martes, 25 de junio de 2013

Escape al verdadero dolor


La odiaba. La odiaba porque había logrado desnudarlo, vulnerarlo, exponerlo como nadie. Esa mirada asesina suya entraba por la cuenca de sus ojos hasta su cerebro ocupando cada rincón, cada ángulo de ese laberinto de desvaríos. Sí, la odiaba porque besaba exquisito, porque lo mordía en ese punto irreverente donde se rompía todo tipo de límites y se elevaban las pulsaciones hasta provocar un caos cardiaco. Ahora el frío aumentaba y las sábanas de su cama vacía la hacían parecer un mar muerto. El joven cogió su vieja patineta y se largó calle abajo rogando encontrar un bache en el asfalto y romperse algún hueso. Cualquier dolor físico sería bienvenido para aminorar el invisible que atenazaba el de su pecho… su maldito pecho que por lo amplio recibía todo balazo.

Se detuvo en alguna parte de esa ciudad sin dueño. Alguien le habló muy de cerca pero no escuchó, alguien lo intimidó pero no respondió,  alguien lo empujó con fuerza arrojándolo al suelo mojado por la lluvia pero ni siquiera se defendió. Recibió una que otra patada que agradeció, es más, los invitaba a seguir con un ademán de su mano. Su billetera, su reloj y su patineta desaparecieron en una loca carrera de hienas, pero aún así, derribado bajo una lluvia que recomenzaba, el joven sonrió ligeramente tras sus frescas heridas. Por lo menos esos nuevos dolores lo distrajeron del más grande que era saber que realmente no la odiaba para nada.

2 comentarios:

Jerónimo dijo...

Un relato duro. Hay que estar muy herido para buscar el dolor físico.
Y el amor es capaz de hacernos sentir esa sensación, ese deseo...

Abrazos

Sindel dijo...

Muy buen relato, a veces uno trata de negar lo que siente, por miedo, porque es algo nuevo para probar.
Un beso