jueves, 24 de octubre de 2013

Piedras en el camino



A ciento veinte kilómetros por hora… ¿Por qué llevaba tanta prisa? ¿Hacia dónde iba? ¿Por qué discutíamos con Andrea? ¿De dónde salió la piedra? ¿Dejaré de escuchar en algún momento ese escándalo de vidrios y huesos rotos que por las noches me despierta? ¿Qué hice yo luego? No lo recuerdo. Sólo luces, frío, abandono, miedo y rabia. Su voz ronca a mi lado enmudeció la mía, sus labios entreabiertos liberaban suspiros de agonía que me sonaban a gritos, el parabrisas estaba despedazado y una piedra ensangrentada yacía en el piso del auto. Dolor, sólo dolor.

Después de esa noche creo que morí un poco. Personas me hablaban pero mis oídos estaban inundados de lágrimas porque sólo escuchaba murmullo de agua. Un canal desembocándome justo en el corazón. Las autoridades me preguntaban mierdas que no sabía contestar, pero ellos insistían en que sí, ¿acaso me había vuelto transparente y veían respuestas ocultas? ¡No sabía nada, maldita sea! Poco a poco fue disipándose la niebla en mi mente y desde un espacio vacío en el que estaba, me vi de repente en la autopista, en algún kilómetro determinado, a poca distancia de un paso nivel.

-Alguien lanzó una piedra a su vehículo desde la altura, señor- me informó un oficial mientras los paramédicos se llevaban a mi esposa con el cráneo destrozado. Creo que caí de rodillas porque cada vez que evoco ese momento, viene acompañado de un breve dolor en mis rótulas. La prensa no tardó en llegar y cuando vi mi rostro por la pantalla balbuceando sobre lo ocurrido esa noche, supe de inmediato cómo me vería a los ochenta años. Mi piel se había roto tal cual lo hizo el vidrio de mi auto.

Fuimos noticia por toda una semana. En mi casa la gente iba y venía, las palmadas en mi espalda me tenían la piel enrojecida y mi perro me seguía para todos lados. Yo caminaba perdido, por primera vez solo desde que la había conocido. Andrea fue internada de urgencia y con su coma se llevó nuestras conversaciones al limbo durante semanas. Las fotografías de nuestra boda celebrada el año pasado, me miraban desde las paredes como ventanas a un universo paralelo. Sintiéndome microscópico, me refugié en la clínica esperando noticias como un lobo hambriento. Merodeé tantas veces sus pasillos que parecía un enfermo siquiátrico. Flaco y extraviado.  

-Vete a casa un rato, hijo. Cualquier cosa que sepa, te llamo- decía mi madre, preocupada por los círculos oscuros alrededor de mis ojos.
-Quiero estar aquí cuando despierte- me negaba, terco hasta el final.

Andrea despertó un sábado por la tarde y yo estaba a su lado, con su mano lánguida entrelazada con la mía. Llovía afuera y hacía frío. Fui tan feliz que lloré entre los brazos de una de las enfermeras de turno. Me acerqué a mi esposa y ella me miró perdida hasta que fijó lentamente sus ojos castaños en mí. La saludé y mordí mis ganas de llenarla de besos. Su cabeza estaba sumergida en vendajes y algodones que aumentaban el doble su tamaño. Sin embargo, las semanas siguientes de nula reacción se transformaron en meses. Las noticias en la televisión habían cambiado. Creo que sucedieron las eliminatorias para el Mundial, una elección Municipal, bajó el precio del dólar, subió la bencina… no estoy muy seguro. Lo único que tenía en la cabeza era que el doctor me había pedido fuerza ante la posibilidad de que mi esposa no volviera jamás.

Por otro lado, mi abogado me hablaba de burocracias asquerosas, trámites, demandas y papeleos que no estaba en condiciones de llevar a cabo. Mi cabeza se había vaciado de todo tipo de pensamiento fuera de la clínica. Creo que me dijo que el responsable había sido un chico de catorce años, menor de edad y por tanto, inimputable. La impotencia que me invadió mantuvo mis lágrimas a raya y calientes como la lava. ¿Cómo era posible que cosas así ocurrieran sin culpa alguna? ¿Qué mierda quería lograr ese pendejo? ¿Dónde estaba Dios que no detuvo esa roca? ¿Dónde está Dios que no lo condena? ¿Dónde está? Apreté mis dientes y me encerré en la habitación con Andrea. Lugar que se había vuelto mi hogar.

Celebré el Año Nuevo con mi cabeza apoyada en el regazo de ella. El verano fue un sol pasajero por la ventana y las hojas del otoño me saludaron en su corto viaje hasta el pavimento. No fue sino hasta su cumpleaños a mitad del invierno que Andrea volvió a abrir los ojos y movió un poco sus labios, como si quisiera comunicarme algo. Para mí fue un acontecimiento tal que vomité en el baño de la emoción. Acerqué mi oído a su boca, deseoso de escuchar su voz otra vez. Esperé ansioso casi una hora, la miré de frente adivinando su expresión. Leí su ceño, las líneas de sus facciones, la luz en su mirada. Fue inevitable. Habló lento, entrecortado, bajo y desafinado, pero aún así, le entendí bien y solté el llanto.

-Eres joven… Vive por ti… vive por mí. Te amo…- y después de eso, sólo silencio.

1 comentario:

Juan manuel S dijo...

Una piedra, una humilde piedra que apenas arroja sombra, es capaz de tapar una vida entera.
Un beso
JM