lunes, 5 de enero de 2009

Navidades y Años Nuevos


¿Qué podía la joven decirle al año que acaba de pasar?
¿Gracias por irte al fin?, ¿Gracias por ser un año de descubrimientos nefastos y enseñanzas mediocres?... aunque ella no quería ser tan déspota con ese conjunto de doce meses, no podía evitar el tornarse peyorativa. El año 2008 no sólo le dio a entender que la amistad o el amor eran frágiles como una copa de cristal, sino que también la vida era simplemente injusta, por esto mismo, al vislumbrar alguna justa acción se sorprendía tanto al punto de no creerla y cuestionarla, ¿Eso era sano o correcto?

A ella le hubiese encantado volver a los trece años, donde creía fervientemente en cualquier cosa y podía caminar embarrándose los zapatos sin importarle nada en lo absoluto. Estaba a inicios de una adolescencia anhelada recibiendo las navidades y años nuevos con los brazos abiertos porque no había nada qué temer. Quería volver a ser esa niña que se maravillaba con todo lo bueno de su entorno, pues ahora sólo se deshacía identificando lo terrible primero para no ser tomada por asalto.

- ¿Qué valoras del viejo 2008?- le preguntó una de sus amigas en esas tardes de cerveza y cigarrillos.
- El hecho de quitarme la venda de los ojos.
- ¿Y qué opinas?
- Que prefiero el 2007.

Los colores que adornaban su alrededor sencillamente se estaban extinguiendo, la primera vez que lo notó fue al sentir un calor anormal en el centro de la ciudad de Santiago… algo estaba haciendo falta y de inmediato el soplo de las respuestas obvias la hizo cabecear: la persecución del Desarrollo había reemplazado la flora por antenas de celular y anchas calles de asfalto para que circularan más Chevrolets y Suzukis de último modelo. “Dios nos libre de un árbol frondoso que convierte lo urbano en rural”, exclamó ella irónicamente, viajando hasta su hogar por una avenida escampada y ardiente.

El 2008 fue especialista en subrayar a aquellos que no conocían la palabra “Fe” ni “Humildad”. Agudizando su visión de crítica sólo como ejercicio, la muchacha observó la navidad recién pasada al igual que un arqueólogo en recovecos faraónicos. Navidad: una celebración culinaria, escéptica, regalada y muchas veces olvidada… “¿Qué es lo que provoca esta fiesta en las personas?”, se preguntó, “¿Nostalgia, impotencia, ira, indiferencia?” Hay quienes se burlan del motivo, unos se desloman comprándolo todo en las oferta y otros sienten la necesidad de ayudar al desvalido. Mientras que desaliñados Santas Claus caminaban por las calles regalando dulces roñosos o riendo en su conocido “Jo-Jo-Jo”, todos pasaban de largo ante ese gracioso pesebre que albergaba unas figuras miserables de personas y animales, todos extrañamente tristes.

“¿Dónde está el fantasma de la navidad pasada, el de la navidad presente y el de la navidad futura?”, volvió a preguntarse la joven. Esa vez, buscó entre las miradas traviesas de sus amigos consiguiendo sólo imprecisiones. Le hacía falta de manera urgente una respuesta concreta. Ella imaginaba a esos fantasmas como algo real, los idealizaba y les delegaba la responsabilidad de traer contestaciones a sus infinitas interrogantes. El de la navidad pasada de seguro la transportaría hasta su infancia, donde su madre se encerraba en la cocina a preparar carnes, cocer papas y condimentar ensaladas tarareando “Feliz Navidad” de Feliciano; la chica, como niña curiosa, hurgaba por los rincones buscando al escurridizo Santa Claus. Misteriosamente, siempre aparecía cuando su padre no andaba cerca, como Clark Kent y Superman. Aquel fantasma le recordaría la inocencia con la cual se vivía la navidad entonces, esa ingenuidad pura de infante con la cual decoraba el árbol con adornos de cristal y se vestía con la ropa nueva para salir a jugar. Recordó esas festividades, las tarjetas navideñas, los fuegos artificiales que con su padre encendía fuera de casa y- desde la boquilla de una botella- se elevaban hasta el cielo gracias a la mecha que les daba la vida. De seguro también vería de nuevo a ese vecino de buena voluntad que se disfrazaba en el barrio como parte de una conspiración de la gente adulta. Ese atuendo rojo no era más que un señuelo para los niños, una vil distracción que seguían, entusiasmados. En su famosa camioneta- que en nada se parecía al típico trineo- el Papa Noel deambulaba cerca de medianoche, bocinando y clamando a voz en cuello mientras que los padres repartían los regalos bajo el árbol de pino natural. Ahora que la joven lo pensaba, debió sospechar antes de aquella farsa. Era obvia la similitud de don Sergio, el vecino, con el subestimado Santa Claus. Su voz familiar y barba mal pegada lo volvían sospechoso.

