lunes, 24 de septiembre de 2012

Miedo que detiene


El miedo a amar llenó de sombras cada recodo de su rostro. Era joven, vivaz, pero ese temor constante que se apoderaba de sus entrañas, le había vuelto su calor en hielo seco, su sonrisa en simple cortesía y su seguridad en mano temblante. Agazapada en un rincón de su sala, abrazada a sus piernas, veía cómo se proyectaban figuras tétricas en sus paredes, formas grotescas que cambiaban en cada pensamiento, en cada sollozo expulsado de sus labios rotos y soplido del viento. Tenía el pecho ardiendo, como si cada sentimiento le quemara la piel a fuego lento.

La joven desvió su atención un momento hacia la ventana frente a ella y notó que comenzaba a amanecer. El sol se apoyaba en la cordillera lentamente y asomaba su enorme cara amarilla para iluminar la ciudad santiaguina que nada le agradece. Vio las primeras golondrinas surcando el cielo como aviones kamikazes y deseó tener alas para poder despegar por primera vez su humanidad de la tierra. Aburrida de vivir entre metáforas, cogió su bicicleta entre los cachureos olvidados y salió de esas cuatro paredes con el deseo de mandar todo al carajo.

Pedaleó por las angostas calles de su barrio y al encontrar una cuesta que terminaba en una línea férrea, se lanzó por ella sin siquiera pensarlo. Soltó el manubrio abriendo sus brazos, cerró sus ojos al sentir la brisa y junto al vértigo que nacía desde su vientre escuchó muy de cerca la campanilla del semáforo. No quería reaccionar, sólo dejarse llevar. Sin embargo, la bofetada de la prudencia la obligó a frenar de lleno justo a tiempo, a sus espaldas había dejado una marca negra en el pavimento. El tren pasó sobre los rieles oxidados a un par de metros provocando que el piso temblara a su paso. La joven se quedó mirando la serpiente de metal respirando agitado. ¿Si no me hubiera detenido me habría atropellado?, se preguntó de inmediato, luego reformuló la pregunta, ¿Si hubiera acelerado lo habría sorteado? Y se quedó allí, nadando en cuestionamientos,  pendiente del camino al otro lado y esperando que los vagones uno a uno fueran pasando.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Heridas de guerra


Francia
Segunda Guerra Mundial.
Junio, 1940

El rostro de los franceses se había contorsionado en un gesto de total miedo y desesperación. La noticia de que los alemanes llegarían en tropel a invadir la capital, provocó que los habitantes huyeran en multitudes abandonándolo todo, luchando en las estaciones de trenes por una oportunidad de alejarse del peligro hacia horizontes más neutros. Los aliados estaban en pugna. El dictador italiano Mussolini, no estaba contento luego del desaire de Hitler al no concederle sus peticiones como parte de la ganancia teniendo que conformarse con migajas. Sin embargo, la testarudez italiana tomó las riendas de sus actitudes bombardeando Lyon al primer descuido y demostrar su poder. París ya estaba con sus muros delgados, vulnerable, por lo tanto, los soldados italianos actuaron por su parte como una forma de recordar al mundo que ellos también sabían pelear y merecían una buena parte del pastel.

Giuseppe Pagliuca sentía sus manos húmedas al empuñar su arma. Maldijo esos kilómetros que tuvo que recorrer junto a su compañía, maldijo los caminos de tierra dispareja, las dunas pronunciadas y al detenerse en uno de los pueblos aledaños, se quitó las botas de reglamento para descansar sus pies. En sus oídos retumbaba la molestia de su oficial superior al recibir las nuevas órdenes por radio. Parecía que a esas alturas todo estaba contradiciéndose. Instrucciones iban y venían como una lluvia de meteoritos consiguiendo confundirlos aún más. El teniente a cargo de la Escuadra, cortó la comunicación masticando su tabaco con mayor fuerza.

-¿Qué carajo cree que hace, soldado?- se dirigió a Giuseppe- ¡Esto no es un paseo por el campo! ¡Vuelva a calzar sus botas y póngase de pie, debemos continuar!- Todos los uniformados se incorporaron de un brinco, acomodando su equipo en la espalda que pesaba como la vida misma- ¡El bombardeo a Lyon aún no concluye! ¡Tenemos órdenes de avanzar hacia el este y ocupar Menton!- al decirlo, su cerebro de militar preparado calculó que serían cerca de cinco horas de viaje. Debían apresurarse.
-¡Sí, señor!- respondió el grupo a una sola voz.

