lunes, 6 de enero de 2014

Si fuera el final



Escrito a pedido de mi amiga, la artista mexicana Hortensia Martínez: Si el apocalipsis fuera ahora.



Hay sangre y saliva en el cielo, me digo en voz baja. Dejo las cortinas corridas y me siento en el amplio marco de mi ventana. Con la mirada pegada en las nubes hechas jirones, sé que ha llegado ese momento en que nada y todo importa al mismo tiempo. Me hubiera gustado haberte conocido mucho más, haberte entendido sin cuestionar y apoyado más que buscar tu apoyo. Tal vez he sido egoísta contigo y he refugiado mis temores en páginas tanto escritas como en blanco, en divagancias y no en el grano. Ahora, sobre mi cabeza, se abre una boca abrumadora que ridiculiza hasta al más soberbio cayendo de rodillas. Lo poco que sabemos acaba y sólo podemos lamentar que no hemos concluido absolutamente nada. Veo miedo, absurdos intentos por corregir lo hecho y gritos que claman por algo que jamás creyeron. Nunca pudimos ser humildes para pedir una disculpa, para pedir ayuda, para felicitar o para amar sin pensar.

Me pregunto si a mis treinta años ante tus ojos merezco cada año cumplido, si he aprovechado cada uno de los diez mil y tantos días como se esperaba en la vida. No quiero hacer un repaso de mi existencia como una maldita película de ocho milímetros y ensalzarme con añoranza y arrepentimiento que se vuelven baratos y muy usados. Prefiero sentarme a debatir contigo mis puntos de vista, tal como una entrevista. Sonrío ante esa idea y el cielo parece quemarse más todavía. El calor de un sol embravecido me perla el rostro imaginando las brasas de un fogón fuera de control. Hoy es el punto aparte de una lectura que nos parece extensa pero en realidad es tan corta como un lema.

Quiero pensar que fui honesta sobre mí misma en todo momento. Mala, buena, perra, tierna, da igual. Quiero pensar que abracé de verdad, amé con el corazón y lloré con fuerza. Quiero pensar que cada palabra que escribí fue escrita con tinta de mi sangre, que la escritora en mí me perdone por cobarde y que las personas que reunieron mis brazos sepan que puedo vivir con la cabeza metida en ficción pero con el alma repartida en ellos. Quiero pensar que las distancias no importan, nunca importaron, que el amor es amor como venga y que tú me conoces como nadie. Si ese cielo, amenazador y violento, se nos viene encima con todo su peso, si ese aliento caliente que nos sopla la cara es un final, quiero que sepas que nunca te mentí porque sabes que ante Ti soy una pésima actriz.   


Imagen titulada: "La Luz de Ingeborg", de Cecilia Flaten.


viernes, 6 de diciembre de 2013

Anywhere but here



-Hola, Johann- saludé a mi hermano con mi voz rasposa y desaliñada. No había dormido en toda la semana.

-¿Qué haces aquí? Deberías estar cuidando de nuestra madre…- a lo lejos, oímos un bombazo que ya se habían hecho habituales en Berlín, al igual que los disparos y los gritos. Bajé mi cabeza tratando de no soltar un sollozo.

-He venido a hablar contigo… necesito de tu ayuda…

Me había enamorado de una judía, una joven que despertó en mí hasta las más intensas emociones. Estaba envuelto de ella, de su cabello, de su piel, de su sonrisa, de su luz, me pareció curioso que ninguno de mis hermanos se diera cuenta que no estaba lleno de una vida que ya no me pertenecía, le pertenecía a ella, a Alexandra. La conocí entre los embistes de la guerra, en medio de la basura, de las balas, de la sangre. Fui en su rescate tanto como ella del mío. Me distinguió de los demás alemanes temerosos, furiosos, desconcertados, asustados y de los desalmados. No todos éramos iguales, no todos éramos ciegos ni deshonestos. Alexandra y yo nos enamoramos inevitablemente, nos besamos por primera vez en algún callejón clandestino huyendo de todos, sintiendo el sabor de la pólvora en sus labios pero aun así, un almíbar celestial para este pobre mortal. No me importaron sus raíces ni las mías, sólo buscaba ramas, ramas largas para irnos por ellas hasta salir de Alemania.