Entre sonrisas que curvaban sus labios, la muchacha se volvió a preguntar: ¿Qué la haría ver el fantasma de la navidad presente? ¿Qué cosas valdría la pena rescatar? Y con sólo pensarlo, se estremeció ante el temor de la posible decepción. Obviamente ya había descifrado que el anciano de la ropa roja nunca existió en verdad; una lástima porque se veía un buen samaritano, desinteresado y amable con los niños. Ahora, dejando todo eso a un lado, entraba en juego un tema mucho más complejo: el pesebre gracioso con las figuras tristes que había mencionado… ¿Por qué se veían tristes? ¿No es un nacimiento motivo de felicidad? ¿Cómo reemplazar o empatar a Santa Claus con un niño, una estrella y tres tipos con turbantes? El niño podría curar a un ciego, pero eso no valía nada ante el saco lleno de regalos que el anciano cargaba en su trineo. El fantasma le haría ver que la navidad presente no es más que una celebración ambigua de gente que festeja, gente que obsequia, gente que consume, gente que bebe, gente duda, gente que reprocha, gente que reza… una mezcla de actividades paralelas que sólo lograba confundir hasta al más resuelto.

- Esa ha sido la mejor novela ficticia de todos los tiempos- oyó decir un día.
- ¿Cuál?
- La Biblia- le respondieron sin más. Ella encogió sus hombros.
- ¿La has leído?- preguntó. El aludido dudó tratando de mostrarse displicente.
- No, ¿por qué?
- Cuando lo hagas, sabrás entonces si es la mejor… e incluso si es ficticia o no.

Eso hacen los críticos, leen luego categorizan. Es cosa de ver el ranking de Best-Sellers para ver radiantemente a Harry Potter y Crepúsculo de la mano en primeros lugares. La joven dudaba mucho que llegaran hasta allí sólo por la linda portada ¿o sí?... Se detuvo, y rió por su propia divagación obligándose a volver en tema.

- ¿Qué es lo que más temes?- la sorprendieron con algo tan simple.
- Ser visitada por el fantasma de la navidad futura… me sobrecoge la idea de una navidad en los años venideros, sin Dios, sin ley, sin humildades, sin benevolencias, sin inocencias, con un viejo que construya X-Box de madera. Temo al calor en aumento en las ciudades y a la disminución del aire, al verde opacado por el gris en todas sus degradaciones, a la rabia que gobierna a la gente al punto de poder saquear el trineo de Santa Claus y cometer vandalismo en el pesebre… ése del niño recién nacido, de la estrella luminosa y de los tipos con turbantes. Por esto y más… sólo deseo que vuelva el fantasma de la navidad pasada- concluyó suspirando trabajosamente…

lunes, 10 de noviembre de 2008

Soledad y compañía


Aquellas manos le recorrían cada curva de su cuerpo como exploradores de lomas y valles desafiantes. Cuando el sudor brotaba por sus poros debido al abrazante calor de los roces, él consumió cada gota con la punta de la lengua. Ella soltó una risa tímida, una risa coqueta digna de una princesa en su noche de bodas. Esto lo conmovió apretándole los muslos mientras se abrigaba en el hueco perfumado de su cuello. Qué excitante era volver a oler a una mujer.

La joven lo recibió calmando su corazón azorado. Parecía un niño indefenso, temblando entre sus brazos. Delicadamente, lo besó en la frente para luego elevar su rostro con las manos. Lo miró a los ojos reparando que estaban empañados en lágrimas indefinidas. Ella no dijo nada sobre su llanto, no tenía por qué hacerlo. Le encerró la boca como si fuese la primera vez hallándola dulce y salada… no pudo precisar el sabor pero sí la intensidad de aquel beso, pudo escuchar los zumbidos atacando sus oídos, la urgencia de vestirlo con su propia piel y tuvo miedo al verse tan entregada. Nunca había sentido una pasión como aquella. Sabía que no debía involucrarse.

Por otro lado, era demasiado difícil para él contener las emociones. Recostados sobre la cama blanca, imaginó que pertenecían a la más bella de las historias de amor existentes, ésas que estremecen el alma al punto de cambiar el significado de la palabra “complicidad”. No quería salir de esa habitación, no quería encender la nefasta luz de la lámpara, no quería volver a la realidad, no quería que se fuera… simplemente, deseaba amarla otra vez, sin relojes, sin agendas, sin intromisiones de culpas inoportunas. Deseaba colmar para siempre su cuota de compañía con ella navegándolo entre las piernas.

