lunes, 15 de marzo de 2010

Desvarío en noventa palabras


Hoy es una de aquellas noches en donde la luna es amordazada por las nubes y no puede hablar de amor ni de esperanza. Se ha convertido en un fantasma, fría y sin alma… ¿Qué sucede con esas metáforas que de tanto usarlas suenan gastadas? Es de noche, estado inmune al sol y a los atardeceres de colores. Cuando olvido cómo es un horizonte ardiente sólo aguanto las lágrimas para sentir que me queman la mirada. Es la misma tibia y desesperante sensación que revivo cuando me da la gana.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Las secuelas del miedo




Las azucenas blancas se agitan inquietas gracias a la brisa indómita del verano. Ya queda poco para que llegue el otoño y la actual juventud de la naturaleza se torne ancianidad. Lo espero ansiosa. Mientras camino sin rumbo fijo, elevo la mirada dejando que el azul pálido del cielo me llene la memoria. Quiero recordarlo así, translúcido, puro, inmaculado. Echo de menos el cantar de las aves. Sé que volaron despavoridas debido a la sacudida de fin de mundo, pero conservo la esperanza de que volverán algún día. Esta ciudad no puede quedarse sin vida.

Temo que los acontecimientos me hayan robado las palabras. Temo no decir en su momento lo que realmente importa por estar buscando las perfectas, las elocuentes cuando sólo un "Te quiero" es suficiente. El miedo de que la belleza a la que estoy acostumbrada desaparezca me escarcha la sangre. Huelo las rosas en los jardines, la frescura de los eucaliptos, lo regocijante del rocío por las mañanas preguntándome cómo puedo inmortalizar este hermoso momento. Lo mismo me sucede contigo.

La necesidad de contacto prevalece ante lo incorpóreo del recuerdo, y debido a esto, paso las noches en vela ideando la forma de capturarte y así no perderte. Quiero cerrar las ventanas a tu alrededor para que no te conviertas en humo y te disipes en la niebla. Es desesperante. Como darse de golpes contra las paredes sin percibir dolor alguno. Quiero sentirte, quiero herirme por ti y presumir las cicatrices. La única forma que se me ocurre de demostrar que eres real y que en verdad no te perdí en medio del desastre.

De qué manera la cercanía de la muerte y el terror cambia las convicciones y las prioridades. El paisaje ahora me parece mucho más verde, aromático y brillante, los problemas más absurdos e insignificantes, tú… mucho más alcanzable pero al mismo tiempo vulnerable. Eso convierte el espectáculo de hojas secas en costras que se desprenden de mi esperanza. Me abrasa el pavor en cada réplica repentina, y no es por cobardía, sino por aquellas confesiones pendientes que están aún preservadas y edificadas en mi pecho. Lo sé. Llegará el día en que cederán y me derrumbaré como muro de adobe por completo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Terremoto




Como un rugido proveniente del subsuelo la tierra nos advirtió que estaba cansada. No pudimos siquiera reprocharle su enfado porque merecíamos una reprimenda como aquella tarde o temprano. El cielo se iluminó con destellos del alumbrado público que colapsaban en ese tira y encoge de pesadilla, y no pude más que cerrar mis ojos esperando que la muerte llegara en cualquier momento. Corrí, corrí sabiendo que no tenía un destino claro. La tierra se sacudía de los pies humanos que ya no tolera sobre ella y no pude culparla, sólo hemos sido una plaga que come y luego se va.

Me siento frente al televisor. Imágenes apocalípticas se proyectan hacia mí golpeando como latigazos. Niños llorando, ancianos demacrados y toda la esperanza de una patria arrojada al lodo. Desde el estropicio veo el desaliento, el futuro truncado como una novela con páginas arrancadas. El terremoto que desmoronó las esperanzas, sigue removiendo la tierra amenazando con regresar, con rugir otra vez para terminar de matar lo que hoy está agonizando.

De pronto, mientras alzo mi vista hastiada hacia el cielo grisáceo, los buitres pasan volando sobre mi cabeza dibujando círculos. Los observo con asco viendo impotentemente cómo consumen sin permiso desde el desastre. Roen, pican y despedazan sin piedad. Quiero coger una escopeta y corretearlos a balazo limpio. Sin embargo no puedo hacer nada, son demasiados. Si me descuido, pueden comer de mí y arrancar mi carne desde mis huesos. Malditos sean esos malintencionados que se reúnen en bandadas para atacar al despistado, al honesto o al derrotado.