Mi hermano mayor, Gerhart, era un uniformado de alto rango en el ejército y estaba moviendo hasta la piedra más ínfima para encontrarnos. Yo era una deshonra y debía pagar con sangre mi ofensa hacia la misma. Cuando su escuadra irrumpió en nuestra casa para sacarme a patadas y matarme frente a todo el vecindario para dar una lección, no dudé en escapar lanzándome por la ventana de mi cuarto que estaba en el segundo piso. Caí y no me importó el dolor punzante que sentí en mis rodillas ni los cortes de vidrio en mi cara. Corrí, corrí, llegué hasta el escondite en donde Alexandra me esperaba y de la mano nos aventuramos a salir al exterior a buscarte a ti…

-Necesito de tu ayuda… y de tu bendición- Johann me escuchó del otro lado del confesionario, viendo a través de la tela oscura su rostro contorsionado por la sorpresa y el espanto.

-¡Thomas! ¡Ya vienen!- me llamó Alexandra desde la puerta de entrada y apuré la reacción y respuesta de mi hermano. Él, elevando su mentón unos centímetros, salió del cubículo, buscó entre los bolsillos de su sotana y lanzó hacia mí las llaves de su querido Volkswagen.

-Lo quiero de vuelta cuando todo esto termine… ahora, váyanse- nos ordenó, y abrazándolo con fuerza, me despedí de él para salir de la parroquia. El vehículo estaba estacionado a pocos metros y lo abordamos con presteza. Aceleré y sin importarme atropellar a unos cuantos soldados, enfilamos hacia las afueras de la ciudad. Destino: cualquier parte menos aquí.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Regalos suicidas



Hoy encontré algunos regalos de navidad que me habías obsequiado en el pasado, ese pasado que me abofetea la cara cada vez que me levanto de la cama. Estaban en mi habitación, sí, en alguna parte que no vi y que ahora saltan histéricos y trepan por mis paredes como seres de otro mundo. Uno de ellos se ahorcó, otro se encendió fuego y quiso quemarse a lo bonzo. Traté de salvarlos y con el último me lastimé las manos. Me recriminé la estúpida insistencia por rescatarlos, por querer mantenerlos creyendo con eso todavía te conservo. Quizás los regalos tienen una ordenanza tuya para auto aniquilarse, para desaparecer de mi vida y así no dejar rastro alguno de tu existencia. Si será así de bestial y sanguinario, entonces me alegro mucho de que nunca me regalaras un perro o un gato. 

jueves, 7 de noviembre de 2013

De amor y otros conflictos - II



Francisco y yo surcábamos los cielos como dos aves rapaces. Él pasaba por mi lado realizando alguna maniobra temeraria y presuntuosa, y por mi parte hacía lo mismo y en lo posible mucho mejor porque no aguantaba que me venciera en las alturas. Ambos nos autodenominábamos los mejores pilotos de la Fuerza Aérea y vivíamos en constante competencia. Las nubes obesas de Punta Arenas siempre amenazaban con lluvia, pero desde la cabina de mi avión parecían algodones inofensivos que invitaban a atravesarlas. Siempre me gustó volar luego de las cinco de la tarde. El sol se escurría hacia el horizonte y sus últimos rayos refulgían testarudos atravesando el vidrio de mi cabina.

-Ya estás con tus atardeceres mamones- escuchaba a Francisco burlarse por el radio.

Él me conocía como nadie. Podía observarme sólo unos segundos para adivinar qué significaba el gesto que dibujaba en mi cara y darme justo en la herida. Bueno, yo también lo conocía muy bien. Creo que esa fue una de las cosas que me hicieron amarlo, saberlo como la palma de mi mano y que al mismo tiempo me sorprendiera tanto. Sí, me enamoré de él y aun luchando contra ese perturbador sentimiento, aun tratando de extirparlo para ponerlo bajo un microscopio y analizarlo, lo negué hasta estallar en llanto entre sus mismos brazos. Francisco me sostuvo, serio, con su ceño fruncido y manos seguras. Recuerdo que me abandoné como un niño creyendo que se desprendía la carne de mis huesos, y lo único que daba vueltas en mi cabeza era el rostro de mis padres llegando a marearme.

