
Hicimos el amor en el pasillo, justo cuando me dijo que se iba y caminaba furiosamente hacia la puerta con su maleta. Me volví loco. La retuve contra la pared hasta que sus puteadas hacia mí se transformaron poco a poco en palabras de deseo y desesperación cerca de mi oído. Le pedí que olvidara todo y se negó. Le pedí que perdonara todo y dudó. La desvestí a manotazos aprovechándome de su vacilación y recorrí con mi boca los caminos serpenteantes de su piel. Ella me golpeó riendo, me abrazó desgarradoramente frente a la paciente maleta dejándome desarmado. Contradijo su decisión en segundos y la amé sin descanso aplastándola contra el piso de cerámica. La oí gemir, la sentí temblar, caí rendido a su lado y los minutos en el reloj sonaron igual que balazos. Quise quedarme dentro de ella para siempre, quise hacer de ese pasillo un calabozo imperante y mantenerla cautiva entre mis brazos. “Quédate… deja todo lo demás atrás”, le supliqué. “Déjame ir ahora que te amo o te odiaré desde mañana”, respondió y no pude más que liberarla con temor. Al marcharse, el sonido de la puerta fue un eco que destempló cada hueso de mi cuerpo y supe que no podría levantarme. Amaneció trabajosamente entre esas nubes gruesas de invierno. La débil luz del sol entre las persianas, me sorprendió tirado aún en el suelo y no mostré intención alguna de moverme. Mi gato, ese juerguista nocturno de mil batallas en su pelaje, había llegado por la ventana para lamer mi rostro en señal de saludo. Fue el único consuelo que obtuve esa mañana al quedarme solo.