Un terremoto no sólo mueve placas oceánicas o continentales, mueve placas del alma y nos desnuda por entero. Ahora, todos los chilenos temblamos pero son nuestras manos, nuestras piernas, nuestra voz al hablar. El miedo nos agarró por el cuello y nos asfixia con su aliento asqueroso. Las replicas llegan como gotas finales de un copioso temporal, latidos de un agónico enfermo cardiaco. Quiero huir, quiero despertar, quiero gritar a ver si puedo asemejar el rugido escuchado la madrugada del sábado. El futuro se ve malditamente lejos, la tranquilidad se echó a volar con las aves fugitivas, mi sonrisa la barrió el tsumani del sur y mi rabia aumenta cada vez que veo a un huevón robando un LCD o un refrigerador.

martes, 23 de febrero de 2010

Por las calles de la vida


En un día como hoy es cuando la pluma y la tinta se hacen escasas. El silencio de mi sala me ayuda a concentrarme pero es el ruido de mi pecho el que se vuelve insoportable. Las palabras escritas ayudan a liberarnos, se agradece la literatura, se agradece escribir sin pensar… sin embargo, te desnudas frente a los demás y se vuelve un arma de doble filo. Escribir un Te amo, bajo cualquier contexto, debería ser mucho más sencillo que decirlo, se supone que una vez aclarado todo se torna honesto, autentico y sin arrepentimientos; pero me he dado cuenta de que eso es mierda pura, como prosas de un escritor ambiguo que no sabe hablar con la verdad. Esas dos palabras, las más hermosas que uno puede decir, pueden destruir más que una palabrota envuelta en odio excesivo.

En un día como hoy es cuando comienzo a extrañar tiempos más simples como ir a la escuela, complicarme con banalidades, esperar esas llamadas telefónicas que estrechan los lazos de amistad y los encuentros furtivos de esos amores adolescentes que te hacen perder el sueño. Hoy todo se remece y queda de cabeza. La línea por la que uno camina se vuelve difusa. Me hace creerme una conductora a la que obligan a bajar del carro para caminar por la calle frente a un policía y demostrar que no está ebria. Hoy de seguro daría tumbos cada dos pasos.

- No debería conducir borracha como está- me diría el oficial. Yo, con mi cara fastidiada y desesperanzada, me encogería de hombros antes de responderle.

- No deberían dejarme conducir del todo. Vivo borracha de la vida y llegará el día inevitable en que la resaca me mandará a dormir eternamente- y justo ahí debería requisarme el vehículo, pero me deja continuar mi camino. En las calles de la vida hay millones de borrachos. Cuidado al cruzar la calle porque hoy soy uno de ellos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El que siempre recuerda y el que siempre olvida


Veo cómo las gotas de lluvia en aquella rama vibran al rasgar mi guitarra. Son como colgajos de cristal derretido y vuelvo a tocar para hacerlos caer. No sé si será el silencio utópico de la soledad, pero al aterrizar contra el suelo me pareció el sonido más escandaloso que he escuchado. Me acordé de ti por un instante. Mis dedos volvieron a las cuerdas y soltaron melodías que nunca inventé. Dejé que el momento se extendiera y recorrí cada acorde con deleite. Me pregunté qué dirías si estuvieras sentada a mi lado, oyendo el rítmico lenguaje de un llanto reprimido. Me acordé de tus palabras y me volví trovador. Era un trovador errante y borracho que bebía de la lluvia y de tu rechazo sus penurias. No podía envolverme de más inspiración que ésa. El azul añil sobre mi cabeza penetró el color de mi piel y me fundí con la noche temprana. Era de pronto parte del cielo o el cielo parte de mí, no lo sé… cosa que no conseguí contigo… y tras ese pensamiento no pude evitar rasgar mi guitarra más fuerte. Recordé tus palabras, las hice canción, las canté y lo curioso es que no las reconociste… eran tuyas, con ellas me iniciaste en esto de la nostalgia, con ellas me volviste un lobo que sabe de añoranzas. “Es la canción más triste que he oído”, me dijiste aún sin acordarte. Te encontré la razón y decidí nunca más volver a tocarla.

martes, 2 de febrero de 2010

Mil y una maneras...