La energía de la soberbia y la vanidad de enaltecer a una ofendida Italia envenenó la sangre de Pagliuca. Sus ojos estaban cubiertos por una venda de odio absoluto: quien no fuese compatriota suyo merecía morir por indigno. Estaba tan lleno de ese pensamiento que rumiaba ansioso por apretar del gatillo. Debido a esto, tomaron atribuciones exageradas como la de disparar a voluntad a todo lo que se moviera fuera de la fila. La compañía a la que pertenecía Giuseppe, estaba compuesta por quince jóvenes italianos que no superaban los veintidós años de edad. Muchos de ellos aún mantenían los rasgos infantiles en sus facciones como también el arrebato impredecible de la adolescencia. Esto último, resultaba ser una valiosa virtud en un soldado raso. Para la guerra sólo hacían falta agallas y sangre fría.

El avance por la ciudad fue cauteloso. Por orden del teniente, se replegaron por los rincones buscando amenaza enemiga de manera casi paranoica. Si bien las fuerzas francesas eran mucho más débiles que las italianas, no debía ser motivo para confiarse. El bombardeo se escuchaba a lo lejos, el granizo explosivo iluminaba el cielo nocturno y Giuseppe se infestaba de adrenalina. Peinaron los terrenos tratando de ser agudos e intrépidos. Muchos de los conscriptos tenían afición a la milicia, pero otros eran tan torpes que muchas veces retrasaban a la Escuadra consiguiendo el mal humor del oficial a cargo.

Aquella noche resultaba ser muy calurosa. Las frentes perladas de sudor de los soldados, daban clara muestra de la humedad que reinaba en la región. El cielo estaba escampado, la luna nueva colgaba con desfachatez tornándolo todo plateado con su brillo de alma en pena. El sonido del río que bañaba la ciudad francesa llamaba a los uniformados a refrescarse pero sabían que era demasiado arriesgado. De seguro, centenares de ojos enemigos estaban posados en De Rhône para reventar cabezas forasteras. Si tan sólo volvieran a Italia… ese avance sólo era justificado por el ego herido de un hombre. Resultaba innecesario apoyar un ataque en esas tierras, no tenía sentido, no estaban bien preparados para ello; lo sabían pero nadie dijo nada.

La pasividad que se respiraba en ese momento era inquietante. Ni una sola alma por esas avenidas, ni un perro callejero, ni una luz llenando una ventana. Eso le daba mala espina a Giuseppe Pagliuca, quien se quitó su casco para rascarse la coronilla con impaciencia. De pronto, un filoso silbido lo hizo sobresaltarse. Una bala había pasado por un costado de su sien a sólo milímetros de dar en el blanco y se estrelló en el asfalto. Toda la compañía se arrojó al suelo buscando refugio, sorprendidos por un ataque repentino que parecía venir de todas partes.

-¡Cúbranse, maldita sea!- gritó el teniente. La tropa se esparció sin orden alguno. Las explosiones lograban liarlos y sentir el temblor de la tierra bajo sus botas los alteró perdiendo la noción del tiempo y el espacio. A pesar de la gran desventaja, los franceses no se rendían sin pelear y eso los convertía un digno contrincante- ¡Debemos cruzar el puente! ¡Aquí estamos expuestos!

Giuseppe no veía diferencia alguna. Estaban en Francia, cualquier lugar era sinónimo a exposición y amenaza. No eran bienvenidos y el apoyo alemán era algo cuestionable. Esos amantes de la raza no buscaban amistad en sus simpatizantes sólo servicio, y esperar una ayuda en momentos como ése era un pensamiento sumamente iluso. El oficial, como un guerrero medieval, se incorporó y guió a sus hombres hacia el puente Lafayette, sorteando las balas. Giuseppe no podía ver muy bien a causa del humo que invadía el ambiente. Tosió un par de veces, empuñó su arma con fuerza y salió corriendo junto a los demás sintiéndose como un plato servido sobre una larga mesa. El italiano no tenía idea hacia dónde se dirigían, por lo visto en su brújula segundos antes, debían estar atravesando hacia el oeste y continuó sin demora. Escuchaba los llamados de algunos de sus compañeros heridos por el camino pero no se detuvo, brincaba sobre ellos, debía salir de allí y llegar vivo del otro lado.

