viernes, 15 de enero de 2010

Haití




La tierra se remece, el cielo se nubla, el sol se eclipsa. Gente grita, son alaridos capaces de desgarrar gargantas y el miedo lo cubre todo con su manto nauseabundo. Yo siento el olor a muerte impregnado en la brisa, mi piel se eriza y aprieto mis dientes de impotencia. Quiero correr, quiero correr pero mis piernas están en carne viva… quiero escapar pero mi esperanza me retiene, como anclada al piso esperando por ayuda.



Miro entre los escombros y distingo rostros aplastados, cuerpos destruidos. Cierro mis ojos intentando protegerme de aquellas imágenes pero no, ya están tatuadas en mi mente sabiendo de antemano que me perseguirían el resto de mi vida. Comienzo a llorar. Mis lágrimas dejan su camino húmedo limpiando el polvo de mi piel. Quiero manotearlas y no lo hago. ¿De qué sirve ocultar el llanto si todo mi cuerpo, todo mi entorno es llanto?



Temo a esos hombres que saquean los alrededores como aves de rapiña, malditas hienas que se ríen de la pena ajena. Hay gente gritando auxilio, gente rezando a pleno pulmón; pero me doy cuenta que para los oídos de muchos es más escandaloso y atrayente el sonido de una caja registradora. Me encojo en un rincón sin desear ser parte de esa obra de teatro en que el telón parece haber desaparecido… ¿Cuándo acabará tanta miseria?



Un nuevo temblor se encarga de derribar el resto de las edificaciones que ya estaban endebles como elefantes heridos. Vuelvo a gritar. Me abrazo de mis piernas y escucho carreras desesperadas a mi alrededor. Un crujido suena cerca y advierto que una gruesa muralla de adobe se viene contra mí. No puedo correr, no puedo protegerme, sólo cerré mis ojos esperando mi muerte, sin embargo no llegó. Desperté gimiendo y bañada en sudor. Comprendí, entre mi somnolienta confusión, que estaba en la tranquilidad de mi cama, entre mis suaves sábanas de algodón egipcio. Una maldita pesadilla. Suspiré tranquila, derribándome de nuevo contra el colchón. Encendí la televisión y una noticia de Haití me llevó a sentarme de un salto. Al ver las horrendas imágenes tragué saliva que me supo a cloro. Me dije en silencio que ellos no podían despertar de ese mal sueño como yo lo había hecho.

lunes, 11 de enero de 2010

Un nuevo año


Nuevo año, nuevo sol, nuevo cielo, viento renovado y sueños renacientes. Frescas líneas desde un tintero vacío y una pluma rota. Aquí he venido rindiendo tributo a los primeros días de un enero caluroso en el sur del mundo. Camino por la ciudad salpicada de edificios, viendo a mi alrededor que un nuevo año ha sumado en la gente una mirada más lejana, como si cada 365 días fueran 365 metros más de distancia entre nosotros.


Entre dos paradas de autobús me di cuenta que cayeron sobre mis hombros más años de los que creí. Con veintiséis otoños a mi haber, me vi de pronto con cincuenta al ver a una pareja de niños ebrios, besándose como si el cielo se desconchara desde las alturas y todo se fuese a la mierda. Tenían esa mirada perdida de quienes no se fían de un mañana y ni se molestan en tener esperanza. Esperanza… qué extraña suena esa palabra.


Recordé la pasada navidad al ver vestigios de guirnaldas en los botes de basura. Un despeinado árbol me miraba desde la inmundicia sintiendo en mi propia piel el abandono y la tristeza. Sus días de fiesta habían acabado. Las personas se pisotearon en las tiendas obviando la melodía de “Noche de Paz, Noche de amor” que sonaba con insistencia. Vi cómo la cortesía se vendía por un veinte por ciento de descuento y los papeles dorados de los envoltorios brillaban más que los rostros, ensombrecidos por el hambre del consumismo. Preferí salir sin comprar absolutamente nada.


Soy viento desde el sur. He vuelto a soplar para mover los juncos en los verdes prados y desordenar un poco la quietud de este paisaje olvidado. Soy como la piedra que altera el agua, la lluvia de abril que empuja las hojas secas al caer. Vine y como un asesino tuve mi motivo: quiero ser una niña entre adultos y maravillarme con la vida y sus alegrías. Esta noche hay firmamento, saldré descalzo a admirarlo, feliz de tener la luna aún colgando sin tener que pagarlo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Ojo por ojo


Ajuste los espejos, encienda el motor, pase primer cambio, suelte el embrague despacio… y vamos acelerando. Así fui indicándole a mi más hermosa alumna en lo que llevo como instructor de manejo. La libreta de notas en mi mano temblaba como rama de árbol al viento por su culpa y tuve que respirar profundo repetidas veces. Parecía que me estaba dando una embolia. Trataba de mirar hacia delante para que no me empañara los anteojos su gracia y belleza. Me sentía el más perdedor entre los perdedores creyendo que la separación entre nuestros asientos era una verdad absoluta e innegable. Nunca podría siquiera rozarla. Solté el nudo de mi corbata, me sofocaba.