-Gabriel, mírame…- me pidió y yo, con mi rostro mojado en lágrimas, hice el mayor esfuerzo de mi vida por obedecerlo- Todo está bien, tranquilo.- susurró, y sumergidos en una tensa pausa me besó con cierta timidez, Mi pecho pudo explotar en ese mismo momento porque sentía mis pulmones y mi corazón tan gigantescos que no cabían entre mis costillas. No recuerdo muy bien lo que sucedió después, ni siquiera recuerdo por cuánto tiempo nos besamos, quizás fue sólo un segundo, un roce. Francisco me contó después que lo empujé con fuerza alejándolo de mí y eché a correr calle abajo como un desquiciado.

Las cosas se complicaron, nuestra relación de compañeros se complicó, lo sé, pero no podía estar lejos de él por más que lo intentara. Dejé de llamarlo debido a la vergüenza y al miedo, lo evitaba en los pasillos de la Base, cambié horarios y rutinas pero nada de eso sirvió. Comencé a necesitarlo como al aire. Fingir ante todo el mundo que sólo éramos colegas resultó ser una tortura que tuvimos que aprender a manejar, porque Francisco también cayó en ese pozo confuso. Éramos los intachables dentro de la cuarta Brigada Área y que todos se enteraran de nuestra relación, fuera de lo estrictamente profesional, sería el fin de nuestras carreras. Era cosa de ver las noticias y la reacción de ciertas instituciones al descubrir a sus subordinados en actos indecorosos para sus valores morales.

-Miren a esos huevones…- reclamaba mi superior hacia la televisión una tarde- ¿Cómo es posible que manchen así su uniforme?- en las noticias, pasaban el reportaje de unos miembros del ejército descubiertos en su condición sexual. Los comentarios continuaron.

-Esos maricones no tienen vergüenza- dijo uno que reconocí de la otra escuadra. Sonreí irónicamente ante su descaro. Él hablando de maricones cuando todos sabían que cagaba a su mujer con otra. Me mordí la lengua para no lanzar algún improperio. Francisco estaba cerca de mí con los brazos cruzados contra el pecho. Serio. Noté su mirada fija en mí pero evité volverme hacia él o me vendría abajo.

-¿Qué te parece esta mierda, Martínez? ¡Hasta qué punto hemos llegado!- me preguntó otro compañero. Yo sentí que la garganta se me secó de un chasquido. Traté de verme lo más tranquilo e indiferente ante su mirada expectante aunque bajo mi uniforme de vuelo, sudaba como un cerdo. El miedo me superó.

-Deberían echarlos cagando a todos- dije por caer bien y poco después de callar, el sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas me advirtió que Francisco había salido. Me excusé con alguna mentira, salí de la oficina y fui tras él sin encontrarlo en lo inmediato. No supe qué miedo fue peor, el ser descubierto o el perderlo. Cuando lo vi, a mitad de camino hacia el estacionamiento, lo detuve del brazo. Francisco se zafó de mi mano con brusquedad.

-¿”Deberían echarlos cagando a todos”? ¿Es una broma?

-No supe qué responder…

-¡Si no sabes qué decir, entonces cierra el hocico!- refutó y me empujó provocando que con mi espalda golpeara otro auto cercano. La alarma lanzó un breve sonido. Siguió caminando hasta llegar a su vehículo introduciendo la llave en el seguro para abrirlo.

-¿Y qué esperabas que dijera? ¿Ah? ¿Que los apoyo cuando tú mismo escuchaste que hasta el jefe no los tolera? ¡Se hubiera provocado una discusión desagradable…! - Francisco me miraba con ojos agudos como estiletes, sentí que me había perforado la cabeza. Dejó la puerta abierta y se acercó un par de pasos hacia mí.

-¿Qué esperaba que dijeras? Te recuerdo, Gabriel, que te enamoraste de un huevón, de mí… esperaba que dijeras cualquier cosa menos esa mierda.- habiendo dicho eso, giró sobre sus talones, abordó el auto y se fue sin que pudiera articular una sola palabra para detenerlo.

