
Dios había callado por millonésima vez y no podía hacer otra cosa más que fumar, impotente y disgustada. Las Avemarías aleteaban a mi alrededor preguntándome por qué se debían repetir tanto, convirtiendo la fe en una aburrida letanía, un fastidio. Y pensar que escribí “Latido” un 11 de julio con la esperanza de que al volcar mis temores un milagro ocurriría. Nada pasó. No me volví valiente ni el ritmo constante de su pecho continuó a pesar de así quererlo. El destino me escupió en la cara y la persona que temía perder se fue tranquilamente una madrugada. Mis lágrimas se desprendían de mis ojos como trozos de pintura vieja desconchándose del techo. Las manoteé sin cuidado. Los rostros que conocí sonrientes me resultaron extraños bajo la sombra de un semblante que ha visto la muerte de frente. Todo era diferente. Estaba sometida al pellizco del dolor en mi corazón y volví a fumar para calmar la ansiedad. Me había acostumbrado a esperar, sólo esperar, pero ya no había motivos para hacerlo. De pronto, el tiempo me pareció que corría inútil y demasiado lento.