lunes, 22 de julio de 2013

Déjame ir


Sólo tenía empacados su cepillo de dientes y un par de jeans en esa maleta de ilusiones. Con su guitarra colgando de su hombro, la joven dio un último vistazo a su departamento tipo estudio antes de dejarlo. Sólo dos años vivió allí pero sintió que había pasado la mitad de su existencia en él y una sensación de nostalgia le mordió el pecho. Miró hacia uno de sus muros sonriendo de medio lado. Semi desnudo, todavía tenía pegadas algunas fotografías que había tomado tanto de la ciudad como de su gente, sus amigos, su familia, esa persona especial. No quiso retirarlas, representaban una fracción de su alma y como migajas de pan las dejó para encontrar el camino de regreso.

El taxi tardó muy poco hasta el aeropuerto. La joven descendió del vehículo y respiró hondo la mezcla de aire puro y contaminado. Una ligera lágrima se derramó por su mejilla. Sintió pena al recordar que un Adiós quedó pendiente, que un Adiós quedó enredado en unos labios amados y un Cuídate murió entre brazos ausentes; pero nada qué hacer. No todos amaban de la misma manera. Alzó el mentón, distribuyó mejor el peso de sus decisiones y casi empujando su cuerpo cruzó la mampara de vidrio hacia la sala de embarque.

Recordó los momentos amargos, los llantos vertidos y sus cantos sin emoción como una forma de fustigarse y seguir avanzando. Tenía que largarse, tenía que mandarse a sí misma lejos y reencontrar las raíces de su esencia sin irse por las ramas. Debía apretar los dientes y mientras dejar sus objetos de metal en el canasto para cruzar el registro de rutina. Sin problema alguno, recibió sus pertenencias de vuelta, cogió su guitarra desde la huincha y se dispuso a caminar cuando escuchó su nombre a sus espaldas. Era él, aquella persona que dejó prendida en el muro semidesnudo de su departamento. Verlo allí la llevó a fruncir el entrecejo. ¿Había algo más por decir? ¿Había más dolor que infringir? ¿Quedaba algún golpe escondido bajo su manga?

-¡No te vayas! ¡Te amo!- gritó él sorteando la seguridad con más torpeza que destreza. Sin embargo, al cruzar el umbral sonó una bulliciosa alarma y los guardias lo detuvieron a viva fuerza frenando su intención. La joven al ver la escena, sonrió con ironía.

-Ya ves. Un corazón duro y frío como el tuyo suele sonar en el detector de metales- dijo, impasible, y siguió su camino ignorando las promesas vacías de una voz sin identidad para ella.

2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Me gusta la imagen de la alarma sonando y la calma con la que ella se va. Voy a husmear en tu blog con tu permiso.
un saludo
Juan M

AnDRóMeDa dijo...

Muchas gracias, JuanMa,
Vi que comentaste también en mi otro blog, lo tengo algo abandonado, pronto volveré por ahí.
Te mando un abrazo y tienes todo mi permiso para explorar por las calles de este lugar lleno de desvaríos.