miércoles, 5 de diciembre de 2012

Un amigo inmenso



El cielo se llena de paraguas cuando lo miras con tus ojos desolados, silenciosamente se da cuenta que en tu cabeza y en tu corazón está ocurriendo una tormenta.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ocaso de ti


Y cuando la conoció todo tomó otro color, otro sentido y dimensión. De esa mirada profunda, insondable, como dos ciénagas de vida extensa y dolores impensados, se quiso aferrar. No encontró en otra parte sonrisa más ancha, vasta cual ocaso que derrama su oro fundido en el agua y enciende la marea. Todo se vio aterrador, demasiada perfección para aguantarla, demasiada locura para la coherencia ajena. Trató de negarse, de negarla, cerrar los ojos y caminar en dirección opuesta huyendo de ella, pero el sol derretido hizo lo suyo y en cada rotación del mundo dibujaba su rostro en nubes quemadas. Nada qué hacer, todo qué perder y una vida por ganar.


Imagen de la artista Cecilia Flaten, "El sueño de Balder"

jueves, 11 de octubre de 2012

Sueña y deja soñar


Estudiar Medicina era, al igual que todas las profesiones del país en ese entonces, un privilegio exclusivo para los varones. Las mujeres tenían su lugar, pero estaba entre las cuatro paredes de un hogar criando niños, limpiando pisos, cocinando la cena para el marido que llega cansado del trabajo. Ese era el curso normal de la vida, así debían ser las cosas tanto para mí como para todos los hombres cortados por la misma navaja del tradicionalismo. Pero llegó ella, llegó ella para cambiarlo todo un día lunes de mañana lluviosa, con sus cabellos oscuros adheridos al rostro y una tensa línea en su ceño. Todos en el salón nos quedamos en silencio, el tiempo parecía haberse congelado como también mi sangre que se detuvo a mitad de camino.

-Saluden a su nueva compañera- dijo el profesor con incómoda amabilidad. El silencio no se rompió ni con un solitario carraspeo. Ella sonrió tímidamente, pero esa mezcla entre vulnerabilidad y desafío en su mirada me golpeó las convicciones depositadas en cada uno de mis testículos.

La muchacha tomó asiento en primera fila con propiedad, justo a un pupitre de distancia de mí y me sentí agraviado. No tenía por qué estar allí, creyendo que podría desplegar las mismas capacidades que yo, ¿qué mierda estaba pensando? ¿Convertirse en una neurocirujana? ¿Dónde se había visto semejante falacia? Debía estar en su casa, cuidando críos, curando sólo rasguños y no convencida de realizar complicadas cirugías. No podía permitir que una mujer invadiera nuestro territorio. Apoyado por algunos compañeros tan ofendidos como yo, decidimos incentivarla a abandonar su propósito, dejar la universidad y volver a su seno familiar de donde jamás debió haber salido. Le dejábamos notas amenazadoras entre sus libros, en su bolso, la intimidábamos en los pasillos apenas teníamos la oportunidad y le boicoteamos algunos de sus trabajos buscando doblegarla. Sin embargo, ella siempre llegaba temprano cada jornada, con la misma mirada de desafío y determinación en sus ojos castaños como si nada hubiera pasado.

No sabría explicar qué mierda pasó conmigo, pero esa joven, esa perseverancia y valentía suya, removía algo más que mis machistas ideales. Quería que renunciara, que no creyera que podía llegar a ser igual que yo, que eso iba contra la naturaleza, y aún así me detenía por largos minutos a observarla sin que lo notara. Me desconcentraba la idea de dominarla. Ella levantaba la mano en cada pregunta efectuada por el profesor, respondía correctamente y luego repetía el patrón una y otra vez. Me sentía tan poca cosa en las clases que apretaba mis puños con fuerza y deseaba con todo mi corazón ponzoñoso cerrarle la boca por insufrible.

-No puedes negar que la chica es buena- me dijo uno de mis compañeros mientras bebíamos un trago. Sus palabras me llevaron a fruncir el entrecejo y apurarme un sorbo desde mi copa.

-¿Te imaginas una mujer como médico? ¡Luego querrán ser políticos! ¡Hay que ponerlas en su lugar antes que se subleven todas y nos menosprecien! ¡Los jefes de hogar somos nosotros, no ellas, carajo!- dije yo, vapuleado por la efusividad del alcohol.

