jueves, 23 de junio de 2011

El hippie y la balada


Es extraño cómo algunos recuerdos quedan plasmados en la memoria. Esta mañana escuchaba música camino a la oficina y una balaba rock me trajo un momento de hace casi once años atrás. Cómo olvidar ese paseo de fin de secundaria, donde la única responsabilidad era pasarlo bien sin arrepentirse nada. Era de noche, no puedo precisar exactamente la hora pero ya era tarde. Sentada en la arena con mis compañeros de clase, disfrutábamos de la playa El Quisco, en el litoral central. Bebíamos vino con Coca-Cola, cervezas en latas y ponches misteriosos de fruta. Uno de ellos extrajo varios porros de marihuana y fumamos viendo cómo el humo se enredaba en delgadas hebras hacia el cielo. La noche estaba exquisita, el mar estaba tranquilo. Con guitarra en mano, canté algunos temas clásicos de Silvio Rodriguez, himnos de playa, fogata y amigos. De pronto, un hippie vestido de poncho y largo cabello se sumó al grupo y se sentó a mi lado. Respetuosamente me preguntó si podía quedarse a escucharme cantar. No tuve inconveniente alguno. Seguí cantando acompañada de mis amigas que hacían los coros. El hippie no abrió la boca en ningún momento, sólo me miraba y escuchaba con atención. Luego de un rato le pregunté si sabía tocar y me dijo que sí de forma tan humilde que incluso me agradó. Le pedí que cantara algo y se negó.

-No, quiero escucharte tocar a ti- me dijo y yo continué, elevando a voz en cuello Playa Girón.

Al terminar el tema, volví a pedirle que nos deleitara con algo de su repertorio. El hippie sonrió y accedió después de mi vehemente persistencia. Tomó el instrumento entre sus manos, la acomodó y rasgó las cuerdas. El mareo que me nublaba la mente debido a la hierba se disipó en una centésima de segundo:

Sheets of empty canvas, untouched sheets of clay
Were laid spread out before me as her body once did…

La balada Black de Pearl Jam jamás se había oído tan bien acústicamente. Mis amigas guardaron un silencio absoluto al igual que yo, que creí haberme tragado la lengua de la impresión. Toda la borrachera y la volada de marihuana se me habían ido a la misma mierda. El tipo cantaba de forma increíble. Le escuché tan concentrada que el sonido del mar y la fiesta se habían extinguido de golpe…

And now my bitter hands cradle broken glass
Of what was everything?
All the pictures have all been washed in black, tattooed everything...

Luego de terminar la canción, el hippie me devolvió la guitarra y yo de seguro la recibí con una cara de idiota tremenda. Él se puso de pie, se despidió sin más y se fue caminando hacia la noche. Una canción, sólo una canción bastó para darme cuenta que hay un talento sorprendente en cualquier rincón de este país, talento oculto y humilde que puede acallar a las cientos de Paulinas Rubios que circulan por los medios cantando huevadas. En donde quiera que esté ese hippie, le agradezco esa canción, el imborrable recuerdo y la oportunidad de haberme sorprendido con su voz de terciopelo.




El Quisco, diciembre del 2000

2 comentarios:

jackie dijo...

Hay recuerdos que duran toda una vida! Muy bonita historia. Me gusta tu espacio, te sigo. Muchas Bendiciones y Adelante siempre.

AnDRóMeDa dijo...

Muchas gracias, Jackie, y como bien dices, hay recuerdos que duran toda la vida y te invaden de formas inesperadas.
Un besote!