Luego de esa discusión, nuestra primera discusión después del primer beso, porque antes de eso discutíamos por todo, fui hasta su departamento con la cabeza revuelta y el corazón dolorido. Golpeé dos veces la puerta y al abrir nos quedamos mirando sin decirnos nada. No sé qué cara de culo habría tenido o qué ojos enrojecidos llevaba en mis cuencas, porque Francisco a los pocos segundos me instó a acercarme a él y me abrazó fuerte, ahí mismo en el umbral. Nos recostamos en su sofá y me acariciaba el cabello sintiendo que también acariciaba mis pensamientos. Juro que para mí cada roce que proviniera de él era capaz de sanarme hasta las quemaduras en la piel.

Hicimos el amor por primera vez esa noche, con fervor e impaciencia, a manotazos, a mordiscos, y en cada fricción, en cada beso depositado en nuestras bocas, el mundo carecía más y más de sentido, de tiempo, de espacio. Nos envolvíamos los cuerpos restando todo vacío posible entre nuestros ángulos. Yo me refugiaba en sus espacios, él seguía mis líneas aprendiéndome de memoria. Le pedí perdón por ser tan condenadamente cobarde mientras mordía mi cuello susurrándome que todo estaría bien. Quise convencerme de ello, quise hacer de sus palabras un argumento propio estrechándolo vigorosamente contra mi pecho. Nos dormidos sumergidos entre las sábanas respirando con la misma cadencia y tranquilidad, sintiendo que las horas eran prácticamente segundos derramados por el suelo, como nuestros uniformes desde donde las medallas soltaban destellos.

viernes, 25 de octubre de 2013

Mal olor


Vi como caía un compañero en la esquina, luego otro en el parque, otro cerca del quiosco de la señora amable que nos da frituras y otros dos en la banca donde dormía el señor con olor a uva rancia. Tuve miedo. No sabía qué estaba sucediendo. Retrocedí porque mi instinto me gritaba a los oídos que me fuera. Un frío muy extraño me recorrió todo el lomo. Las piedrecillas bajo mis patas se volvieron pequeñas agujas y a cierta distancia vi a una niña que me miraba con pena y horror. Vete, sálvate, le escuché decirme claramente y creí que me había vuelto loco. Con toda la fuerza que me quedaba corrí lejos. Los humanos son malos, me dije, y traté de esquivarlos.

Cerca de la calle de los pescados, así la identifico yo porque huele a pescado, dejé de correr y sentí una sed horrible. Tomé agua desde un charco en la vereda y refresqué mi lengua percibiendo el sabor a tierra. Un gemido salió de mi hocico sin planearlo, el olor a muerte seguía flotando en el aire y traté de distraer mi nariz con otro compañero que no conocía. Olía a pelo mojado.

-No vayas al parque- le dije- los humanos huelen a lodo podrido.

-Mala señal- contestó, mientras se rascaba tras la oreja.

-Será mejor que avises a los que puedas y estén alerta. No somos bienvenidos y nos están matando a todos- el compañero se fue y una señora me echó de donde estaba a escobazos. Caminé entre los puestos de comida y la panza me gruñó fuerte. El susto me había hecho olvidar por un rato el hambre que siempre me acompaña. 

De pronto, una voz que me pareció familiar me hizo levantar las orejas. Toma, come, escuché. Era la niña que vi en el parque. Tenía un trozo de masa con carne y no quise acércame. Ella al parecer entendió y arrojó la comida al suelo. El hambre me hizo dejar a un lado mi orgullo y comí. Era salado, ligeramente metálico y blando. No me tengas miedo, dijo y volví a pensar que me había vuelto loco. Quiso tocarme, pero no la dejé. En toda mi existencia, jamás he dejado que un humano me toque. Le di la espalda y me fui camino a la calle de las frutas. La acidez de la muerte seguía en el aire.