Aquella noche me embriagué bastante. Después de esa reunión en un bar cerca de la universidad, salí a tropezones, molesto por la conversación. Un tiempo a esta parte, esa nueva estudiante acaparaba nuestras charlas y eso me salaba horriblemente las venas. Caminé por la avenida principal sin rumbo claro. La noche estaba fría, el viento se colaba por mi chaqueta y vaho denso salía de mi boca borracha. Pensaba en ella, en cómo sonreía al conversar con algún maestro de la facultad, cómo se ubicaba un mechón de cabello tras el oído, cómo se ajustaba la bufanda en su cuello y acomodaba su bolso en el hombro. Me molestaba todo en ella aunque silenciosamente me tenía fascinado.

Al girar en una esquina, entre mi nublada visión y el velo negro de mi rechazo, reparé en una pareja que conversaba en la salida de la universidad. Me di cuenta que se trataba de ella y en mi estómago revolotearon cientos de mariposas en llamas. No supe por qué pero me oculté tras un árbol para espiarlos. Platicaban con desenfado, la joven lanzó una breve carcajada y eso me descompuso por dentro. Una mezcla entre odio y celos me ahorcaron por el cuello. No cabía en mi propio cuerpo. Resoplé como un toro y esperé hasta que terminaran de platicar. Ella se alejó del inmueble, sola y como siempre abrazada a sus libros. Yo la seguí sin saber muy bien lo que quería hacer. El sonido de sus tacones me golpeaba los tímpanos volviéndome ansioso. Superado por rabia y mi herido egocentrismo, apuré mis pasos aprovechando que en esa calle no había nadie cerca, sólo la penumbra de la noche temprana. Cuando estuve a sólo un metro de distancia, la tomé del brazo arrojándola contra un muro. Sus libros cayeron estrepitosamente al suelo. Le cerré la boca con mi mano evitando que gritara. Ella, al ubicar sus ojos sobre mí, la luz de certidumbre en ellos me abofeteó la cara. Fue como si supiera que tarde o temprano nos encontraríamos en esas circunstancias.

-¿Qué te has imaginado, puta? ¿Por qué no renuncias todavía?- le pregunté cerca del oído, tratando de obviar el exquisito perfume que emanaba de su cuello.

-Te atreviste al fin a enfrentarme solo, ¿ah?- contestó, con un dejo de burla en su tono de voz. No me tenía miedo y eso me enojó mucho más.

-No seas ingenua. Nunca serás médico. En este país no permitiremos que mujeres, limitadas y débiles, hagan lo que nos corresponde a nosotros… ¿Te ves salvando una vida?

-Me veo incluso salvando la tuya- me espetó, decididamente. Comprender que no conseguía mi cometido de asustarla, me desinfló la ira como un globo pinchado. Me alejé un par de centímetros para mirarla mejor. Tuve que admitir que era hermosa. Ojos penetrantes, labios gruesos y piel blanca y lozana. Tuve el incontenible deseo de tocarla, y así lo hice. Posé mis manos en su busto y apreté con firmeza sintiendo que lava volcánica bajaba hacia mi entrepierna. Ella, por su parte, no se mostró perturbada ni temerosa a mi contacto, me sostuvo la mirada insolente todo el tiempo y eso me frenó con cierta vergüenza. Los pasos de un tercero me hicieron apartarme de golpe, jadeando como si hubiera corrido varios kilómetros. La joven no dijo nada, ni siquiera pidió ayuda o me lanzó una puteada. Nos quedamos allí, observándonos unos momentos antes de que me obligara a mí mismo a salir corriendo…



Cuando la vio supo quien era al instante, como si hubiera recibido un rayo de luz fulgurante. Sus miradas se cruzaron unos segundos pero la de ella lo traspasó como si fuera un insignificante recipiente de cristal. Aquello le cercenó las entrañas y apretó su mandíbula de la vergüenza y el arrepentimiento. Quiso decirle tantas cosas pero sus palabras, o bien querían salir todas en tropel y no pudo ordenarlas o simplemente no existieron en su garganta. Se quedó mudo, creyendo que toda el agua del mundo destilaba de sus manos. Recordó cómo la había conocido, cómo la había maltratado, rechazado, incluso amedrentado. Recordó que hacía treinta años que no la veía pero a pesar de las finas arrugas que le marcaban el contorno de sus ojos, seguía siendo la misma muchacha valiente que cruzó el umbral del salón de clases.

