
Una caricia me hizo llorar. Alguien se me acercó, me puse en guardia, le mostré mis puños pero no la intimidé, de hecho ni siquiera reculó. Estiró la mano hacia mí y me encogí instintivamente. Su roce en mi mejilla fue tan desequilibrante como una bofetada. Me miró con sus ojos de avellana, llenos, generosos, benevolentes. Creo que le di lástima por temer a la caricia pero… ¿Qué iba a saber yo?... nadie acaricia hoy en día. Es más fácil golpear que palpar porque ya no hay tiempo, debe ser rápido, cortante y que deje recuerdo… ¿Qué mejor que un golpe para eso? ¿Qué mejor que la violencia cuando el mundo corre aniquilando la clemencia? ¿Estoy equivocada?... el desconocido asintió volviendo a tocar mi rostro. Me sonrió y yo mordí mis labios reprimiendo mi llanto sorprendido. Me susurró algo parecido a un halago, no lo escuché muy bien. Estaba acostumbrada a los sonidos fuertes, a los gritos, a los balazos, a los vidrios explotando. Creo que me estoy quedando sorda ante las palabras hermosas.
De a poco fui relajando mi semblante soltando mis manos. Mis dedos volvieron a estirarse, notando que tenía palmas sanas y con largas líneas surcadas en ellas. Qué horrible es el puño amenazante cuando es infinitamente más bella una mano abierta y permeable, sedienta por tocar, por conocer y explorar. Su caricia me removió la sombra de la mirada regalándome esperanza. Comprendí que tal vez no todo era disparo, no todo era agresión ni sufrimiento… aún existía el deseo de brindar placer y no sólo al contrario. Por fin pude devolverle la sonrisa, confiada en que no me lastimaría.
- No llores por una caricia… llora por un golpe- me dijo, en el más suave de los murmullos.
- Sólo lloro por lo que extraño- le respondí y me dejó llorar en su hombro.
De a poco fui relajando mi semblante soltando mis manos. Mis dedos volvieron a estirarse, notando que tenía palmas sanas y con largas líneas surcadas en ellas. Qué horrible es el puño amenazante cuando es infinitamente más bella una mano abierta y permeable, sedienta por tocar, por conocer y explorar. Su caricia me removió la sombra de la mirada regalándome esperanza. Comprendí que tal vez no todo era disparo, no todo era agresión ni sufrimiento… aún existía el deseo de brindar placer y no sólo al contrario. Por fin pude devolverle la sonrisa, confiada en que no me lastimaría.
- No llores por una caricia… llora por un golpe- me dijo, en el más suave de los murmullos.
- Sólo lloro por lo que extraño- le respondí y me dejó llorar en su hombro.