Tras un último gemido de placer, la muchacha cerró sus ojos tratando de no olvidar el motivo de su presencia allí. El fuego entre ellos quemó sus vientres reposando uno al lado del otro como si fueran una pareja de amantes incansables. Él volvió a sollozar acomodado en la suave almohada de pluma, su llanto comenzaba a claudicar. Ella apretó los dientes al oírlo. Lo observó sumirse en el sueño notando la vulnerabilidad que invadía su semblante. No se veía como el hombre seguro al comienzo de la noche, no parecía el donjuán de sonrisas seductoras que la encantó pocas horas atrás; frente a sus ojos, parecía sólo un chico asustado con la marca blanca de un anillo ausente en su dedo anular. Un gran detalle que no necesitó confirmar ni lamentar.

La joven recogió sus ropas vistiéndose en silencio y a oscuras. Caminó hasta la puerta del cuarto dejando atrás una noche diferente, un encuentro exitoso aunque fuese bajo un nuevo punto de vista poco profesional. Abandonó el dinero ganado sobre una mesa pensando en lo insoportable que podía llegar a ser la soledad para una persona… pero más importante aún, descubrió lo verdaderamente hermoso que era sentir el amor en carne propia. Cerró despacio al salir para no despertarlo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Jueves, 11 de octubre de 1979


Caminé por un largo pasillo flanqueado por decenas de camillas con patas blancas y metálicas. Me imaginaba una extraterrestre en tierra ajena sin saber muy bien qué estaba haciendo allí. Sentí mucho frío, ese tipo de frío que es capaz de morder los huesos y erizar los vellos de la nuca en un lamido extraño, un lamido presagioso. No dije nada, no sabía cómo había dado con ese cuarto enorme en donde podía percibir el aroma dulzón que suelo sentir cuando huelo el pasto o las flores marchitas.

El silencio que me envolvía me dejaba sorda. Miraba a mi alrededor creyendo que estaba perdida en el más raro de los bosques, aunque después de ese momento siempre me sentiría así dentro de un hospital. Sí, ahí estaba yo… en un hospital que por su tamaño y rutina, no puso atención a esa adolescente que caminaba errante hasta dar con su habitación más temida. La pena manejaba mis pasos y yo sólo obedecía a mis pies. Nadie se dio cuenta.

Pies… ¿Por qué no puedo dejar de ver esos pies descalzos que vi entonces fuera de cada camilla? Esos pies que no poseían color pero sí historias, pies que no reflejaban identidad pero sí una vida terminada. De sus pulgares, colgaba una pequeña etiqueta que de seguro sería un número gélido en vez de un nombre… no quise averiguarlo. Estaba perdida en mi dolor sin recordar bien por qué sufría. A veces, la memoria es tan cobarde que trata de olvidar cuando sólo se desea evocar hasta el cansancio.

De repente, como un garrotazo en medio de la cabeza, recordé el motivo de mi llanto gracias a un par de pies familiares y pequeños que me dieron vuelta el estómago. Los reconocí tan bien como si hubiese visto el rostro de su dueña en ellos. Apreté mis dientes sintiendo que la inocencia de la juventud me abandonaba en ese mismo instante al igual que el color en mis mejillas. Era cierto, allí estaba… en el bosque de los pies desconocidos, cubierta hasta la frente por una sábana de tono verde y me enfadé estúpidamente con ella… “¿Por qué estás aquí?”, le pregunté sin hablar y volví a llorar.

Recuerdo muy bien las manos inmensas y fuertes que me tomaron por los brazos sacándome de la morgue en vilo, recuerdo el rostro sorprendido de mis hermanos como también la voz de mi padre reprochando mi tonta decisión de entrar allí sin avisar… “¿Qué clase de seguridad tiene este hospital?”, bramó con molestia al enfermero y yo no dejaba de visualizar la imagen impregnada en mi mente de aquellas noches en vela, donde espantaba mi sueño vigilando la respiración irregular de mi madre y sus taquicardias. No me comprendí la reacción en ese momento, pero al recordar que ella debía dormir sentada todo el tiempo por culpa de su corazón cansado… me alegré muchísimo de que por fin pudiera descansar en paz completamente recostada…

martes, 4 de noviembre de 2008

Palabras sin decir


El atardecer se mostraba como el estado de ánimo de Jeannette, triste y melancólico. El sol estaba huyendo, el viento era despiadado y las palabras de su madre no la alentaban a serenarse. Faltaban sólo tres horas para el acontecimiento menos esperado de su vida y la muchacha se paseaba de un lado para otro tratando de buscar en cada esquina de su cuarto una salida a su perra suerte.


