jueves, 29 de enero de 2009

El eterno protagonista


¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel último abrazo?...
Su memoria, por muy prodigiosa que fuera por sobre otras, ya lo había olvidado por culpa de tanta trivialidad inútil al alcance de la mano. Qué fastidio era eso. Sin embargo, sus brazos jamás olvidaron las dimensiones de ese cuerpo femenino ni el aroma de su cabello, necesitaba estar cerca de ella una vez más o se volvería loco de pura añoranza. Desesperado e impetuoso, esa tarde invadió el departamento en donde vivía su amada hallándolo tan vacío como su pecho de hombre demandante. La llamó a viva voz por todas las habitaciones, irrumpió por cada uno de los espacios cotidianos que ella llenaba y al no encontrarla, bajó estrepitosamente las escaleras del edificio para seguir buscándola.


¿Cuándo la había perdido?... Supuso que nunca la tuvo completamente. Siempre estuvo en pugna con la mentalidad de esa joven compleja y soñadora, amarrada en su escritorio cubierto de papeles e historias. No podía retenerla, no podía asegurarla a su lado sabiendo que su espíritu vagaba por fantasías que insistentemente trataba de imponer y prescindir así de la realidad. El muchacho estaba dolido en el orgullo… ¿Acaso era tan mala la realidad con él que necesitaba construir un universo paralelo sólo para escribirlo? ¿Podía llamarse vida a eso?... Aquel juego literario lo había desplazado de la cama por las noches. Las letras seducían a su amante más que sus besos urgentes, más que sus abrazos y encuentros candentes; estaba celoso, celoso de sus creaciones, de sus personajes, de sus héroes, de sus caballeros andantes montados en nobles corceles. Él quería ser el quijote de esas historias pero estaba convencido de que era sólo un antagonista resignado.


Corrió por la ciudad evitando el tráfico, apartando gente y pisando charcos. Buscaba entre el centenar de rostros desconocidos las facciones en las cuales su mirada siempre reposaba dichosa, en paz. Necesitaba besar esa boca intensa, le apremiaba alzarla por la cintura y repetir millones de veces que la amaba sin importar absolutamente nada. Si debía dejarla partir a una nueva aventura sentada en su escritorio, él estaría dispuesto a soltar su mano sin miramientos para luego recibirla en la amplitud de su pecho al regresar. Ya lo había entendido. Ya no le importaban los héroes ni los caballeros o posibles príncipes que pudiesen robarle las atenciones con sus inalcanzables virtudes. Desde ese momento, sería un lector y no un enemigo.


La ansiedad comenzaba a apoderarse de él creyendo que la había perdido, la rabia apretó sus sienes con fuerza al pensar que posiblemente había huido lejos. Frente esa idea, el aire desalojó sus pulmones y tuvo que detener su furiosa carrera unos segundos para retomar el aliento. De pie a mitad de la calle, los bocinazos no eran más que sonidos huecos a su alrededor. Las amenazas de los autos y las palabrotas de los ciclistas, no las tomaba en cuenta mostrándose ausente. Se quitó de la acera por fin para caminar con pesadumbre por la angosta calzada.
Cuando hubo reparado recién en el fuego con el que su esfuerzo le quemaba los músculos, la esbelta figura de una mujer cerca del muelle lo sobrecogió. Allí estaba ella, encogida como una niña y concentrada nuevamente en su escritura. Él se acercó restando los metros de distancia con marcha sosegada. No pudo decir nada hasta que la muchacha lo miró al llegar como si lo hubiese estado esperando desde hacía mucho rato.


- No tienes que temer de mis héroes virtuosos- le dijo de pronto poniéndose de pie y entregándole su cuaderno. Con una mirada elocuente sobre él, lo besó delicadamente en los labios. Agregó- Porque es de ti… de quien yo escribo siempre.


Al escucharla, el aludido no supo qué responder. Comprendió que no era capaz de hilar dos palabras entendibles y se limitó a leer el escrito que tenía entre sus manos. Daba inicio con una sencilla pregunta: “¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel último abrazo?...”, y concluía con una pareja de amantes a orillas de un muelle conocido.

2 comentarios:

Diego Jurado Lara dijo...

Hermoso. Muy bella historia. Y cierta en su totalidad. escribimos por, de y para. Cuando tenemos escribimos mucho, cuando no, más. A veces. Casi siempre. ¿Y decías que no sabías mucho de eso? Tienes sensibilidad y sabiduría.
Un placer leerte, saber de ti, como siempre.
Un beso.
Diego

Andrómeda dijo...

Hola Diego :)

Qué lindo verte por aquí, me alegro mucho de que te haya gustado. Bueno, cuando se escribe hay miles de motivaciones, no? Más si se trata de alguien a quien amas.

Gracias por tus palabras, me has hecho ruborizar.

Un beso ;)