-¡Pagliuca!- A pocos pasos de distancia, un soldado huía de los proyectiles franceses tratando de alcanzar a Giuseppe, quien decidió detenerse unos instantes para esperarlo. Su carrera era irregular gracias a la herida en su pierna y el excesivo peso del equipo sobre sus hombros. Ese muchacho nunca se había destacado por la destreza física, el hecho de que fuera el traductor de la compañía y el intérprete de los mapas siempre lo mantuvo al margen del conflicto. No obstante, al llegar casi a la mitad del puente, una bala certera le atravesó el cuello limpiamente. Su sangre saltó como agua de un géiser sobre el rostro espantado de Pagliuca, quien vio cómo caía de bruces a sus brazos. Aquellos gemidos guturales, la perforación en su yugular y el movimiento de su boca en búsqueda de oxigeno, asquearon al joven como nunca imaginó. Miró al herido a los ojos sin poder ocultar su terror.
-Lo siento…- dijo Giuseppe, asustado. Y así sin más, se zafó de él para seguir corriendo. El chico tenía veintiún años de edad, y entre el horror de la guerra había olvidado que eran mejores amigos.

martes, 24 de julio de 2012

Saving lives


No había logrado salvarlo. Por más que luchó en ese enfrentamiento sin cuartel, pudo sentir bajo el desfibrilador cómo los latidos de su paciente se iban apagando como una ahogada llama sin oxígeno. La joven trató de evitarlo, trató de convertirse ella misma en una corriente eléctrica y recorrer sus venas hasta el corazón pero nada pudo hacer, y las lágrimas huyeron de su fortaleza sin permiso. Ella las barrió de un manotazo torpe y salió del quirófano empujando con sus brazos el aire espeso.

Aquella tarde llovía. No era una lluvia común, eran gotas pesadas que caían como rocas en un tejado de metal causando alboroto. Así las sentía ella golpeando su cabeza. Condujo su camioneta ciega de llanto hasta ese rincón que era suyo, privado, a un costado de la estrecha carretera. Estacionó entre los arbustos y descendió respirando a todo pulmón la humedad del ambiente. Sin pensarlo demasiado, se cambió de ropa quitándose la bata blanca para calzarse su traje de buceo negro a su delgado cuerpo. Cogió su tabla que siempre llevaba en la parte trasera, cruzó la breve distancia hacia las arenas mojadas de la playa y admiró el mar unos segundos. Le encantaba imaginar que el océano la estaba esperando como cada día de lluvia. Sí, la joven doctora sólo surfeaba en días de lluvia… y cuando su pecho ya no resistía más los embistes del dolor.

Se lanzó al agua recostándose con maestría sobre la tabla. Braceó elevándose sobre las olas como parte del perfecto paisaje. Veía el cielo tan cerca que bien podía besar las nubes de haberlo deseado. Sus lágrimas eran lamidas por el fuerte viento y eso era lo que estaba buscando. Estaba cansada de limpiárselas con las manos manchadas de sangre. Se deslizó en la primera ola experimentando la velocidad, el vértigo y las microscópicas gotas salpicando su rostro. La marea estaba inquieta, tenía ese color amenazante del plomo fundido pero no le importó, fue por la siguiente, luego la siguiente, hasta que sus piernas temblaban aferrándose a la tabla bajo sus pies con inseguridad. La repentina rabia del mar la traicionó y el oleaje se desembarazó de ella como un toro salvaje de su jinete. La muchacha fue cubierta por una sábana de agua volviéndose todo confuso, turbulento, sometida a los antojos de un remolino caprichoso. Muchas imágenes destellaron en su mente… sangre, jeringas, mascarillas, miradas doloridas, reproches, gritos, abrazos… todo un resumen de su vida como terca doctora enemiga del destino.

De pronto, cuando el agua salada comenzaba a entrar de lleno a sus pulmones, la forma de un bote en la superficie sobre su cabeza apareció de la nada. Un segundo cuerpo se zambulló, la tomó por la cintura y tiró de ella para sacarla de allí. A viva fuerza, cayeron a una cubierta tosiendo sin parar. La joven, con sus ojos doloridos y visión todavía borrosa, reparó que se trataba de un bote de la Guardia Costera. Sonrió para sus adentros. Ya la conocían por su deporte en días de lluvia y desolación.