Sobre una silla reposaba sin gloria ni majestad alguna el traje color caqui que había sido escogido para su boda. Ella lo miraba con desprecio reparando que no se veía tan glamoroso como decía su madre frente a la vitrina de la tienda, tapando las vergüenzas de ese maniquí gélido y sin gracia. La joven lo tomó entre sus manos, lo alzó para apreciarlo mejor y una arcada descomunal la hizo correr al baño para vomitar su impotencia. El segundo embarazo ya se estaba haciendo notar. Su primer hijo la observaba desde la cuna percibiendo su amargura, absorbiéndola del aire. En su temprano entendimiento, sabía que ese día no sería como los otros y seguía a su joven madre con la mirada en cada uno de sus movimientos.
Jeannette volvió del baño con el estómago revuelto. Miles de pensamientos la atosigaban sin descanso, recuerdos desordenados, ideas, planes, maldiciones, deseos y reproches. Su mirada viajaba por toda la habitación y se sentó en su cama para cesar ese temblor molesto en sus rodillas. Observó una antigua fotografía colgada en su pared. Sonrió al verse de uniforme escolar, abrazada a sus cinco amigas y con un brillo en sus ojos que estaba segura haber perdido por completo. Meneó la cabeza preguntándose en qué momento se había convertido en lo que menos deseaba: madre, dueña de casa y futura señora a sus cortos veintiún años de edad. El escalofrío recorrió todo su cuerpo, la sensación de claustrofobia era insoportable, deseaba gritar, llorar, abrazar a una amiga; a una de esas malditas amigas que tanto oyó prometer y nada sabían de ella. Miró hacia la cómoda a los pies de su cama reconociendo un regalo que había recibido de una de ellas hacía un tiempo atrás. Era un cuento o algo parecido. Jeannette quiso leerlo pero nuevamente no pudo. No sabía por qué sentía rabia mezclada con culpa y vergüenza en medio de la garganta. “No tengo el tiempo de leer estupideces- pensó orgullosa”.


Luego, la urgencia y la ansiedad la sacudieron al ver la hora que era. Como un muñeco manejado por el control de la inercia, calzó unas zapatillas, se colocó un grueso abrigo y besó a su hijo en la frente susurrándole que todo estaría bien. La joven alzó el marco de la ventana y salió por ella sintiendo el frío del crepúsculo en su rostro. Corrió por las calles de Santiago sin clara dirección hasta que recordó un pequeño parque, su lugar preferido. Sentía el vientre endurecido. Sabía que el esfuerzo hecho le cobraría malestares inmediatos y comenzó a respirar con ritmo mientras llevaba una mano hacia el bulto. Recordó el día que quiso interrumpir el embarazo escogiendo la opción más sencilla que criar.


El muladar que era ese cuarto de mala muerte le llenó el espíritu de angustia. El olor a muerte, acidez y a paños rancios, arañaban sus fosas nasales notando asqueada que tenía la boca llena de saliva. Antes de sentarse en esa silla violenta para llevar a cabo la tétrica tarea del aborto, la taza ofrecida por esa señora sombría fue a parar contra la pared de sólo un manotón de Jeannette, embarrando así ese sospechoso liquido por el floreado papel tapiz y salir de allí trastabillando. La chica nunca mencionó ese episodio de su vida, sólo frente a sus amigas la última vez que las vio y comenzó a llorar sentada en uno de los columpios de aquella plaza. De pronto, una mano sobre su hombro la hizo saltar.


- ¿Qué mierda crees que haces?- le preguntó su madre con una brusquedad innecesaria. Jeannette había olvidado que fue ella quien la llevó por primera vez a ese sitio.
- No quiero casarme, mamá.
- ¡Claro que te casarás! ¿Piensas que yo estoy arruinando tu vida? ¡Fuiste tú misma!
- Lo sé, pero casarme no es la solución- la mujer mayor apretó sus labios, la levantó del brazo y volteó el rostro de su hija de una bofetada.
- Te vas a casar y no se discute más ¿me oíste?- sin soltarla, la llevó casi en vilo de vuelta a casa para que se vistiera con presteza.


Su matrimonio forzado era como estar encerrada en un cubo de cristal sin puertas ni ventanas. Al igual que la criatura que engendraba en su vientre. Cuando Jeannette se embarazó por primera vez, había sido producto del amor y la inexperiencia de la juventud junto a su novio de secundaria; sin embargo, el segundo fue por el apremio de un momento incandescente, cuando el juego prohibido entre primos es un plato tan tentador que se sirve sin pensar. La joven pagó el precio de eso a un valor incalculable.