Cuando llegaste al centro de rehabilitación en tu silla de ruedas no sentí lastima alguna por ti. Reparé inmediatamente en la arrogancia obvia de tu mirada y la altivez típica de un joven enamorado de sí mismo. Te empujaba tu madre, una mujer que a pesar de su apariencia bien acomodada, demostraba una humildad sin precedentes en sus hermosos ojos verdes. Al verme vestida con mi delantal de kinesióloga, sus hombros cayeron rendidos como quien se presentaba ante un dios como un simple penitente. Los recibí en la puerta de entrada desplegando la mejor de mis sonrisas. Siempre me pareció que romper el hielo en esas circunstancias resultaba ser de lo más apropiado. Me miraste, me analizaste de pies a cabeza y esbozaste una coqueta sonrisa de medio lado. Rodé los ojos al adivinar tus obvios pensamientos. Al entrar a la sala en donde realizaríamos los ejercicios pertinentes, tu madre nos dejó a solas para trabajar mejor. Leí tu expediente y mientras lo hacía no dejabas de observarme. Supe que teníamos la misma edad y que tu accidente había sido por un descuidado clavado en un lago durante tus vacaciones. Aquella práctica siempre me pareció peligrosa. Me estremecí leyendo los detalles de lo sucedido y me convencía cada vez más de que era un milagro que estuvieras vivo después de semejante choque contra una roca. Tú interpretaste bien mis gestos mientras leía porque sin esperarlo me interrumpiste con un: “Tranquila, creo que ya aprendí la lección”- y reí al escucharte. Tuve que admitir que a pesar de la petulancia eras adorable.

Empezamos los ejercicios recostándote en una de las colchonetas dispuestas para la práctica. Me ayudaron a ubicarte y luego comencé a masajear tus pies, mover tus tobillos y estirar tus rodillas con cuidado. Me mirabas con tal insistencia que me puse nerviosa sin quererlo. Me hablabas de tus estudios, de las fiestas a las que ibas, de lo alocado que eras en la vida y yo sólo te escuchaba. No podía negar que tenías una forma de ser muy atrayente. Después de esa primera sesión, donde pude constatar que eras un arrogante insoportable, no pude evitar esperar con ansias las siguientes. Cada vez que llegabas, te bajaban del vehículo entre dos enfermeros y tu sonrisa ancha atacaba tus labios al momento de verme en la entrada. Siempre me saludabas con un: “¿Hoy tenemos ejercicio en la piscina? Me encantaría verte en traje de baño”- te daba un golpe con el expediente en la cabeza y reías con esa carcajada breve que comenzaba a deleitarme.

No me di cuenta de mi involucramiento hasta que miraba mi calendario y mi reloj más veces de las que pudiera contar. Te veía llegar y el corazón se me apretaba teniendo que latir con más fuerza. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas. Te saludaba con un beso en tu mejilla el que aprovechabas al máximo rozando la comisura de mis labios. Siempre tan desfachatado y me sentía como una idiota. Durante los ejercicios, masajeaba tus pies para liberarlos del recogimiento de los tendones y maldecía en voz baja tu mala fortuna. Quise retroceder el tiempo y evitar que realizaras tal salto pero luego me dije que el destino obraba de maneras misteriosas, hasta irónicas. No nos habríamos conocido si no hubiese sido tu kinesióloga. Pasaron algunos meses y decidimos que era hora de ver si podías levantarte de tu silla. Trataste, sé que lo hiciste porque eres perseverante, eres un luchador. Tu madre y yo te mirábamos, esperanzadas; pero caíste, tus piernas te traicionaron y caíste de bruces sin poder sostenerte. Te ayudé a sentarte y apreté mis dientes para no derrumbarme en un llanto inútil. Ya te amaba dolorosamente. Tu madre salió por algo de beber, de seguro para llorar también, y entre el silencio me miraste sin quitar la sonrisa que estiraba tu boca.