-¡Por favor, doc! ¡Le he dicho mil veces que no surfee cuando llueve de esta manera!- le reclamó el salvavidas cubriéndola con una gruesa toalla blanca. Ella sólo lo miró con sus pupilas rotas- ¿Qué ha pasado?
-Perdí a un paciente hoy. Es el primero al que no logro salvar… - dijo entre los espasmos de su llanto. El salvavidas se enterneció al oírla y la abrazó para evitar que se desmoronara a pedazos.
-Yo también he perdido... a varios, de hecho…- le respondió en voz baja- pero hoy la salvé a usted. Mañana será otro día.- y la joven, sin decir nada, apoyó su cabeza en su pecho sintiéndose confortada. La lluvia seguía cayendo con fuerza.

viernes, 6 de julio de 2012

Hay cosas que sólo se les pueden contar a un extraño


-Hace mucho tiempo fui una sedienta de la vida. Estuve famélica del mundo hasta darle mordiscos en cada una de sus rotaciones. Tenía claro cada punto cardinal, sabía que el sol aparecía por el este y hacia el oeste terminaba su jornada. Yo amaba, amaba hasta provocar derrumbes con mis latidos, hasta sentir que incluso el viento podía tocar mi corazón y se estremecía. ¿Has conocido alguna vez a una actriz que jamás abandona un papel? ¿No? No soy más que un envase vacío que lleno con fortalezas prestadas y emociones corrientes para crear una sonrisa perfecta pero contenida. Soy enteramente una puta Mona Lisa que sonríe por sonreír. Tengo un desacuerdo de color violeta en mi pómulo… irónico, es mi color favorito pero jamás creí llevarlo en el rostro. ¿Dónde dejé mi amor propio? ¿Fue abusado por esa sumisión de mujer adulta que me carcome la piel y me vuelve enferma? ¿Es el temor el nuevo sinónimo de buen amante? Siento mil manos viniendo a mi cara despejando las caricias con golpes, como si llovieran palabrotas en una tormenta que me azota donde duele, que me azota justamente donde mi escudo no me cubre... – la joven se calló de repente al perder el aliento y rompió en llanto entre sus manos. Su atropellado monólogo la dejó sin aire en sus pulmones. Una extraña la escuchaba con atención, la abrazó de forma estrecha mirando el reflejo de ambas en el amplio espejo del baño público. Un escenario tan ideal como incongruente. Trató de consolarla sin conocerla, sabiendo que su plato sobre la mesa se enfriaría. Le importó un carajo, la cuenta del restaurante no la pagaría ella. Le secó sus lágrimas con los pulgares, la besó en la frente como acto milenario de respeto y bendición, y con ello logró hacerla sonreír. – No le cuentes a nadie, ¿de acuerdo?
-¿Que no le cuente a nadie qué?-  contestó.

martes, 3 de julio de 2012

Ambición de agua


Oriente Medio, Irak
Cercanías de los ríos Tigris y Éufrates.

Tenía que seguir corriendo, tenía que hacerlo. Escuchaba la carrera de esa docena de botas militares tras ella, el ladrido de los perros entrenados para ser tan irracionales como los humanos y los gritos denigrantes a voz en cuello pisándole los talones. La joven periodista, sabiendo que tenía una mina de oro en la película de su cámara, aumentó la velocidad entre los pastizales, troncos y rocas de un paisaje agrario incongruentemente tranquilo. Las ramas secas le arañaban el rostro, las zanjas la hundían hasta los tobillos y cayó de bruces en varias ocasiones por culpa de ese terreno tan disparejo. Maldijo su incontrolable torpeza y continuó su huida frenética hacia la alambrada de la frontera con Turquía. Sólo allí podría estar a salvo.

Nunca deseó con tanta fuerza una lluvia copiosa, bendita, revitalizante. El clima parecía enemistado con el mundo y poco a poco la tierra se estaba secando, se estaba muriendo. Mientras que la periodista corría por su vida en las entrañas del Medio Oriente, rememoraba el derroche de su propia gente convirtiendo todo lo dicho, todo lo discutido y peleado en algo totalmente inconsecuente. Ahora, frente al verdadero problema, donde pudo respirar la escases y ver con sus propios ojos la piel envejecida de los niños como verdadero follaje de otoño, no pudo más que inmortalizar la ambición del gobierno en fotografías de los canales de irrigación. Las lágrimas se escaparon de su fortaleza dibujando un camino hasta su mentón sucio. Sintió que su entereza se desmoronaba de un chasquido, tal como un castillo de naipes y tuvo miedo, un miedo tan absoluto que había convertido su columna vertebral en una barra de hielo.