Cuando llegó a la iglesia, para consumar y afrontar ese castigo, sentía las miradas de su familia como si una letra escarlata estuviera tatuada en su pecho, hecho con el fuego de su descuido de mierda. Trató de sonreír al descender del vehículo pero sólo logró esbozar un surco entre sus labios que nadie supo cómo interpretar. Las cruces a su alrededor y las estatuas de los santos, inanimadas y de ojos vacíos, la volvían más nerviosa. Levantó la vista y en la gran puerta de entrada, vio a su futuro esposo, con una resignación ensayada- de seguro- en la privacidad del baño de hombres…


* * *


El encierro en el velorio de su abuelo estaba ahorcándola. Los llantos sólo atizaban sus oídos y sus manos sudaban a pesar del frío que hacía esa noche. Sus amigas, quienes apartaron quehaceres por acompañarla, la observaban con recelo esperando que en cualquier momento se desvaneciera como el humo o cayera de bruces como un saco de papas. No obstante, ella se sentía con energías aún sin haber dormido nada en treinta horas. Las flores que cubrían el ataúd y gran parte de las paredes de la pequeña congregación, golpeaban todas las paredes con su aroma dulzón. La joven guardó silencio por varios minutos clavando su mirada en las cuatro lámparas en cada extremo del elegante cajón sin entender su significado. Las palabras del pastor de turno no consolaban a nadie, parecía discurso político aprendido a duras penas durante sus años de oficio. Ella rió por lo bajo meneando la cabeza.


- ¿Estás bien?- le preguntó una amiga.
- Sí, no te preocupes- contestó reparando que su voz sonó rasgada y desafinada- Voy a salir, necesito un poco de aire.
- ¿Quieres que vayamos contigo?- preguntó otra. La muchacha negó en silencio y salió de la capilla bajo la mirada de todos sus familiares.


Ella no era muy cercana a su familia, más por orgullo que por cualquier otra cosa; pero cuando su abuelo murió de cáncer gastrointestinal, el suelo bajo sus pies tembló de forma alarmante. Su familia paterna siempre marcaba los favoritismos, existía una competencia sutil entre los sobrinos por el cariño y las atenciones que con el pasar de los años se había vuelto insostenible. Algunos estaban enchapados en el oro que la joven, a los ojos de algunos, no merecía. La presión era el arma mejor escogida por esos tíos que deseaban manejar la vida ajena en base a preguntas idiotas. Sin embargo, siempre que la plática familiar llegaba a ese punto, la chica se encogía de hombros y mostraba indiferencia. Por lo tanto, le importó un carajo que el hecho de salir del velorio haya molestado a los presentes.


El frescor del atardecer tranquilizó sus ansias, inhaló con voracidad el aire húmedo notando que se avecinaba una noche fría. Encendió un cigarrillo y al subir las solapas de su abrigo para cubrir su cuello desprovisto de bufanda, oyó la marcha nupcial que advertía el término de una boda cercana. La joven sonrió por lo inapropiado del momento.


La iglesia en donde se encontraba era enorme y constaba de varias capillas individuales, todas ellas a una distancia no muy lejana lo que permitía presenciar con claridad cualquier actividad en su interior. La música provenía de una que estaba casi al frente, las pesadas puertas de encina se abrieron y los invitados salían con sus puños llenos de pétalos aguardando a que los novios pasaran por el umbral hacia el coche que los esperaba. Ella fumó una vez más mirando divertida el espectáculo fuera de lugar al tiempo que sus amigas se le unieron para no dejarla tanto rato sola. Todas sonrieron ante esa boda agudizando la vista para ver mejor a los recién casados, y cuando la pareja salió del inmueble las cuatro jóvenes sintieron que el corazón se les detenía por un segundo. No lograban controlar su sorpresa, no lograban pensar… y cuando lo hicieron, la mirada de la novia se estrelló por fin con la de ellas…


* * *



Mientras Jeannette escuchaba al sacerdote hablar de amor y de Dios Todopoderoso, sólo podía preguntarse dónde mierda se encontraban esos conceptos para creer en ellos con igual devoción. Bajaba la mirada constantemente observando su vestido de cortes medievales que resaltaban más su rostro que otra parte del cuerpo; a su costado el novio estaba lívido, miraba al religioso con ojos inciertos, pendiente en cuándo terminaría la ceremonia para dejar de adoptar esa actitud de joven complaciente.