Anduvimos por la avenida 5 de abril, una de las arterias principales de la ciudad, pasando los demás autos con la misma seguridad de un conductor experimentado. Me sorprendió mucho su determinación, su talento al maniobrar, su paciencia. La miré de soslayo notando que la línea de su ceño estaba ligeramente fruncida. Aquello me embelesó tanto que apuesto a cualquier precio mi cara de imbécil en ese momento. Abrí la ventanilla para recibir el aire fresco. Estaba tan ebrio de su perfume que me juraba capaz de poder identificarlo entre una mezcolanza en una tienda comercial.


Con soltura, encendió la radio para sintonizar una canción que yo desconocí pero que ella cantaba entre dientes, I hate to bug you in the middle of dinner. It was a slap in the face how quickly I was replaced, are you thinking of me when you fuck her?... me puse nervioso. No hacía más que sonreírle tímidamente debido a la letra que pude traducir… me pregunté a quién le estaba dedicando la canción, porque era obvio que estaba dedicándosela a alguien y me alegré de no ser aquel por un instante. De pronto, en un semáforo en rojo, ella detuvo el auto y miró hacia la ventanilla a mi costado. Un restaurante chino. Mi bella alumna torció los labios en una sonrisa incierta que me hizo sentir escalofríos. Supe que había reconocido algo pero no quise indagar. No deseaba ser un entrometido.


Perdido en la profundidad de sus ojos verdes, sólo se me vino a la mente que deseaba comer algo allí conmigo y fantaseé como un niño. Sin embargo, cuando ella subió a la rampa con el carro, comenzó a retroceder hacia los autos estacionados. Creí que buscaría un espacio para ubicarse, y antes de poder preguntarle qué pretendía hacer, que por qué interrumpía nuestra clase de manejo, la hermosa joven aceleró contra un Porsche Boxster embistiéndolo en una de sus puertas. La dejó casi colgando de las bisagras y el vidrio se hizo añicos junto con el espejo. La alarma sonó a destajo. Me quedé de piedra, con la mandíbula descuadrada de pura sorpresa.


- Ahora este infeliz tendrá que llevar a esa puta en taxi- rumió ella con malicia.


Ignorando las blasfemias del cuidador de autos, volvió a poner primera y salió con total calma para retomar la avenida y continuar. Me eché a reír. Me había enamorado completamente de ella.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Esta noche


- Olvidé que quería olvidarte- dijo ella.
- ¿Y por qué bebes una copa conmigo ahora?- preguntó él.
- Porque necesito acordarme del por qué.

En el bar de los ausentes, las nostalgias brincaban por las mesas a la orden del día. En el rincón bajo un débil foco de luz, un pianista tocaba con sus dedos ágiles y delgados. La pareja entre los escasos clientes guardó silencio escuchando la balada, saboreando el trago entre sus labios y sin decirse nada. Ambos se miraron, los recuerdos de una vida lejana brotaron del subsuelo como vapores de un géiser quemando sus pieles, dejándolos con la carne viva. El hombre se puso de pie y la invitó a bailar estirando su mano hacia ella. La mujer vaciló pero finalmente se la estrechó, desafiante. Danzaron lento, al ritmo que aquel músico les imponía. Sólo él manejaba las historias sucedidas al interior de ese antro.

- ¿Ya te acordaste?- le susurró cerca del oído. Ella negó con la cabeza mientras bailaban. Poco a poco, la cercanía de sus rostros se volvió un beso cadencioso que enmudeció sus pensamientos y reproches. Él acaparó su boca, ella dejó que la ocupara con propiedad. Al separarse se miraron sumidos en una nube de confusión más espesa que el humo de los cigarrillos. La música cambió y esa vez una conocida tonada de Frank Sinatra invadió los oídos. La mujer sonrió.

- Creo que no quiero acordarme esta noche.
- Entonces pediré otra ronda… y seguiremos siendo unos extraños que jamás se lastimaron- nunca antes se había escuchado “Strangers in the night” tan bien como en ese momento.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Equivocación


Pasó por delante de mis ojos y quedé perdida. Había extraviado los puntos cardinales como una borracha y detuve mi bicicleta a la fuerza, rechinando las llantas. Volteé. Su espalda me resultó familiar, su altura, su cabello, y apreté el manubrio con mis manos enguantadas de manera involuntaria. Paso a paso se alejaba de mí sin poder moverme desde donde estaba. Mi estómago se transformó en un espacio atestado de aves despavoridas y el sudor en mi rostro se secó dando protagonismo a la palidez. Sin embargo, no eras tú… no eras tú, la persona que descubrió en mí la terrible posesividad y el odio a las despedidas. Mis ánimos se derrumbaron al comprenderlo. Te confundí, te traspapelé igual que una novata al confundir una obra de arte con una copia o un diamante con un cristal ordinario. Me decepcioné tanto que creí haber retrocedido mil años. La gente pasaba por mi lado molesta por estorbar su camino, pero fue sólo un automóvil que con su aguda bocina me devolvió a la realidad de saberme a mitad de la calle. Esos rebuscados momentos en donde crees encontrarte con “ese” alguien en una ciudad acelerada, sin tiempo de mirarnos a la cara, pueden congelar el ritmo de la vida y revelarnos reacciones impensadas. Nunca imaginé que sintiera el corazón albergado en mi garganta. Observé el vehículo frente a mí con ojos lejanos e irónicamente sonreí: “Si por esta necia equivocación he de morir arrollada, que por lo menos lo haga un BMW”, me dije y seguí pedaleando.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Sin red de seguridad


