
Las azucenas blancas se agitan inquietas gracias a la brisa indómita del verano. Ya queda poco para que llegue el otoño y la actual juventud de la naturaleza se torne ancianidad. Lo espero ansiosa. Mientras camino sin rumbo fijo, elevo la mirada dejando que el azul pálido del cielo me llene la memoria. Quiero recordarlo así, translúcido, puro, inmaculado. Echo de menos el cantar de las aves. Sé que volaron despavoridas debido a la sacudida de fin de mundo, pero conservo la esperanza de que volverán algún día. Esta ciudad no puede quedarse sin vida.
Temo que los acontecimientos me hayan robado las palabras. Temo no decir en su momento lo que realmente importa por estar buscando las perfectas, las elocuentes cuando sólo un "Te quiero" es suficiente. El miedo de que la belleza a la que estoy acostumbrada desaparezca me escarcha la sangre. Huelo las rosas en los jardines, la frescura de los eucaliptos, lo regocijante del rocío por las mañanas preguntándome cómo puedo inmortalizar este hermoso momento. Lo mismo me sucede contigo.
La necesidad de contacto prevalece ante lo incorpóreo del recuerdo, y debido a esto, paso las noches en vela ideando la forma de capturarte y así no perderte. Quiero cerrar las ventanas a tu alrededor para que no te conviertas en humo y te disipes en la niebla. Es desesperante. Como darse de golpes contra las paredes sin percibir dolor alguno. Quiero sentirte, quiero herirme por ti y presumir las cicatrices. La única forma que se me ocurre de demostrar que eres real y que en verdad no te perdí en medio del desastre.
De qué manera la cercanía de la muerte y el terror cambia las convicciones y las prioridades. El paisaje ahora me parece mucho más verde, aromático y brillante, los problemas más absurdos e insignificantes, tú… mucho más alcanzable pero al mismo tiempo vulnerable. Eso convierte el espectáculo de hojas secas en costras que se desprenden de mi esperanza. Me abrasa el pavor en cada réplica repentina, y no es por cobardía, sino por aquellas confesiones pendientes que están aún preservadas y edificadas en mi pecho. Lo sé. Llegará el día en que cederán y me derrumbaré como muro de adobe por completo.
Temo que los acontecimientos me hayan robado las palabras. Temo no decir en su momento lo que realmente importa por estar buscando las perfectas, las elocuentes cuando sólo un "Te quiero" es suficiente. El miedo de que la belleza a la que estoy acostumbrada desaparezca me escarcha la sangre. Huelo las rosas en los jardines, la frescura de los eucaliptos, lo regocijante del rocío por las mañanas preguntándome cómo puedo inmortalizar este hermoso momento. Lo mismo me sucede contigo.
La necesidad de contacto prevalece ante lo incorpóreo del recuerdo, y debido a esto, paso las noches en vela ideando la forma de capturarte y así no perderte. Quiero cerrar las ventanas a tu alrededor para que no te conviertas en humo y te disipes en la niebla. Es desesperante. Como darse de golpes contra las paredes sin percibir dolor alguno. Quiero sentirte, quiero herirme por ti y presumir las cicatrices. La única forma que se me ocurre de demostrar que eres real y que en verdad no te perdí en medio del desastre.
De qué manera la cercanía de la muerte y el terror cambia las convicciones y las prioridades. El paisaje ahora me parece mucho más verde, aromático y brillante, los problemas más absurdos e insignificantes, tú… mucho más alcanzable pero al mismo tiempo vulnerable. Eso convierte el espectáculo de hojas secas en costras que se desprenden de mi esperanza. Me abrasa el pavor en cada réplica repentina, y no es por cobardía, sino por aquellas confesiones pendientes que están aún preservadas y edificadas en mi pecho. Lo sé. Llegará el día en que cederán y me derrumbaré como muro de adobe por completo.