Jeannette escuchó las palabras lejanas, jugueteaba disimuladamente con el ramo entre sus manos suplicando que ese tormento tuviera un pronto final. El beso de marido y mujer no se hizo esperar más, Jeannette sintió esos labios, una vez deseados, como una muralla de concreto. Las lágrimas otra vez inundaron su alma y caminaron entre los satisfechos parientes todo el pasillo hasta salir de la capilla. La pareja recibió el frío viento de invierno junto con la lluvia de pétalos que ardía al aterrizar en sus cabezas, el automóvil encintado los esperaba con las puertas abiertas mientras que la madre de la novia ordenaba la cola del vestido con rapidez.


La muchacha sintió en su pecho una sensación extraña, una ligera presión que levantó sus emociones hasta la garganta y alzó la vista hacia al frente para ver en línea recta, a pocos metros de distancia, a sus mejores amigas de secundaria. Una de ellas vestía un abrigo oscuro, con el cabello desordenado por el viento y un cigarrillo a medio terminar en su mano izquierda. Sus ojos se encontraron por segundos que duró una eternidad. Jeannette imaginó que la sorpresa que las muchachas dibujaban en sus semblantes sería el mismo que ella dibujaba en el suyo. Todos los recuerdos se les vinieron encima. Las circunstancias, la ironía, la burla del destino dolía como ceniza caliente bajo los pies. Entre las cuatro muchachas intercambiaron miradas estupefactas creyendo que se trataba de una broma… ¿Por qué no estaban ellas ahí?, ¿Por qué no sabían de esa boda?


Jeannette miró hacia el interior de la capilla vecina dándose cuenta que estaban a mitad de un velorio. Quiso estar ahí, retroceder el tiempo y no haber perdido ese lugar que le correspondía. Su primer impulso fue correr hasta allá luego de tanto tiempo sin sentirse parte de algo importante; pero su reciente marido le tomó la mano y la llevó hasta el vehículo sin mucha demora. El motor se puso en marcha, Jeannette se volteó hacia ellas mirándolas por sobre el techo del coche entre las luces de las cámaras fotográficas, las jóvenes avanzaron impulsivamente buscando la forma de hablarle, de decir alguna maldita cosa. Con amargura, Jeannette tuvo que subir al vehículo bajo los aplausos de quienes ya respiraban tranquilos, entre ellos su madre, y sin poder hacer nada las perdió de vista en la primera esquina.


- ¿Qué te pareció la ceremonia?- le preguntó su flamante esposo. La joven no mostró ningún interés en responder- ¿Jeannette? ¿Me oíste?
- Sí, te oí...
- ¿Qué pasa?- ella se quitó el delicado arreglo de su cabello con los labios fruncidos.
- Acabo de ver a mis amigas- dijo mientras miraba por la ventanilla- estaban en una de las capillas de enfrente.
- ¿Y por qué no las invitaste a la boda?- al escuchar la pregunta Jeannette bajó la mirada sin contestar, su marido comprendió al instante- No querías que supieran ¿verdad?... ¿Te avergüenzas?- ella nuevamente evitó responder, recordó la fotografía y dejando a un lado el silencio, rompió a llorar…

domingo, 26 de octubre de 2008

Inevitable luna llena


Y la besé, la besé como nunca. Rodeé el hueco de su cuello con mis manos, sintiendo la calidez de su piel como un amanecer acogedor. La humedad de su boca me recordó lo que era estar vivo y mis latidos se desataron. No podía concentrarme en nada más que en el ritmo de su respiración entrecortada. Al separar nuestros labios, saciados de haber alimentado el deseo desde nuestras bocas, el cuerpo nos pidió más y tuve miedo. Ella, dejando su recelo inicial de lado, acarició mi espalda invitándome a restar la distancia entre nosotros. Yo me contuve. Miré hacia el cielo desnudo viendo que las nubes caminaban lentamente sobre nosotros, el color azul añil de la noche quedaba descubierto desplegando estrellas sobre su manto infinito y el miedo en mí se incrementó.

