miércoles, 7 de enero de 2009

La princesa, el plebeyo y el caballero negro


La cogí de la mano y comenzamos a correr. El viento frío se colaba por mi cabello mojado enfriando mi sudor, sentí un estremecimiento por mi columna vertebral que sin exagerar, sólo pudo compararse con la sensación de tener sus dedos apretados contra los míos. No podía creer mi atrevimiento. Nunca nos habíamos tocado antes, pero aquella tarde, tan exaltados como estábamos, fue una acción casi instintiva. Corrimos, corrimos tanto que apenas pude determinar la distancia. Esquivamos matorrales, árboles, piedras y lodazales. Su vestido de princesa estaba salpicado por el barro pero no le importó y aquello me hizo amarla todavía más si era posible. Escuchaba a nuestras espaldas el galope del jinete oscuro que nos estaba persiguiendo causando que mi corazón reventara en latidos ansiosos. Lo vi blandir su espada resollando a través de su yelmo, tan sediento de sangre y lucha que no parecía humano. No supe muy bien hacia dónde dirigir nuestros pasos, porque sólo una idea tenía fija en mi mente desordenada: salvarla.

Sumidos en la incertidumbre, nos introdujimos más profundamente en un bosque frondoso, sin claros ni valles cercanos, sólo infinita vegetación se extendía a la vista y eso nos favoreció para nadar entre las hojas. En cada paso ayudaba a la doncella a saltar sobre las rocas más sobresalientes. No fue por creerla incapaz de hacerlo, sino por la intrínseca caballerosidad de un joven pueblerino; aún así seguía sorprendiéndome, su determinación de mujer feroz la llevó a brincar como gimnasta sobre sus pies y eso me dejó sin aliento. Se movía de forma hábil, resuelta y desinhibida. No pude quitarle los ojos de encima.
- ¿Qué sucede?- me preguntó. Quedé en blanco sin tener consciencia de mi voz.
- Nada- dije obligándome.
- Pues bien, sigamos.


Tiró de mi brazo sacándome de mi embeleso bruscamente. No teníamos tiempo para miradas elocuentes o momentos empalagosos cuando se temía por la vida misma y si deseábamos conservarla sólo debíamos escapar. El jinete consumía los metros de distancia entre nosotros, vapuleando su corcel para llevarlo hasta el límite de sus esfuerzos. El animal de negro pelaje, relinchaba en cada galope expulsando vapor desde su hocico espumoso. De pronto, la costura de su vestido se enganchó de una gruesa rama a un costado. La tela se rasgó pero no la liberó de inmediato. Con desesperación, quise cortarlo a la altura de su muslo pero nuestro perseguidor estaba a sólo tres zancadas. Me afiancé de mi espada llevada al cinto desenfundando el acero para defendernos. Si alguien moría aquel día brumoso, definitivamente sería él. Fue entonces donde giré sobre mis talones y enfrenté ese rostro cubierto por una armadura de hierro. Verlo correr hacia mí, tuvo el mismo efecto que ver un tren a toda marcha mientras estoy detenido en medio de las vías. Mis manos temblaron. Podía adivinar el odio en sus ojos, la frigidez de su mandíbula y lo acelerado de su corazón endurecido pero no me importó. Apreté el mango de mi espada esgrimiéndola justo en el instante en que trató de pisotearme con los enormes cascos de su caballo.


Mi espada liberó chispas cuando el acero chocó contra el del enemigo y el sonido del metal resonó por todo el bosque al igual que una campanada. Volví a arremeter casi a ciegas, encontrándome nuevamente con la reacción del jinete interceptando mis golpes. Debía admitir que era un guerrero muy bueno, no muchos podían reaccionar de manera tan precisa al estar escudado con tanto hierro en las extremidades. Cuando agradecí al cielo por mis reflejos oportunos, aquel Caballero intentó cortarme la cabeza por cuarta vez logrando cortar sólo el viento con sus ademanes. Tuve la inyección de adrenalina necesaria para agilizar mis movimientos y convertirme en un guerrero digno para él. En ese momento, al reparar en el cansancio de su cuerpo metalizado, doblé mis rodillas para herir al caballo en las patas. El equino lanzó un gemido cayendo de bruces. Esa inclinación provocó que el jinete fuera derribado de su silla, aterrizando en la tierra húmeda a brazos extendidos. Supe al instante que no tendría otra oportunidad como aquella y decidí atacarlo allí mismo, vulnerable a mis pies, como tantas veces tuve que estar yo sirviéndole debido a mi condición de plebeyo. Se me hizo agua la boca mientras cambiaba mi espada de una mano a la otra. Estaba dispuesto a rebanarle el cuello sin asco alguno. Levanté mi arma por sobre mis hombros, visualicé mi objetivo entre las capas de la armadura y en el segundo de bajar la espada, una mano me contuvo las intenciones cogiendo mi mejilla para capturar mi atención.
- No lo hagas… tú no eres como él- me sopló ella de tal manera que pensé que me había recitado el comienzo de un poema. Mi ira frenética se desinfló.
- Por ti, me convertiría en un asesino a sangre fría.