Al llegar a la alambrada, comprendió demasiado tarde que había llegado a un callejón sin salida. Trató de escalarla impulsaba por la adrenalina pero el tirón de un brazo poderoso la arrojó al suelo. Vulnerable, la joven recibió una patada en la región lumbar que la dobló en dos. Perdió el aliento al instante sintiendo unas ganas horrendas de vomitar. Los hombres uniformados le espetaban maldiciones en su lengua nativa de manera desafiante. De seguro exigían la cámara colgada a su cuello y sus órdenes eran entregarla. La periodista se negó echando en mano su testarudez. Uno de los hombres, el de más alto rango, la tomó por la ropa para incorporarla. La mirada llena de lascivia que vio la muchacha en su enemigo le despertó todas las alertas y le escupió en la cara. El oficial, decidido a educarla a la fuerza, levantó su áspera mano para descargarla sobre ella, pero en ese momento y contra todo pronóstico, una camioneta blanca derrapó en el terreno baldío atropellando a unos cuantos en su maniobra. Al detenerse con brusquedad, desde una las ventanillas salieron disparos que dieron en el oficial a quemarropa. Los perros ladraban enloquecidos.

-¡Sube ya!- le gritó el conductor abriendo la portezuela del copiloto. La joven recién pudo darse cuenta de que se trataba de su compañero de labores. Sin pensarlo dos veces, abordó el vehículo que arrancó en una nube de polvo hacia la carretera.- ¿Estás bien?
-Sí, estoy bien- dijo ella, limpiando la suciedad en sus labios con la manga de su camisa.
-¿Lo tienes?- la joven respondió aquella pregunta enseñándole la cámara entre sus manos. Luego de resoplar su dolor y cansancio, miró por la ventanilla hacia las dunas resecas. Apretó los dientes en un acto involuntario de impotencia.
-Lo niegan en todas partes… pero la guerra por el agua ya ha comenzado.

lunes, 25 de junio de 2012

Standing on opposite sides of a river



No queda más que maldecir un destino burlesco que juega con las vidas y las enreda en una telaraña misteriosa, desconcertante y arriesgada. Es como si cada punto tejido en ella tuviera un motivo desconocido. Se miran, se preguntan, se quieren y se odian, sabiendo que entre sus cuerpos existe una breve distancia que al mismo tiempo es un abismo insondable, un río ancho de peligrosa corriente. Las rocas emergen afiladas en una trampa mortal advirtiendo que quien se atreva a cruzarlo terminará herido, incluso arrastrado por las aguas que parecen formadas con lágrimas de espanto.

Los márgenes contrarios tienen la terrible facultad de acercarse para luego alejarse con cierta culpabilidad. Un sólo roce tiene el efecto invasivo de una descarga eléctrica y todo se confabula, la noche guarda silencio, el rocío humecta la hierba y los grillos liberan compases que sólo un violín de cuerdas de plata puede igualar. La misma luna se llena a cada momento para iluminar sus rostros, busca favorecer el reconocimiento de los detalles, de esas facciones que tal vez delinearon y amaron en vidas pasadas. En sus lenguas residen torres de babel que hablan diferente expresando lo mismo y sus miradas, por muy evasivas que sean, logran un disparo a quemarropa cada vez que se encuentran.

jueves, 7 de junio de 2012

Aunque sea por un instante




Ha sido frío, extremadamente frío este invierno. Creo que a diferencia de otros años, esta estación se coló hondo en el interior del cuerpo, lo llevo por dentro, me escarcha la sangre y me congela los huesos. ¿Dónde estás para regresarnos el calor? ¿Adónde te llevaste el sol dejando sólo una bombilla triste sobre nuestras cabezas? ¿Qué se debe hacer para que veas lo que provocaste con tu ausencia?


Sé que estás viajando, sé que vuelas lejos de aquí recorriendo el mundo, los mares, los cielos, y de seguro sintiéndote pleno. Regresa, aunque sea por un instante, vuelve y dinos que es la aventura más maravillosa que has tenido, que la vida te quedó chica y regálanos el verano de tu sonrisa. Te dejaremos ir, te devolveremos a la Gloria de donde viniste pero primero vuelve a calmar el dolor, a secar las lágrimas y abrazar nuestras almas. El tiempo ahora es tuyo, cada minuto que pasa, y que sin ti… se siente como un reloj de arena mojada. 



Dedicado a Fabián Orozco, que en paz descanse.