viernes, 6 de diciembre de 2013

Anywhere but here



-Hola, Johann- saludé a mi hermano con mi voz rasposa y desaliñada. No había dormido en toda la semana.

-¿Qué haces aquí? Deberías estar cuidando de nuestra madre…- a lo lejos, oímos un bombazo que ya se habían hecho habituales en Berlín, al igual que los disparos y los gritos. Bajé mi cabeza tratando de no soltar un sollozo.

-He venido a hablar contigo… necesito de tu ayuda…

Me había enamorado de una judía, una joven que despertó en mí hasta las más intensas emociones. Estaba envuelto de ella, de su cabello, de su piel, de su sonrisa, de su luz, me pareció curioso que ninguno de mis hermanos se diera cuenta que no estaba lleno de una vida que ya no me pertenecía, le pertenecía a ella, a Alexandra. La conocí entre los embistes de la guerra, en medio de la basura, de las balas, de la sangre. Fui en su rescate tanto como ella del mío. Me distinguió de los demás alemanes temerosos, furiosos, desconcertados, asustados y de los desalmados. No todos éramos iguales, no todos éramos ciegos ni deshonestos. Alexandra y yo nos enamoramos inevitablemente, nos besamos por primera vez en algún callejón clandestino huyendo de todos, sintiendo el sabor de la pólvora en sus labios pero aun así, un almíbar celestial para este pobre mortal. No me importaron sus raíces ni las mías, sólo buscaba ramas, ramas largas para irnos por ellas hasta salir de Alemania.

Mi hermano mayor, Gerhart, era un uniformado de alto rango en el ejército y estaba moviendo hasta la piedra más ínfima para encontrarnos. Yo era una deshonra y debía pagar con sangre mi ofensa hacia la misma. Cuando su escuadra irrumpió en nuestra casa para sacarme a patadas y matarme frente a todo el vecindario para dar una lección, no dudé en escapar lanzándome por la ventana de mi cuarto que estaba en el segundo piso. Caí y no me importó el dolor punzante que sentí en mis rodillas ni los cortes de vidrio en mi cara. Corrí, corrí, llegué hasta el escondite en donde Alexandra me esperaba y de la mano nos aventuramos a salir al exterior a buscarte a ti…

-Necesito de tu ayuda… y de tu bendición- Johann me escuchó del otro lado del confesionario, viendo a través de la tela oscura su rostro contorsionado por la sorpresa y el espanto.

-¡Thomas! ¡Ya vienen!- me llamó Alexandra desde la puerta de entrada y apuré la reacción y respuesta de mi hermano. Él, elevando su mentón unos centímetros, salió del cubículo, buscó entre los bolsillos de su sotana y lanzó hacia mí las llaves de su querido Volkswagen.

-Lo quiero de vuelta cuando todo esto termine… ahora, váyanse- nos ordenó, y abrazándolo con fuerza, me despedí de él para salir de la parroquia. El vehículo estaba estacionado a pocos metros y lo abordamos con presteza. Aceleré y sin importarme atropellar a unos cuantos soldados, enfilamos hacia las afueras de la ciudad. Destino: cualquier parte menos aquí.


3 comentarios:

Juan manuel S dijo...

El bien y el mal son la sal y el azúcar de nuestra existencia, Andómeda. El odio es tan irracional como la ira.
Un beso
JM

San dijo...

El amor no entiende de religiones. Bella historia.
Besos.

AnDRóMeDa dijo...

Juan Ma,
Gracias por pasar a leerme y comparto absolutamente lo que dices, ambos sentimientos nublan la visión y el corazón.
Un beso.

San,
Me alegra mucho que te haya gustado esta historia.
Un abrazo.