miércoles, 26 de marzo de 2014

Secuelas


Volver a mi ciudad y verla a ella a lo lejos, causó tal impacto en mí que sentí una patada a mitad del pecho. Casi me caigo de espaldas al notar que por su rostro los años pasaron besándola, haciéndole el amor hasta maravillarla. Me sentí sucio, me sentí sacrílego y quise desandar mis pasos de manera rastrera, no por inspirar lástima sino que por saberme un ser derruido y traumatizado.

El sonido de unos petardos celebrando el día de la independencia me devolvió a 1969, en donde el ser parte de la 9° División del Regimiento de Infantería era todo un orgullo. Ubicados en la boca misma del lobo, en el delta del río Mekong, vivíamos con la muerte respirándonos en el cuello. Aferrado a mi fusil, sólo pensaba en aquella mujer que me mantenía cuerdo y alerta a esas balas que pasaban por mi cabeza como avispas. Me daban órdenes que yo obedecía sin hablar, pasaba los días mojado y temblando y había empezado mi mal hábito de fumar. Internados en las entrañas de Vietnam, estábamos rodeados de quienes eran los dueños de casa, conocían el lugar mejor que nadie, por lo que yo pensaba que estar ahí era una maldita locura. Mi sargento llamaba y llamaba por radio pidiendo refuerzos, médicos para algunos que ya tenían heridas con aroma a queso y sangre verdosa. Sin embargo, no recibíamos más que aspirinas desde los altos mandos, que no nos preocupáramos porque se estaban tomando medidas, y mientras tanto, notábamos las frecuentes visitas de aviones americanos que fumigaban los bosques con un humo color naranja.

-¡Cúbranse, maldita sea!- nos gritaba el sargento, pero era imposible no respirar ese gas que ardía en la garganta y escocía los ojos.

Creo haber aspirado ese tóxico por semanas. El viento corría pero no hacía más que esparcir la pestilencia. Trataba de luchar contra los vietnamitas por la razón que fuese – nunca tuve muy clara la oficial – y resultaba doblemente difícil cuando ambos bandos hacíamos el esfuerzo sobrehumano de no ahogarnos. Mi superior no pudo explicarme bien lo que estaba pasando, pero la reacción pronta del bosque fue mi respuesta. Estaban exterminando la vegetación, como quien afeita el pelaje de un perro para encontrar las garrapatas, pero estábamos nosotros también allí, ¿acaso no importábamos?

-¡Déjese de niñerías y actúe como soldado!- me dijo el sargento.

-¡Por matarlos a ellos nos están matando a todos!- le grité yo fuera de mis cabales y cogiéndolo por las solapas de su chaqueta de camuflaje. Mis compañeros quedaron asombrados por mi falta de respeto pero nadie se atrevió a corregirme.
Gracias a  Dios, a inicios de 1970 una bala me atravesó el hombro durante un enfrentamiento y me enviaron a casa con una puta Cruz de Servicio Distinguido. Una condecoración de mierda que de nada serviría para aliviar las pesadillas que me esperaban. Sabía que volvía a mi país con algo más que un hombro herido y la conciencia sucia. Sentía que algo escabroso se había alojado en mis entrañas y que esperaba el momento justo para salir a la luz y escupirme en la cara.

Volví con la mujer que amaba y traté de ser el hombre limpio que ella había visto partir. Llegué a su casa sonriendo anchamente y me abrazó. Yo la levanté del piso y la besé de lleno en la boca luego de haberme lavado los dientes como un millón de veces para quitarme el sabor a guerra. Hicimos el amor el mismo día que había regresado, estaba tan sediento de su piel que nada más cabía en mi mente. Necesitaba limpiar todo en mí y no había mejor fuente que su inocencia, su pureza. La penetré y reventé en ella sin consideraciones, descansamos hasta ver el día entre sus cortinas y no pude sentirme más feliz.

Luego de un año le pedí matrimonio. Estaba enamorado y por alguna razón deseaba sentirme vivo y normal, un hombre completo y no la fracción de sí mismo desde que había regresado. Nos casamos, vivimos en una pequeña casa en Lexington, Kentucky, y todo parecía ir bien. No obstante, nuestros intentos por tener hijos nos frustraron por varios años la felicidad absoluta. Concepciones fallidas y abortos espontáneos eran nuestro saldo nefasto semestre a semestre. Por las noches, tenía sueños horribles de sangre, humo naranja y yo hundiéndome en una fosa de lodo sin fondo. Cuando logramos embarazarnos, a los tres meses supimos que el bebé venía con una malformación importante y creí que mis piernas se habían derretido en la oficina del doctor. No pude soportarlo y me culpé por presentirlo sin decir nada.

Obligué a mi esposa a abortarlo, a gritos, a golpes, a terquedad de antiguo soldado. No quería tener un hijo así y me cegó la rabia. Lo hicimos un terrible día de invierno. Fue una situación que no pudimos superar, ella no podía mirarme a la cara y yo no quería que lo hiciera tampoco. Nos divorciamos al poco tiempo y me fui de la ciudad para buscar el olvido en otra parte. Traté de huir de mi culpa pero me tenía por el cuello al igual que un cáncer de mierda que me invadía de forma silenciosa. Descubrí que muchos ex soldados de esa guerra estaban en similares condiciones y me volví inquieto. Investigué y fue entonces donde lo entendí todo. Yo era tan víctima como aquellos que maté por soberbia. Después de todo, Vietnam y yo teníamos algo en común, un Agente Naranja que nos carcomía el cuerpo. Participé en demandas, me asesoré por abogados y reuní a varios querellantes tan asustados como yo. Pasó más tiempo del que esperaba para obtener la resolución del juez, la indemnización para los veteranos afectados fue aprobada y repartida conscientes de que el dinero no nos devolvería lo perdido.

La risa de unos niños me sacó de mis recuerdos y me puso los pies en el presente. Los fuegos pirotécnicos seguían iluminando el cielo y caminé entre los espectadores como un fantasma. Me acerqué un poco a ella gracias a la confusión del tumulto movilizándose por el parque. La brisa tibia de ese verano me llevó su perfume de mujer a las fosas nasales y mis ojos se llenaron de lágrimas. No había cambiado nada y yo era un viejo con olor a añejamiento. Quise tomarla del brazo, sorprenderla con un Todavía te amo, pedirle que me perdonara pero la mochila en mi espalda me contuvo. Ya no era digno de ella, tal vez nunca lo había sido. Saqué de mi bolsillo el cheque con los millones de dólares de indemnización firmado a su nombre, se lo introduje en su cartera colgada al hombro con agilidad y me escurrí entre la gente al igual que una serpiente. 

10 comentarios:

Juan M Sánchez dijo...

He estado ausente unas semanas que debo recuperar, Andrómeda. No ha sido abandono sino dolor lumbar y mucho insomnio.
Pero ya estoy aquí para quedarme, que tengo mucho bueno que leerte.
Un saludo
JM

AnDRóMeDa dijo...

JuanMa, qué rico volver a leerte. Espero q estés mejor y se te echó de menos. Como bien sabes eres uno de mis lectores más fieles de este blog y ojalá pueda seguir obteniendo tus buenas impresiones de lo q escribo.
Cuídate mucho y nos estamos leyendo.
Un abrazo!

AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...
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AnDRóMeDa dijo...

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