
Poco a poco la lluvia comenzó a engrosar hasta volverse escarcha. Las gotas ya no caían con fervor sino que flotaban delicadamente hasta aterrizar en el suelo cual verdaderas plumas de un agosto compasivo. Nunca había visto nevar, nunca había visto al inverno vestirse diferente frente a mis ojos. Salí de la oficina casi corriendo sintiéndome una niña. Con el rostro hacia el cielo el escozor del hielo me picó la piel y sonreí. Muchos de los adultos que estaban allí también viajaron en el tiempo retrocediendo años, recordando tal vez lo que era alegrarse por cosas sencillas y gratuitas. Algunos se atrevieron a mojar sus chaquetas de cuero y pantalones Dockers, otras ignoraron sus peinados y tacones altos. Es la lluvia, es el charco, es la nieve lo que nos hace revivir la infancia con su leche con chocolate caliente. Hoy tengo ocho años nuevamente.