Dedicado a la matanza de perros callejeros en San Joaquín, Santiago, 2008.

jueves, 24 de octubre de 2013

Piedras en el camino



A ciento veinte kilómetros por hora… ¿Por qué llevaba tanta prisa? ¿Hacia dónde iba? ¿Por qué discutíamos con Andrea? ¿De dónde salió la piedra? ¿Dejaré de escuchar en algún momento ese escándalo de vidrios y huesos rotos que por las noches me despierta? ¿Qué hice yo luego? No lo recuerdo. Sólo luces, frío, abandono, miedo y rabia. Su voz ronca a mi lado enmudeció la mía, sus labios entreabiertos liberaban suspiros de agonía que me sonaban a gritos, el parabrisas estaba despedazado y una piedra ensangrentada yacía en el piso del auto. Dolor, sólo dolor.

Después de esa noche creo que morí un poco. Personas me hablaban pero mis oídos estaban inundados de lágrimas porque sólo escuchaba murmullo de agua. Un canal desembocándome justo en el corazón. Las autoridades me preguntaban mierdas que no sabía contestar, pero ellos insistían en que sí, ¿acaso me había vuelto transparente y veían respuestas ocultas? ¡No sabía nada, maldita sea! Poco a poco fue disipándose la niebla en mi mente y desde un espacio vacío en el que estaba, me vi de repente en la autopista, en algún kilómetro determinado, a poca distancia de un paso nivel.

-Alguien lanzó una piedra a su vehículo desde la altura, señor- me informó un oficial mientras los paramédicos se llevaban a mi esposa con el cráneo destrozado. Creo que caí de rodillas porque cada vez que evoco ese momento, viene acompañado de un breve dolor en mis rótulas. La prensa no tardó en llegar y cuando vi mi rostro por la pantalla balbuceando sobre lo ocurrido esa noche, supe de inmediato cómo me vería a los ochenta años. Mi piel se había roto tal cual lo hizo el vidrio de mi auto.

Fuimos noticia por toda una semana. En mi casa la gente iba y venía, las palmadas en mi espalda me tenían la piel enrojecida y mi perro me seguía para todos lados. Yo caminaba perdido, por primera vez solo desde que la había conocido. Andrea fue internada de urgencia y con su coma se llevó nuestras conversaciones al limbo durante semanas. Las fotografías de nuestra boda celebrada el año pasado, me miraban desde las paredes como ventanas a un universo paralelo. Sintiéndome microscópico, me refugié en la clínica esperando noticias como un lobo hambriento. Merodeé tantas veces sus pasillos que parecía un enfermo siquiátrico. Flaco y extraviado.  

-Vete a casa un rato, hijo. Cualquier cosa que sepa, te llamo- decía mi madre, preocupada por los círculos oscuros alrededor de mis ojos.
-Quiero estar aquí cuando despierte- me negaba, terco hasta el final.

Andrea despertó un sábado por la tarde y yo estaba a su lado, con su mano lánguida entrelazada con la mía. Llovía afuera y hacía frío. Fui tan feliz que lloré entre los brazos de una de las enfermeras de turno. Me acerqué a mi esposa y ella me miró perdida hasta que fijó lentamente sus ojos castaños en mí. La saludé y mordí mis ganas de llenarla de besos. Su cabeza estaba sumergida en vendajes y algodones que aumentaban el doble su tamaño. Sin embargo, las semanas siguientes de nula reacción se transformaron en meses. Las noticias en la televisión habían cambiado. Creo que sucedieron las eliminatorias para el Mundial, una elección Municipal, bajó el precio del dólar, subió la bencina… no estoy muy seguro. Lo único que tenía en la cabeza era que el doctor me había pedido fuerza ante la posibilidad de que mi esposa no volviera jamás.

Por otro lado, mi abogado me hablaba de burocracias asquerosas, trámites, demandas y papeleos que no estaba en condiciones de llevar a cabo. Mi cabeza se había vaciado de todo tipo de pensamiento fuera de la clínica. Creo que me dijo que el responsable había sido un chico de catorce años, menor de edad y por tanto, inimputable. La impotencia que me invadió mantuvo mis lágrimas a raya y calientes como la lava. ¿Cómo era posible que cosas así ocurrieran sin culpa alguna? ¿Qué mierda quería lograr ese pendejo? ¿Dónde estaba Dios que no detuvo esa roca? ¿Dónde está Dios que no lo condena? ¿Dónde está? Apreté mis dientes y me encerré en la habitación con Andrea. Lugar que se había vuelto mi hogar.