Ella se sonrojó al oírme pero no nos detuvimos a asimilar nuestras palabras. Volví a enfundar el acero en mi cinto y retomamos la carrera lejos de ese hombre envasado en su propia crueldad. El cielo sobre nosotros liberó un rugido desconcertante antes de que comenzara a llover. La cortina acuosa nos empapó de sólo un parpadeo y me perdí de nuevo en esa belleza celestial que me contuvo los latidos. Aquella princesa fugitiva, corría a mi lado con sus cabellos adheridos al rostro rompiendo su seriedad. La sonrisa que surcó su boca, parecía ser incongruente a las circunstancias pero me llenó de calidez el pecho. Encerré nuevamente su delicada mano con la mía y seguimos el sendero ya despejado. Casi al mismo tiempo, distinguimos un viejo sauce de hojas lánguidas frente a nosotros, lo suficientemente largas y frecuentes para protegernos de la lluvia y de nuevos peligros. Sin dudarlo, nos refugiamos bajo las greñas de aquel árbol triste, sintiendo el cansancio de años mordiéndonos el cuerpo.


Allí, abrigados a merced de un paraguas natural, pude apreciar cada detalle de sus facciones a mi antojo. Era realmente espléndida, como una sirena de ojos plateados. La cadencia de su respiración me calmó el ímpetu del reciente enfrentamiento y un letargo satisfecho me invadió por entero. Ella se sentó en las raíces levantadas, yo la imité tomando lugar a su lado. Me sentía con el corazón desaforado. Estaba seguro de haber quemado toda timidez en mí gracias al fuego de cuidarla bravamente y aproveché ese impulso para desenvolverme de manera diferente. Ya no era el plebeyo, ya no era el simple pueblerino que la veía como un ángel inalcanzable; estábamos allí, bajo las mismas condiciones, sumidos ante el mismo destino fortuito y me sentía como un rey poderoso. Ninguno podía articular palabra ni emitir sonido, el aura se había intensificado tanto entre los dos que nos robó deliberadamente la sorpresa, sabíamos que era ése el momento de unir por primera vez nuestros labios y mis músculos se tensaron. Ante esa batalla yo ya estaba vencido incluso sin haber empezado…



- Hija… ¿Estás aquí?- la voz de una mujer nos hizo brincar al unísono. La mano de la recién llegada apartó el mantel blanco de la mesa para poder ver bajo ella. Nos encontró enseguida, tomando a mi amiga de la mano- Vine a buscarte, estás empapada… ¿Qué le pasó a tu vestido?
- Debíamos escapar, mamá- le respondió mi amiga, saliendo de nuestro refugio hacia la amplitud de la sala de mi casa. La señora resopló mientras miraba sus ropas sucias de lodo y el peinado desarmado por culpa de la lluvia- Casi nos atrapa el Caballero negro, tuvimos que escondernos aquí- insistió mi princesa pero no fue tomada mucho en cuenta. Yo asomé mi cabeza entre el mantel y le sonreí. Habíamos vuelto a la realidad de tener siete años.
- Nos vemos en la escuela- le dije como despedida, viendo cómo caminaba hacia la puerta acompañada de su mamá. Mi hermano, por otro lado, entró a la casa embarrado hasta las orejas, enfadado y con nuestro perro gran danés jadeando de cansancio. Al verme bajo la mesa me ignoró, pero mi perro acercó su enorme cabeza negra y me lamió la cara. Por lo visto, él sí me perdonaba la zancadilla hecha con el palo de la escoba en sus patas…

4 comentarios:

Ondina dijo...

Yo no sé qué fuiste en la otra vida, pero escritos como este me hacen odiarte más. Es que no puedo decir lo contrario porque se oiría raro, pero ¿qué diablos le pones a tus letras? ¿polvos mágicos?

Viajé contigo, me encanta.

peperoncino78 dijo...

wachy me encantó!!!!!!!
la viví aunq al final dije "plop" jajaja pero igual me encantoooo!!!
:D feliz año nuevo a tí también!!! aunque ya paso...bue, igual espero que la hayas pasado bien!!! :)

Diego Jurado Lara dijo...

Hola.
Sorprendente final. Me ha encantado. Es un giro inesperado que hace la historia más... no sé cómo expresarlo.
Tienes una hermosa facilidad para relatar historias y sus emociones interiores.
Bs.
Diego

Andrómeda dijo...

Gracias chicos, Gracias por sus comentarios.

Mud, ya sabes, socia en letras e inspiración... me alegro que te invadas de mis polvos mágicos ;)

Narimi, mi amiguis, gracia por pasarte por aquí. Sobre el "plop", jejeje... realmente quería conseguir eso :D

Diego, mi nuevo partner en el amor por la literatura. Gracias por darte el tiempo de venir y leerme. Estaré pendiente de tus escritos y no dudes que me gustarán muchísimo. Gracias de nuevo