martes, 30 de abril de 2013

Mucho más valiente II





Semanas después del incidente ocurrido en el rodeo, la pequeña de nombre Dharma regresó a clases después de las vacaciones de verano. Había cumplido recién los trece años y decidió explorar su nuevo talento en vez de negarlo. Ya no era una niña. Todos los días, caminaba por las calles de la ciudad con su madre, oyendo las discusiones de los perros que a oídos de la gente corriente sólo eran ladridos o aullidos. Dharma entendía sus quejas, como el por qué ladrarle a los autos en movimiento, por ejemplo. No era por estupidez, sino una señal de protesta ante esas máquinas infernales que pasaban sin cuidado y podían matarlos. Ella jamás esperó enterarse de cosas así, como: qué perro mandaba en el barrio, o qué perro era un traidor, o a qué gato había que darle una lección. Poco a poco, su don fue ajustándose, como el vial de una radio mal sintonizada, perfeccionándose hasta alcanzar una definida claridad.

Un día, Dharma iba camino al colegio por la mañana cuando sucedió algo atemorizante e increíble. Al doblar en una esquina hacia la avenida principal, dos perros de importante tamaño intimidaban contra una muralla a otro mucho más pequeño e indefenso. Para ella fue fácil identificar la raza, se trataba de un Poodle de color blanco, posiblemente perdido, y lo vio temblando y orinándose del miedo. Aquello la hizo enfurecer y armarse de valor. No podía permitir semejante injusticia. Impulsivamente se quitó su mochila para tomarla por uno de los tirantes y usarla como arma de ser necesario. Caminó hacia los perros confiando en que comunicándose con ellos podría hacer algo. A poco de avanzar fue detectada por uno de ellos con su privilegiado olfato. Éste se volvió hacia ella y le mostró los dientes delanteros en el acto.

-         No te metas, humana, no es asunto tuyo.- le gruñó el animal esperando verla correr lejos de allí. Dharma tragó saliva pero al mismo tiempo frunció las cejas mostrándose firme, sin intenciones de hacerle caso a pesar de sentir la panza apretada.
-         Son muy valientes cuando se trata de alguien más débil que ustedes, ¿no?- dijo y consiguió que los perros, incluyendo al pequeño, se quedaran sorprendidos al entenderla claramente.
-         ¿Cómo es posible que puedas hablar con nosotros?- preguntó el otro perro sin dejar de verse feroz.
-         Bueno, soy un misterio de la naturaleza. Ahora, déjenlo tranquilo si no quieren… recibir una pesada mochila en el hocico- su amenaza de nada sirvió. Los perros, en su propio lenguaje, se burlaron cambiando su objetivo de ataque. Olvidaron al Poodle por completo y fueron lentamente hacia ella. Dharma retrocedió, buscando la forma de hacerles frente pero no lo logró. Sus largos colmillos inspiraban un horrible respeto.

Con todas sus fuerzas, la niña comenzó a correr calle abajo sabiendo que la perseguían de cerca. Dejó caer su bolso para adquirir mayor velocidad sin estorbos. Esquivó algunos botes de basura sabiendo que si fallaba un paso la alcanzarían. Al cruzar una de las calles, una camioneta gris frenó de golpe quemando sus llantas para evitar atropellarla. Dharma, gracias a la adrenalina, ni siquiera se fijó consiguiendo atravesar al otro lado por un pelo, pero uno de los perros atacantes, al que mantuvo más cerca en la persecusión, no tuvo la misma suerte. El vehículo pasó por encima de él sin darle ninguna oportunidad de esquivarlo. Se oyó su gemido breve y el animal quedó derribado sobre el cemento, inmóvil y muy mal herido. El otro perro huyó frenético al ver lo sucedido. Dharma se cubrió la boca para evitar lanzar un grito. Al intentar intervenir en una riña canina, lo que menos deseó fue hacer algún tipo de daño. El chofer de la camioneta se bajó y comenzó a revisar la carrocería para asegurarse de que no había sufrido abolladura alguna. La pequeña, en cambio, corrió hasta el perro moribundo y comenzó a llorar. Había sangre por todas partes. De rodillas a su lado, Dharma lo vio con sus ojos vidriosos y su hocico semi abierto, jadeando. Sin saber por qué, le posó su mano en la barriga, despacio, y fue entonces donde lo más extraordinario ocurrió. En cada fibra de su cuerpo humano recibió el dolor físico del animal herido: el latido errático de su corazón, la agudeza del golpe en su costado, el terror paralizante de saber instintivamente que iba a morir. Fue como absorber una ola caliente de diversas sensaciones. Las náuseas la invadieron y no dudó en retirar su mano de inmediato, como si el contacto le quemara la piel. Asustada, comenzó a temblar de pies a cabeza. ¿Qué había sido eso? ¿Había sentido su sufrimiento con sólo tocarlo? Era imposible. El estómago se le revolvió y la boca se le llenó de saliva con ganas de vomitar.

