
Y la besé, la besé como nunca. Rodeé el hueco de su cuello con mis manos, sintiendo la calidez de su piel como un amanecer acogedor. La humedad de su boca me recordó lo que era estar vivo y mis latidos se desataron. No podía concentrarme en nada más que en el ritmo de su respiración entrecortada. Al separar nuestros labios, saciados de haber alimentado el deseo desde nuestras bocas, el cuerpo nos pidió más y tuve miedo. Ella, dejando su recelo inicial de lado, acarició mi espalda invitándome a restar la distancia entre nosotros. Yo me contuve. Miré hacia el cielo desnudo viendo que las nubes caminaban lentamente sobre nosotros, el color azul añil de la noche quedaba descubierto desplegando estrellas sobre su manto infinito y el miedo en mí se incrementó.
Un temblor comenzó a recorrerme de pies a cabeza. Sabía lo que estaba pasando conmigo y cerré mis ojos intentando mantener la calma. Ella, seria, tomó mi rostro por las mejillas obligándome a mirarla de frente. No dijo nada, ni siquiera hizo el ademán de atacarme como fue su primera intención. Nos besamos otra vez, pero fue un beso distinto, dolorido. El movimiento de su lengua con la mía me llevó a olvidar lo peligrosamente cerca del límite en el que estábamos jugando. La rodeé entre mis brazos de manera firme, mostrándole mi anhelo de no soltarla jamás. Sin embargo, tuve que hacerlo. La luz de la luna me iluminó el rostro y el pavor fue superior a mi fortaleza. La liberé de mi abrazo casi con insolencia. Ella, como un reflejo instintivo, cogió el arma que llevaba en su cinturón. Ese movimiento alertó mis sentidos y quise que tirara del gatillo. Tomé su mano armada colocando el cañón a la altura de mi pecho.
- Hazlo- le dije- Hazlo, por favor…
- No puedo- me respondió y yo apreté mi mandíbula que se tornaba fuerte a cada segundo.
Sin poder resistirlo más, la empujé hacia atrás para empezar a correr lejos de allí, sólo contaba con escasos segundos. Me perdí entre los matorrales, esquivé el centenar de árboles en mi camino y sintiendo cómo mis huesos me dolían debido al cambio, ella disparó al aire la bala de plata con la cual quería eliminarme…
Un temblor comenzó a recorrerme de pies a cabeza. Sabía lo que estaba pasando conmigo y cerré mis ojos intentando mantener la calma. Ella, seria, tomó mi rostro por las mejillas obligándome a mirarla de frente. No dijo nada, ni siquiera hizo el ademán de atacarme como fue su primera intención. Nos besamos otra vez, pero fue un beso distinto, dolorido. El movimiento de su lengua con la mía me llevó a olvidar lo peligrosamente cerca del límite en el que estábamos jugando. La rodeé entre mis brazos de manera firme, mostrándole mi anhelo de no soltarla jamás. Sin embargo, tuve que hacerlo. La luz de la luna me iluminó el rostro y el pavor fue superior a mi fortaleza. La liberé de mi abrazo casi con insolencia. Ella, como un reflejo instintivo, cogió el arma que llevaba en su cinturón. Ese movimiento alertó mis sentidos y quise que tirara del gatillo. Tomé su mano armada colocando el cañón a la altura de mi pecho.
- Hazlo- le dije- Hazlo, por favor…
- No puedo- me respondió y yo apreté mi mandíbula que se tornaba fuerte a cada segundo.
Sin poder resistirlo más, la empujé hacia atrás para empezar a correr lejos de allí, sólo contaba con escasos segundos. Me perdí entre los matorrales, esquivé el centenar de árboles en mi camino y sintiendo cómo mis huesos me dolían debido al cambio, ella disparó al aire la bala de plata con la cual quería eliminarme…