa dijo...

JuanMa,
Tienes razón, hablar es maravilloso, pero a veces por la boca muere el pez. Hay que tener mucho cuidado.
Un besote grande!

Jerónimo,
Así es, se aprende mucho más escuchando al otro y entenderlo es primordial.
Un abrazo para ti!