Dharma no supo cuánto tiempo había pasado. Se quedó congelada, sentada en la vereda de la avenida viendo cómo retiraban el cuerpo del perro y la gente se aglomeraba para saber qué había ocurrido. Alguien le habló de cerca pero no pudo escucharlo. Sólo el recuerdo del dolor quemante y desesperante en sí misma, en su piel, en sus venas, la tenía en shock. Se arrepintió al instante de haber intervenido en algo no le incumbía, ni siquiera como humana. Fue entonces donde llegó su padre, alertado quizás por los mismos vecinos al verla sola y afectada.

-        Mi amor, ¿estás bien?- le preguntó pero sólo silencio obtuvo como respuesta. Se inclinó frente a ella para buscarle la mirada perdida.
-         No quería que nada malo pasara…- murmuró la niña, entrecortado.
-         No fue tu culpa- dijo su padre y la abrazó con fuerza. Al separarse, la abrigó con su chaqueta, la besó en la frente y la ayudó a incorporarse para llevarla a casa.

Aquella noche, Dharma no pudo dormir muy bien. Tuvo los sueños más extraños de su corta vida. Se veía convertida en una gata de color miel, sorteando tarros de basura y saltando muros con una facilidad envidiable, como si fuera ama y señora del vecindario. Sin embargo, no estaba corriendo por gusto sino que corría escapando de los mismos perros que la persiguieron esa mañana. Escapaba a todo lo que daban sus cuatro patas felinas. Al brincar el último muro, comprendió demasiado tarde que se había encerrado en un callejón sin salida. Los enormes perros la acorralaban paso a paso gruñéndole con rabia. Ella intentaba hablar con ellos, hacerlos razonar, pero de su garganta sólo salían maullidos que los enloquecían todavía más. Cuando estuvieron a punto de atacarla Dharma despertó en su cama de un salto. La ventana a su costado ya dejaba entrar los primeros rayos del sol matutino y suspiró a todo pulmón para calmar la agitación.

Volvió a recostar su cabeza en la almohada pensando en los sueños y pesadillas que la abordaron sin permiso. Tenía el recuerdo fresco del atropello del perro y apretó sus ojos. El dolor experimentado la llevó a sacudirse en su colchón. En carne propia pudo sentir lo que era estar derribado ante la muerte, animal o humano, daba lo mismo. Es vida, dolor y muerte para todos por igual. Trató de volver a dormirse porque a juzgar por la débil luz de la mañana aún era demasiado temprano. De pronto, el canto de las aves resonó en gloria y majestad: “Arriba, ya es un nuevo día, arriba… arriba todo el mundo”, cantaban. Dharma se cubrió la cabeza con la almohada, pero no sin antes gritarles que se callaran de una buena vez.

3 comentarios:

Ricardo J. Roman dijo...

Hola, vengo del blog De Bohemia. Me ha gustado llegar aquí.

Saludos!!!

AnDRóMeDa dijo...

Hola Ricardo,
Bienvenido a mi calle de desvarío. Espero que te gusten mis historias. Un abrazo.

Ricardo J. Roman dijo...

Algo que siempre une a los lectores y escritores, los mundos inmensos que nos pueden separar y unir al mismo tiempo.