Celebré el Año Nuevo con mi cabeza apoyada en el regazo de ella. El verano fue un sol pasajero por la ventana y las hojas del otoño me saludaron en su corto viaje hasta el pavimento. No fue sino hasta su cumpleaños a mitad del invierno que Andrea volvió a abrir los ojos y movió un poco sus labios, como si quisiera comunicarme algo. Para mí fue un acontecimiento tal que vomité en el baño de la emoción. Acerqué mi oído a su boca, deseoso de escuchar su voz otra vez. Esperé ansioso casi una hora, la miré de frente adivinando su expresión. Leí su ceño, las líneas de sus facciones, la luz en su mirada. Fue inevitable. Habló lento, entrecortado, bajo y desafinado, pero aún así, le entendí bien y solté el llanto.

-Eres joven… Vive por ti… vive por mí. Te amo…- y después de eso, sólo silencio.

jueves, 3 de octubre de 2013

Wrong answer



Looks like I’m gonna do everything myself, maybe I could use some help but hell, if you want something done right, you gotta do it yourself…

La canción resonaba en sus tímpanos como una arenga elevada por sus pulsaciones. Mientras giraba la velocidad con su mano duramente empuñaba, su motocicleta Ducati Diavel rugía en la oscuridad cual pantera en cacería. Francisca se internó en la ciudad cortando el viento, la niebla de invierno la escondía de los cuervos sintiéndose libre y a la vez protegida por un velo natural. Cegada por la rabia y la impotencia, dobló en una curva cerrada sin disminuir su carrera. Patinó un segundo sobre el asfalto pero logró controlar la máquina a tiempo. La canción seguía con las patadas en sus tímpanos volviéndola imprudente.

Las calles de Santiago estaban húmedas, una suave capa de rocío brillaba a la luz de los postes y a lo lejos, la torre Entel parecía un periscopio vigilante y siniestro. Francisca ni sentía el frío reinante, su sangre se había vuelto de mercurio y sin darse cuenta, su respiración- normalmente suave- en ásperos gruñidos. La doblar desde José María Caro hacia Purísima, los adoquines de esa calle antigua hicieron vibrar su motocicleta. La joven se detuvo a media cuadra y desmontó de un salto. Sus piernas temblaban, sus huesos parecían de repente hechos de algodón egipcio. Sin quitarse el casco, volteó su cabeza hacia la parte trasera de su vehículo para comprobar que todavía tiraba de ese bulto al cual miraba con asco. Caminó hacia él escuchándose los tacones de sus botas golpear el asfalto como balazos. Un hombre gemía dolorido y sangrante, agradecido de que ese trayecto del infierno al fin hubiera tenido pausa. La cadena que lo apretaba por la altura del torso le impedía respirar profundamente.

Francisca sentía que no cabía en su chaqueta de cuero. Tenía los pulmones tan inflados de ira que bien podía irse flotando a la deriva en cualquier minuto. Se acercó al hombre y lo tomó por las solapas de su camisa hecha jirones. Lo miró de cerca provocando que él viera su propio reflejo en el visor del casco y lo empañara con su aliento. Era tanto lo que la joven tenía que decirle que las palabras se acumulaban tras sus dientes. No pudo traducir sus pensamientos ni mucho menos sus puteadas a un castellano entendible. Tragó saliva reparando que no servía de nada, tenía la boca seca.

-Así que te dejaron en libertad por falta de méritos- habló ella por fin.

-El juez… es… el que decide- dijo el hombre con extrema dificultad.

-Y yo decido hacer justicia real, ¿o te arrepientes de haberle robado la inocencia a mi pequeña?- el aludido no hizo más que mirarla con displicencia y escupir saliva sanguinolenta hacia el visor de su casco. Francisca se incorporó despacio y limpió el desprecio con el puño de su chaqueta.-Respuesta equivocada- y bajo un desplante felino, volvió a montar su motocicleta y derrapó cerca de la cara de su víctima para seguir recorriendo los barrios de Santiago, tirando de ese bulto que gritaba de vez en cuando.