Un temblor comenzó a recorrerme de pies a cabeza. Sabía lo que estaba pasando conmigo y cerré mis ojos intentando mantener la calma. Ella, seria, tomó mi rostro por las mejillas obligándome a mirarla de frente. No dijo nada, ni siquiera hizo el ademán de atacarme como fue su primera intención. Nos besamos otra vez, pero fue un beso distinto, dolorido. El movimiento de su lengua con la mía me llevó a olvidar lo peligrosamente cerca del límite en el que estábamos jugando. La rodeé entre mis brazos de manera firme, mostrándole mi anhelo de no soltarla jamás. Sin embargo, tuve que hacerlo. La luz de la luna me iluminó el rostro y el pavor fue superior a mi fortaleza. La liberé de mi abrazo casi con insolencia. Ella, como un reflejo instintivo, cogió el arma que llevaba en su cinturón. Ese movimiento alertó mis sentidos y quise que tirara del gatillo. Tomé su mano armada colocando el cañón a la altura de mi pecho.
- Hazlo- le dije- Hazlo, por favor…
- No puedo- me respondió y yo apreté mi mandíbula que se tornaba fuerte a cada segundo.
Sin poder resistirlo más, la empujé hacia atrás para empezar a correr lejos de allí, sólo contaba con escasos segundos. Me perdí entre los matorrales, esquivé el centenar de árboles en mi camino y sintiendo cómo mis huesos me dolían debido al cambio, ella disparó al aire la bala de plata con la cual quería eliminarme…

sábado, 25 de octubre de 2008

El Tiempo


Fue curioso que en esa obra de teatro colegial habláramos del tiempo. Era un contenido serio y de largas discusiones para un grupo de niños de sólo diecisiete años de edad. Nunca entendí por qué escogimos ese argumento siendo que no teníamos armas suficientes para atacar el tema con diálogos sólidos… aunque, pensándolo bien, tal vez sí, por eso nos resultó fácil interpretarla sobre las tablas.


Muchos de nosotros ni siquiera queríamos pensar en ello. No queríamos dejar la escuela por miedo al cambio o al fracaso, aunque no necesariamente tenían que ser sinónimos. Recuerdo muy bien la distribución de papeles y las interesantes conclusiones que brotaban de nuestras charlas para alimentar el guión que comenzaba a tomar forma. Personificar al tiempo transformándolo a “El Tiempo”, fue tarea de Marcial, el protagonista del elenco. Vistió una larga capucha oscura, dibujó sobre su rostro miles de relojes con manecillas en distintos horarios que acentuó la sicodélica versión que él quería brindarle. Buscando contextos en los que El Tiempo podía desenvolverse, supimos que se trataba de diversos escenarios en donde en algunos corría con libertad y en otros caminaba lento y parsimonioso.


A veces me pregunto: ¿Fue una premonición lo que hicimos? ¿Fue una visión del futuro la que desarrollamos sin darnos cuenta?... han pasado ya ocho años desde entonces sin poder dar con una respuesta clara, sin embargo, conforme pasan los días, más me inclino en que sí, lo hicimos de forma inconsciente. Escurridiza cosa es el tiempo, cuando crees controlarlo es justo allí donde comprendes que estás encerrado en su reloj de arena, pendiente de que los granitos no te lleguen hasta el cuello. Marcial, vestido como el personaje, se paseaba frenético alrededor de Pepa representando lo veloz que pasaba para ella, el personaje siempre atrasado: “¡Tú, maldito!”, le gritaba mi amiga, sabiendo que era un intento inútil detenerlo, tal como actualmente lo intentamos todos.


La siguiente escena se trataba de dos amigos encontrándose en medio de la calle luego de mucho tiempo sin verse el uno al otro. Conversaron de cosas pasadas, recordando historias añejas y chistes gastados, esas pláticas que son capaces de remover las olvidadas nostalgias, hasta que uno de ellos y notoriamente más envejecido, Claudio, reconoce que su antiguo amigo Esteban, seguía igual de joven que cuando se separaron por los inciertos caminos de la vida. El Tiempo acompañaba al aludido de forma tranquila, considerada, hasta amigable… con Claudio, en cambio, su actitud cambiaba y lo rodeaba enardecido, ansioso y presuroso. Aquí es donde comprendo que dimos en el clavo en un asunto importante… Esteban… el chico que siempre llevaba la sonrisa pronta y la caballerosidad como respuesta, habría de quedar para siempre en nuestra memoria con sólo diecisiete años, tal como pasó en la obra. Ese mismo año, él habría de morir y darnos la razón en el libreto sobre su eterna juventud de manera perversa.


En el desenlace de la obra, luego de tocar varios contextos diversos- como la pareja de ancianos melancólicos interpretados por Danilo y Jeannette- llevamos a El Tiempo a un juicio por sus irreverentes e injustas acciones. Marcial se sentaba en un estrado y yo, la argumentativa magistrado, tenía que inculparlo ante los afectados por ser el culpable de manejar nuestras vidas a su ritmo. Él sólo escuchaba las protestas de los personajes pero no hacía más que encogerse de hombros… ellos hablaban por hablar, él únicamente estaba haciendo su trabajo… “¿Por qué no aprovechan mi presencia y me hacen su amigo? ¿Por qué me exigen tanto y yo debo exigirles tan poco?”… un par de preguntas que nadie quiso responder o más aún, nadie supo cómo hacerlo.


