
La tierra se remece, el cielo se nubla, el sol se eclipsa. Gente grita, son alaridos capaces de desgarrar gargantas y el miedo lo cubre todo con su manto nauseabundo. Yo siento el olor a muerte impregnado en la brisa, mi piel se eriza y aprieto mis dientes de impotencia. Quiero correr, quiero correr pero mis piernas están en carne viva… quiero escapar pero mi esperanza me retiene, como anclada al piso esperando por ayuda.
Miro entre los escombros y distingo rostros aplastados, cuerpos destruidos. Cierro mis ojos intentando protegerme de aquellas imágenes pero no, ya están tatuadas en mi mente sabiendo de antemano que me perseguirían el resto de mi vida. Comienzo a llorar. Mis lágrimas dejan su camino húmedo limpiando el polvo de mi piel. Quiero manotearlas y no lo hago. ¿De qué sirve ocultar el llanto si todo mi cuerpo, todo mi entorno es llanto?
Temo a esos hombres que saquean los alrededores como aves de rapiña, malditas hienas que se ríen de la pena ajena. Hay gente gritando auxilio, gente rezando a pleno pulmón; pero me doy cuenta que para los oídos de muchos es más escandaloso y atrayente el sonido de una caja registradora. Me encojo en un rincón sin desear ser parte de esa obra de teatro en que el telón parece haber desaparecido… ¿Cuándo acabará tanta miseria?
Un nuevo temblor se encarga de derribar el resto de las edificaciones que ya estaban endebles como elefantes heridos. Vuelvo a gritar. Me abrazo de mis piernas y escucho carreras desesperadas a mi alrededor. Un crujido suena cerca y advierto que una gruesa muralla de adobe se viene contra mí. No puedo correr, no puedo protegerme, sólo cerré mis ojos esperando mi muerte, sin embargo no llegó. Desperté gimiendo y bañada en sudor. Comprendí, entre mi somnolienta confusión, que estaba en la tranquilidad de mi cama, entre mis suaves sábanas de algodón egipcio. Una maldita pesadilla. Suspiré tranquila, derribándome de nuevo contra el colchón. Encendí la televisión y una noticia de Haití me llevó a sentarme de un salto. Al ver las horrendas imágenes tragué saliva que me supo a cloro. Me dije en silencio que ellos no podían despertar de ese mal sueño como yo lo había hecho.