Su hermosa figura volaba por los aires bajo el grito ahogado de la multitud. En las alturas, la veía aferrarse al trapecio con una habilidad impresionante y me sobrecogía junto con el público por temor de que por un segundo fallara en su precisión. Aquella noche el circo estaba lleno y la miraba realizar sus acrobacias desde las bambalinas de nuestros vestidores. Estaba maravillado, mucho más enamorado. El traje ceñido a su cuerpo me aumentó el deseo de viajar por sus curvas sin frenos. Me acaloré tanto que tuve que remover de mi cabeza la peluca amarilla de mi disfraz de payaso. Me mantuve allí, escondido, esperando que terminara pronto para felicitarla y a la vez jamás, porque así podía observarla a mi antojo. Se balanceaba grácilmente. Una, dos, tres… y se soltaba del columpio para girar en su propio eje y alcanzar las manos del otro trapecista que la esperaba colgando de cabeza. Quise ser yo quien la recibiera, quise ser yo el que ganara su confianza de aquella manera. Me vi caer en el abismo del amor y sin red para salvar mi vida.


- Es realmente buena ¿verdad?- me comentó el animador, detenido a un lado mío y mirando el espectáculo. Yo asentí encajando la nariz roja sobre la mía.
- Excelente- enfaticé.
- Su marido tampoco lo hace nada de mal… - agregó como un dardo envenenado directo al corazón. Volví a asentir sin hablar. La acrobacia terminó, la pareja estaba de pie en lo alto, saludando a la gente con largos aspavientos. Se besaron breve en los labios y bajé la mirada hacia mis inflados zapatos verdes.


Era mi turno de entrar. Según el itinerario que se veía algo difuso en mi memoria, decía que luego del trapecio venía el show de los payasos. Suspiré y busqué en mi interior la comedia consumida por el drama. Me fue imposible hallarla. De pronto, la mujer que amaba se acercaba a bambalinas brillando gracias a las lentejuelas y su belleza. Me puse nervioso al segundo. Lo único que se me ocurrió fue aplaudirle como un idiota. Ella me sonrió y eso me hizo ignorar el hecho de que caminaba de la mano con su pareja. “Suerte”, me dijo al pasar. Murmuré un Gracias tan empalagoso que me asqueé yo mismo. Una lágrima cayó de mis ojos embarrando un poco mi maquillaje. Me importó un carajo y me calcé la peluca de nuevo en la cabeza. Esa noche recibiría pastelazos.

Efectos de domingo


Ya estoy aquí otra vez, apoyada contra la pared, deslizándome poco a poco hasta quedar sentada en el piso de cerámica. Abrazo mis piernas estrechamente dirigiendo mi mirada hacia las fotografías de color sepia desperdigadas ante mí. Una lluvia detenida de momentos en los que vi felicidad, esos destellos tan fugaces en los que todo parece perfecto y alcanzable. Sonrío imaginando la broma que me hizo gracia en ese instante y desordeno mi cabello por tener algo que hacer con las manos. Miro el reloj colgado sobre el televisor apagado notando que los segundos arrastran cadenas y por tanto hacen un ruido insoportable al pasar. Necesito un trago para adolecer el escándalo de estar sola.


Mierda. La madrugada de domingo se siente. El clima de octubre aún no se estabiliza y el viento corre moviendo el vidrio en mis ventanas. La típica tristeza que ataca al final del fin de semana comienza a hacer estragos en mi cabeza. Lanzo el calendario lejos sin querer saber que se acerca el lunes, que navidad se huele cerca y el año se acaba. Me encuentro suspirando cortado, como si mis pulmones ya estuvieran llenos de aire. El libro de Isabel reposa a mi lado a medio terminar, lo sé… tengo un compromiso con Zarité y su historia en la “Isla Bajo el Mar”, pero esta nostalgia inexplicable me tiene amarrada al computador digitando mis desvaríos.


Creo que las murallas de la habitación se achican gradualmente… ¿La planta del rincón estaba tan cerca esta mañana?... ¿El sofá cobró vida y caminó hacia mí? ¿Me volví loca? Yo creo que sí, pero me da pereza buscar la cordura que de seguro está entre el montón de ropa sucia tirada en el cesto. Quiero té, pero la taza está pegada a la mesa. He olvidado lavar la loza y ya las hormigas comienzan su peregrinación eterna por mi cocina. Las dejo comer, yo no tengo hambre.