¿Cómo sería ahora esa obra teatral? ¿Hemos doblado la mano del tiempo y burlado el destino? Mi contestación inmediata es: No, es imposible hacerlo y debo aprenderlo por fin. Pasé años de mi vida tratando de capturar los momentos y guardarlos de alguna manera, me empeciné en la labor de ser quien recuerda y quien ejerce el trabajo no remunerado de juzgar al tiempo sobre un estrado. En esta obra siempre fui la magistrado.

domingo, 19 de octubre de 2008

El Torneo, el silencio y los puntos suspensivos...


- Oye… ¿Acaso no sabes que somos sangre? ¿Acaso no sabes que no tienes por qué estar tras una trinchera y lanzarme granadas con el objetivo fijo de acabar conmigo? ¿Tienes algo qué decirme?- No escuché respuestas más que sólo el eco del portazo de la habitación y mi corazón latiendo rápido. A veces el silencio no es más que un enemigo locuaz que habla hasta por los codos cuando en verdad- irónicamente- debería cerrar la boca. Ahora, detenida en medio de la sala, me siento mareada de tanta impotencia y malditos puntos suspensivos.

La equivocación, ¿Qué es la equivocación?
- Lo que nos hace humanos- me diría el protestante que ostenta conocimiento espiritual y platicas matutinas con Dios.
- La acción que nos entregará la dicha de enmendarnos- me diría una persona que sabe pedir perdón y goza con ello.

Dentro del contexto familiar, la equivocación no es más que una herida supurante que no recibe vendas ni alcohol. “No seas melodramática”, me dicen y suspiro. “Está bien, no lo seré”, respondo invadida de ganas de burlarme de mí. Maté a esa optimista que siempre arroja la broma como bandera blanca y la sonrisa como señuelo sin siquiera haberme dado cuenta.

Veo cómo la luz en la mirada de aquellas personas se va extinguiendo como vela cansada. Son ocasos molestos que, a diferencia de los que nacen y mueren en el horizonte con sus colores anaranjados y chispas titilantes sobre el mar y te logran inspirar, éstos sólo te hacen añorar el amanecer como nunca pensaste hacerlo. Trato de hablar, trato de decir mil cosas pero sólo salen barbaridades que desayunan, almuerzan y cenan conmigo, con nosotros.

- Estás equivocada.
- Me hace humana… ¿Puedo tener la dicha de enmendar?- contesto y pido, sin saber que la respuesta hacia mí siempre será un rotundo No.
Ese veneno que ha nacido por aquí me ha debilitado. Intento succionarlo con los labios sobre la mordedura pero sólo sangra, nada más, no puedo eliminar mi propia sangre… no tendría sentido, sin embargo, hay quienes lo hacen terminantemente dejando sólo la ponzoña escurriéndose por todos lados. ¿Dónde quedó aquello de lo cual estábamos orgullosos?

Aquel hombre, ese que caminó siempre delante de mí blandiendo su estandarte de noble caballero, corre en su caballo últimamente negro, apuntando su lanza al frente, buscando dar en el blanco y derribar al contrincante que- de manera graciosa- muchas veces resulto ser yo o alguien del mismo bando. El rey se volvió un peligroso guerrero y atleta del daño. Ojala el campeonato acabe antes de la última estocada.

¿Divago demasiado? Espero que no importe, porque para descubrir mensajes hay que dejarse llevar por la corriente aunque éste sea más bien un remolino. Como esa reina de facciones dulces, que no entiende por qué miro la pantalla con ceño fruncido. Lo sabría si entendiera, lo sabría si leyera, ¡lo sabría si me leyera del todo!... Se lo menciono, se lo enseño, ella asiente, luego ella duerme dejándolo en la mesita de noche y sin acabarlo.

La joven princesa brinca de un lado a otro descolocándome. Maldice y calla. Maldice y calla. Escribo sumergida en la idea de los puntos suspensivos, como lo hago ahora, y sigue dando portazos ratificando que mis letras son tan reales y verdaderas que llegan a respirar frente a mí. Río amargamente al saberme con algo de razón aunque me digan algunos que estoy equivocada. Me levanto de mi silla pidiendo a gritos que el silencio en el castillo desaparezca pero ella no hace más que ofrecerle tragos a mi cuenta, dando rienda suelta al bar en el cual no quiero beber. Comprendo que no puedo más que brindar, aceptar la avalancha que siempre se avecina y participar cobardemente del Torneo Medieval de Caballeros en que se ha convertido la familia.