Ahí estaba ella, vestida con un delantal verde y guantes de látex que se retiró al momento de salir del quirófano. Él comprendió que el destino se había encargado de poner todo en su lugar porque no logró ser médico, pero aquella muchacha sí. Una de las primeras doctoras del país. Él no pudo hacer nada por su hija accidentada, pero ella sí, le había salvado la vida justo a tiempo. Al verla acercarse y retirar de su rostro la mascarilla para dirigirse a la familia, sus mejillas reventaron en un rubor excesivo. No supo si lo había reconocido, después de todo él había engordado y perdido cabello. Fue su esposa quien habló con ella y la abrazó agradecida de haber intervenido a la pequeña con éxito. Él no supo qué hacer quedándose clavado en el piso como una estaca. Cuando pudo al fin reaccionar, la vio perderse en el pasillo entre los pacientes. Corrió tras ella sin importarle los años a cuestas. Al alcanzarla, tuvo un breve flash back al intentar cogerla del brazo, prefirió finalmente tocarle el hombro. La doctora volteó y de forma dubitativa frunció el ceño al verlo.

-¿Te… acuerdas de mí?- le preguntó el hombre con voz resquebrajada. Ella, en cambio, mantuvo la expresión de su rostro serio e impasible. – Fui tu compañero en la universidad…- Nada. Ninguna respuesta de su parte. Él se puso mucho más nervioso. Sollozó sin poder evitarlo- Sólo quiero que sepas que te agradezco el haber salvado a mi hija, y perdón… perdón por todo lo sucedido en el pasado.- dicho esto, giró sobre sus talones para volver a la sala de espera, derrotado.

-Te dije que algún día salvaría tu vida ¿no?- habló ella de repente deteniéndolo a medio pasillo. Su voz quedó flotando unos segundos sobre sus cabezas. Agregó- Y perder un hijo es casi igual que morir. Cuídala… y déjala que sueñe, como lo hice yo hace ya tanto tiempo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Etérea



Su voz, cómo olvidar su voz de niña grande, con la que gritaba a los cuatro vientos que no quería ser como su madre. Yo reía, la amaba y me reía, la miraba por horas y podía ser ella una perfecta fotografía. Toda su figura era de otoño, tenía el dorado del ocaso en su boca y el perfume de tierra húmeda en la piel. Qué ganas de haberla conservado así toda la vida, sin los surcos de la angustia en el rostro ni los agujeros que se abren en el pecho debido a la pena.

Como un poeta esperanzado traté de sanar sus heridas con mi prosa maldita, sólo conseguí envenenarlas y convertir nuestras lágrimas en sangre que supura como pus de la carne infectada. No fue mi intención escribir esos párrafos que inventé, no quise relatar esas historias que volvieron su esencia en puro humo entre mis dedos. Es etérea, como los ángeles protectores que luego brillan por su ausencia. ¿Qué hago ahora con todo lo que manché? ¿Qué se supone que rezaré ahora para limpiar mi insolencia y transformarla en reverencia?

Me doy cuenta que escribo, escribo, y en cada sílaba toso y agonizo. Soy la representación exacta de una inconstante línea cardíaca. ¿Me reconocería ella si me viera por la calle? ¿Si me sentara a su lado? Porque dicen que adelgacé, que cambié, pero creo que si me pesan tengo toneladas a cuestas. Dicen también que ella sigue por ahí, caminando entre la gente. No la he visto, y creo que se debe exclusivamente a que no me atrevo y ella, gracias a mis sucias letras me tiene miedo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Con electrochoques si es necesario




Cuando la inspiración llega en ojos llorosos algo no anda bien. Cuando la inspiración llega para darme de palmaditas en la espalda es porque de escritora no tengo nada, sólo penas descriptibles, dolores con adjetivos predecibles y lágrimas que juro tienen sabor a tinta. Miro por la ventana de mi oficina, que muchas veces ha sido un colador despiadado de mis sueños, y veo que el cielo se ha tornado de un gris ofensivo, como si todas las tormentas errantes por el mundo quisieran venir a golpearme en la cara. Les daría su turno, a cada una sin dudarlo, incluso a los relámpagos para tener una sesión gratuita de electrochoques que me sacuda entera, me quite la pena y me arranque estas ganas de jugar a la escritora.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Miedo que detiene


El miedo a amar llenó de sombras cada recodo de su rostro. Era joven, vivaz, pero ese temor constante que se apoderaba de sus entrañas, le había vuelto su calor en hielo seco, su sonrisa en simple cortesía y su seguridad en mano temblante. Agazapada en un rincón de su sala, abrazada a sus piernas, veía cómo se proyectaban figuras tétricas en sus paredes, formas grotescas que cambiaban en cada pensamiento, en cada sollozo expulsado de sus labios rotos y soplido del viento. Tenía el pecho ardiendo, como si cada sentimiento le quemara la piel a fuego lento.