- Oye… caminaré, lo lograré- me dijiste. Yo dejé que mis lágrimas cayeran de mis ojos como pedazos de cristal.
- Te amo- confesé sin poder retener esas palabras por más tiempo en mi garganta. Tu rostro desplegó sorpresa ante mi revelación y volviste a sonreírme de lado.
- También yo…- respondiste- Y no te preocupes, siempre hay mil y una maneras de hacer el amor- y con ese pícaro comentario envuelto de presunción me guiñaste un ojo. Seguías siendo un arrogante insoportable y te besé para callarte.

martes, 26 de enero de 2010

La casa vecina




Al ver llegar un vehículo de color negro a la desocupada casa vecina, Alicia, de catorce años, dejó a un lado el libro de cuentos fantásticos que estaba leyendo. Observó al recién llegado detenidamente notando una intensa curiosidad invadiéndole el pecho. Dejando la lectura para otro momento y disimulando afanadamente su interés, la muchacha caminó por el jardín como quien admiraba la tarde de otoño sin apuros. Luego de unos segundos, que para ella fueron eternos, un hombre joven descendió del carro con unas maletas entre los brazos. Alicia se agazapó entre los matorrales que dividían ambas casas y se quedó allí, como una fiera en acecho. Era el nuevo vecino. La casa contigua había estado deshabitada por más de dos años sin señales de haber sido vendida. Aquella enorme edificación tenía dos pisos y una mansarda que llamaba a ella y a su hermano a creer que estaba atestada de fantasmas o tesoros escondidos. Con la mirada agudizada, Alicia reparó que el hombre era en extremo atractivo. Su estómago se contrajo al verlo cruzar el jardín hasta la puerta principal. Sus pasos eran seguros, resueltos, presumía una ancha espalda de nadador y hombros firmes. Su cabello corto de color cobrizo, brillaba a la luz del sol como oro viejo y pudo adivinar una sonrisa perfecta tras sus labios varoniles. La niña lo observó tan bien que se creyó capaz de dibujarlo en detalle sin problema alguno. Así fue como Alicia descubrió su atracción por los hombres mayores. Tal fue el impacto de ese primer encuentro que los días posteriores los pasó pegada a la ventana de su habitación como un voyerista. A distancia, podía ver la recamara de su vecino casi por completo. Lo espiaba al leer, al dormir, al cambiarse de atuendo y hasta revolcarse en su cama con alguna chica del mismo barrio. La niña ardía en celos asesinos cuando aquello sucedía.



El nuevo vecino tenía noches muy agitadas y constantes. No había día de la semana sin que durmiera con alguna mujer y reventara en épicos orgasmos que Alicia oía, acongojada. Lo peor de todo para ella era que la mayoría de esas amantes de turno eran rostros familiares cuando iba de compras con su madre Elena al almacén de la esquina. La chica estaba locamente enamorada de ese hombre veinte años mayor. Una madrugada, cuando el insomnio del amor no la dejaba tranquila, Alicia se levantó de su cama para ver hacia la ventana por milésima vez. Allí estaba su vecino, encerrado entre las piernas de otra mujer, embistiendo, lamiendo, gimiendo del placer que no ella no podía proporcionarle. Atrás quedaron los libros de cuentos fantásticos, atrás quedaron los juegos con su hermano y el nogal que acostumbraba a trepar para perderse del mundo. Había florecido, era una mujer y estaba ansiosa. Volvió a recostarse sintiéndose henchida de deseo. Había entrenado tan bien su oído para poder escuchar aquellas noches clandestinas que podía percibir nítidamente los jadeos ocurridos en la casa contigua. Alicia mordió sus labios imaginando que era ella quien lo volvía loco del éxtasis. Llevó una de sus manos hasta su intimidad, acariciándose de formas que de seguro sus prudentes tías habrían desaprobado. No le importó. Cuando su movimiento circular se aceleró hasta el límite, apretó las sábanas con su mano libre para dejarse llevar por la excitación. Curvó su espalda creyendo que era él quien la tocaba, y estalló en un gemido gutural que tuvo que reprimir a mitad de su garganta. Avergonzada y acalorada, Alicia volvió a ponerse de pie al oír sólo silencio. Se asomó por la ventana de su habitación reparando que la luz estaba encendida en el cuarto de su vecino. Segura de que su penumbra la escondía muy bien, vio al hombre que amaba encendiendo un cigarrillo. Fumó, exhaló el humo tras un suspiro y sin esperarlo siquiera, subió la mirada directamente hacia ella para sonreírle a través del cristal y guiñarle un ojo. Alicia quedó petrificada. No estaba segura si lo había imaginado o realmente había sucedido. Volvió corriendo a su cama cubriéndose con las sábanas. ¿Aquel hombre sabía que lo había estado espiando desde el principio?... se obligó a dormir y sonrió al saber que la siguiente noche no podría evitar volver a mirar.