miércoles, 29 de enero de 2014

Bienaventurados los que olvidan...



La joven no podía ver ciertas fotografías, apartaba la mirada como si la imagen le quemara la piel de la cara y le magullara el alma. Su piel comenzó a ponerse dura y grisácea, una parodia de arcilla maleable que va acorde con la desesperanza. Sentía su corazón desnivelado, creyendo que toda la sangre se agolpaba de un sólo lado y veía el mundo de un ángulo raro. Definitivamente le faltaba algo, una sonrisa, un descanso, un puto rato de no andar saltando entre historias antiguas. Ya no quería estar pendiente, no quería estar esperando que sucediera lo increíble cuando lo increíble estaba en sus manos. Ya no quería indagar ni repasar una y otra vez el camino andado, el mal paso estaba ahí, ya lo había dado y ahora qué. Para romper la pesada costra que le confinaba su libertad sólo debía olvidar y dejar ir.


2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Cuando se nos condena a recordar, estamos perdidos. El olvido no es mala terapia (aunque no siempre, que luego se escapan los culpables).
Muy lírico, en la línea que tan bien manejas.
Un saludo
JM

Luis Perez dijo...

A veces es muy dificil olvidar. Se logra creo yo cuando entendemos que todo lo pasado es experiencia para el futuro.