La joven desvió su atención un momento hacia la ventana frente a ella y notó que comenzaba a amanecer. El sol se apoyaba en la cordillera lentamente y asomaba su enorme cara amarilla para iluminar la ciudad santiaguina que nada le agradece. Vio las primeras golondrinas surcando el cielo como aviones kamikazes y deseó tener alas para poder despegar por primera vez su humanidad de la tierra. Aburrida de vivir entre metáforas, cogió su bicicleta entre los cachureos olvidados y salió de esas cuatro paredes con el deseo de mandar todo al carajo.

Pedaleó por las angostas calles de su barrio y al encontrar una cuesta que terminaba en una línea férrea, se lanzó por ella sin siquiera pensarlo. Soltó el manubrio abriendo sus brazos, cerró sus ojos al sentir la brisa y junto al vértigo que nacía desde su vientre escuchó muy de cerca la campanilla del semáforo. No quería reaccionar, sólo dejarse llevar. Sin embargo, la bofetada de la prudencia la obligó a frenar de lleno justo a tiempo, a sus espaldas había dejado una marca negra en el pavimento. El tren pasó sobre los rieles oxidados a un par de metros provocando que el piso temblara a su paso. La joven se quedó mirando la serpiente de metal respirando agitado. ¿Si no me hubiera detenido me habría atropellado?, se preguntó de inmediato, luego reformuló la pregunta, ¿Si hubiera acelerado lo habría sorteado? Y se quedó allí, nadando en cuestionamientos,  pendiente del camino al otro lado y esperando que los vagones uno a uno fueran pasando.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Heridas de guerra


Francia
Segunda Guerra Mundial.
Junio, 1940

El rostro de los franceses se había contorsionado en un gesto de total miedo y desesperación. La noticia de que los alemanes llegarían en tropel a invadir la capital, provocó que los habitantes huyeran en multitudes abandonándolo todo, luchando en las estaciones de trenes por una oportunidad de alejarse del peligro hacia horizontes más neutros. Los aliados estaban en pugna. El dictador italiano Mussolini, no estaba contento luego del desaire de Hitler al no concederle sus peticiones como parte de la ganancia teniendo que conformarse con migajas. Sin embargo, la testarudez italiana tomó las riendas de sus actitudes bombardeando Lyon al primer descuido y demostrar su poder. París ya estaba con sus muros delgados, vulnerable, por lo tanto, los soldados italianos actuaron por su parte como una forma de recordar al mundo que ellos también sabían pelear y merecían una buena parte del pastel.

Giuseppe Pagliuca sentía sus manos húmedas al empuñar su arma. Maldijo esos kilómetros que tuvo que recorrer junto a su compañía, maldijo los caminos de tierra dispareja, las dunas pronunciadas y al detenerse en uno de los pueblos aledaños, se quitó las botas de reglamento para descansar sus pies. En sus oídos retumbaba la molestia de su oficial superior al recibir las nuevas órdenes por radio. Parecía que a esas alturas todo estaba contradiciéndose. Instrucciones iban y venían como una lluvia de meteoritos consiguiendo confundirlos aún más. El teniente a cargo de la Escuadra, cortó la comunicación masticando su tabaco con mayor fuerza.

-¿Qué carajo cree que hace, soldado?- se dirigió a Giuseppe- ¡Esto no es un paseo por el campo! ¡Vuelva a calzar sus botas y póngase de pie, debemos continuar!- Todos los uniformados se incorporaron de un brinco, acomodando su equipo en la espalda que pesaba como la vida misma- ¡El bombardeo a Lyon aún no concluye! ¡Tenemos órdenes de avanzar hacia el este y ocupar Menton!- al decirlo, su cerebro de militar preparado calculó que serían cerca de cinco horas de viaje. Debían apresurarse.
-¡Sí, señor!- respondió el grupo a una sola voz.

La energía de la soberbia y la vanidad de enaltecer a una ofendida Italia envenenó la sangre de Pagliuca. Sus ojos estaban cubiertos por una venda de odio absoluto: quien no fuese compatriota suyo merecía morir por indigno. Estaba tan lleno de ese pensamiento que rumiaba ansioso por apretar del gatillo. Debido a esto, tomaron atribuciones exageradas como la de disparar a voluntad a todo lo que se moviera fuera de la fila. La compañía a la que pertenecía Giuseppe, estaba compuesta por quince jóvenes italianos que no superaban los veintidós años de edad. Muchos de ellos aún mantenían los rasgos infantiles en sus facciones como también el arrebato impredecible de la adolescencia. Esto último, resultaba ser una valiosa virtud en un soldado raso. Para la guerra sólo hacían falta agallas y sangre fría.

El avance por la ciudad fue cauteloso. Por orden del teniente, se replegaron por los rincones buscando amenaza enemiga de manera casi paranoica. Si bien las fuerzas francesas eran mucho más débiles que las italianas, no debía ser motivo para confiarse. El bombardeo se escuchaba a lo lejos, el granizo explosivo iluminaba el cielo nocturno y Giuseppe se infestaba de adrenalina. Peinaron los terrenos tratando de ser agudos e intrépidos. Muchos de los conscriptos tenían afición a la milicia, pero otros eran tan torpes que muchas veces retrasaban a la Escuadra consiguiendo el mal humor del oficial a cargo.

Aquella noche resultaba ser muy calurosa. Las frentes perladas de sudor de los soldados, daban clara muestra de la humedad que reinaba en la región. El cielo estaba escampado, la luna nueva colgaba con desfachatez tornándolo todo plateado con su brillo de alma en pena. El sonido del río que bañaba la ciudad francesa llamaba a los uniformados a refrescarse pero sabían que era demasiado arriesgado. De seguro, centenares de ojos enemigos estaban posados en De Rhône para reventar cabezas forasteras. Si tan sólo volvieran a Italia… ese avance sólo era justificado por el ego herido de un hombre. Resultaba innecesario apoyar un ataque en esas tierras, no tenía sentido, no estaban bien preparados para ello; lo sabían pero nadie dijo nada.

La pasividad que se respiraba en ese momento era inquietante. Ni una sola alma por esas avenidas, ni un perro callejero, ni una luz llenando una ventana. Eso le daba mala espina a Giuseppe Pagliuca, quien se quitó su casco para rascarse la coronilla con impaciencia. De pronto, un filoso silbido lo hizo sobresaltarse. Una bala había pasado por un costado de su sien a sólo milímetros de dar en el blanco y se estrelló en el asfalto. Toda la compañía se arrojó al suelo buscando refugio, sorprendidos por un ataque repentino que parecía venir de todas partes.

-¡Cúbranse, maldita sea!- gritó el teniente. La tropa se esparció sin orden alguno. Las explosiones lograban liarlos y sentir el temblor de la tierra bajo sus botas los alteró perdiendo la noción del tiempo y el espacio. A pesar de la gran desventaja, los franceses no se rendían sin pelear y eso los convertía un digno contrincante- ¡Debemos cruzar el puente! ¡Aquí estamos expuestos!

Giuseppe no veía diferencia alguna. Estaban en Francia, cualquier lugar era sinónimo a exposición y amenaza. No eran bienvenidos y el apoyo alemán era algo cuestionable. Esos amantes de la raza no buscaban amistad en sus simpatizantes sólo servicio, y esperar una ayuda en momentos como ése era un pensamiento sumamente iluso. El oficial, como un guerrero medieval, se incorporó y guió a sus hombres hacia el puente Lafayette, sorteando las balas. Giuseppe no podía ver muy bien a causa del humo que invadía el ambiente. Tosió un par de veces, empuñó su arma con fuerza y salió corriendo junto a los demás sintiéndose como un plato servido sobre una larga mesa. El italiano no tenía idea hacia dónde se dirigían, por lo visto en su brújula segundos antes, debían estar atravesando hacia el oeste y continuó sin demora. Escuchaba los llamados de algunos de sus compañeros heridos por el camino pero no se detuvo, brincaba sobre ellos, debía salir de allí y llegar vivo del otro lado.

-¡Pagliuca!- A pocos pasos de distancia, un soldado huía de los proyectiles franceses tratando de alcanzar a Giuseppe, quien decidió detenerse unos instantes para esperarlo. Su carrera era irregular gracias a la herida en su pierna y el excesivo peso del equipo sobre sus hombros. Ese muchacho nunca se había destacado por la destreza física, el hecho de que fuera el traductor de la compañía y el intérprete de los mapas siempre lo mantuvo al margen del conflicto. No obstante, al llegar casi a la mitad del puente, una bala certera le atravesó el cuello limpiamente. Su sangre saltó como agua de un géiser sobre el rostro espantado de Pagliuca, quien vio cómo caía de bruces a sus brazos. Aquellos gemidos guturales, la perforación en su yugular y el movimiento de su boca en búsqueda de oxigeno, asquearon al joven como nunca imaginó. Miró al herido a los ojos sin poder ocultar su terror.
-Lo siento…- dijo Giuseppe, asustado. Y así sin más, se zafó de él para seguir corriendo. El chico tenía veintiún años de edad, y entre el horror de la guerra había olvidado que eran mejores amigos.